Personas reales · Escucha activa por teléfono
Jirafas
Zoe, la jirafa que te escucha cuando tu relación no te llena y no sabes si dejar a tu pareja
Problemas de pareja Zoe

No estáis mal, pero tampoco bien

Siete años con un hombre bueno. En el calendario compartido, el color de los dos no aparece desde agosto

Una crisis de pareja no siempre llega con gritos, con otra persona o con deudas: a veces no estáis mal, pero tampoco bien, y así llevas meses. Tienes dudas sobre tu relación, no sabes si es una mala racha o el final, y cuesta contarlo cuando todo el mundo te diría que no tienes de qué quejarte. Tener problemas de pareja sin un motivo grande no es un diagnóstico ni un veredicto sobre nadie: es una duda que se aclara mejor en voz alta que a solas. En esta página lo contamos de dos maneras: con la historia de Zoe y con las respuestas de Marian Batle, psicóloga sanitaria, a las preguntas de quien tiene dudas sobre su relación.
El servicio

Qué es Jirafas: una persona real al teléfono

Si llevas tiempo sintiéndote así y no quieres cargar a los tuyos, esto es Jirafas: una persona real que te escucha por teléfono, con calma y sin juzgar. No es terapia ni un servicio de urgencias: es escucha activa, con precio cerrado — 20 € los 15 minutos, 35 € la media hora, en el 930 33 27 94.

Cada jirafa es un perfil narrativo: una historia creada por Andrés Cardenete para que te reconozcas, con una persona real detrás del teléfono. La de Zoe, con un hombre bueno y un calendario en verde y azul, es la de mucha gente que llama: gente que no tiene de qué quejarse y lleva meses dándole vueltas a si seguir.

Una historia de Jirafas

La historia de Zoe

Llevo siete años con un hombre bueno. Sí, bueno. Ya sé que eso no debería decirse como una queja, pero fíjese que es lo primero que le he dicho a usted al descolgar. Él no bebe, no grita, no mira otros teléfonos, y cuando mi madre tuvo lo de la cadera fue él quien la llevó al Gregorio Marañón y quien pasó la noche en una silla de plástico. ¿De qué tiene una que quejarse? De nada. Ese es el problema: no tengo de qué quejarme y llevo desde enero rumiando. No sé si dejar a mi pareja pese a lo bueno que es.

Usted me ha pedido que empiece por el principio, de manera que empezaré por el principio.

Nos conocimos en una boda en Alcalá de Henares, en 2019, en la mesa de los pares sueltos. Él trabajaba entonces en el mantenimiento del Metro, casi siempre de noche, y yo daba clases de yoga en un gimnasio de Bravo Murillo. A los ocho meses alquilamos un piso en Prosperidad, dos habitaciones, la segunda para la esterilla y para cuando viniera alguien. Vino la pandemia, vinieron sus turnos de tarde y vino el alquiler de la sala que pago en un bajo de la calle de Cartagena, con doce alumnas fijas y tres que van y vienen. No nos casamos. Nunca hablamos de ello. Siete años pasan rápido.

Tenemos un calendario compartido en el móvil: mis clases salen en verde y sus turnos en azul. Se lo cuento porque una noche de enero, esperando a que se calentara la sopa, me puse a pasar los meses hacia atrás con el dedo. Septiembre, octubre, noviembre… Verde y azul, verde y azul. El color de los dos, un naranja que eligió él, no aparecía desde el puente de agosto, una cena en casa de su hermana. ¿Sabe lo que pensé? Nada. Cerré el calendario y serví la sopa.

Ni bien ni mal

Se sentó sin quitarse la sudadera del trabajo y encendió la tele con la mano izquierda mientras partía un mendrugo de pan con la derecha. Puso el telediario y bajó el volumen.

Tenía razón, me había escuchado, igual que un alumno que ha estudiado la lección sin entenderla, y yo no supe qué más decir. Eso es lo que no se puede explicar: que mi pareja no me escucha y, a la vez, es capaz de repetir palabra por palabra lo que le he dicho. Otras discuten mucho con su pareja; nosotros no discutimos nunca. Ojalá. Terminamos la sopa, él fregó, yo sequé, y a las once estaba cada uno en su lado de la cama con su teléfono, igual que cualquier pareja moderna, supongo. Y nadie se muere.

Si pudiera volver atrás, la cena habría sido parecida: la sopa, la sudadera, el telediario con el volumen bajo. Pero cuando me hubiera preguntado «¿y tú?», yo habría dejado la cuchara y le habría dicho la verdad. Que llevo desde enero con dudas sobre mi relación. Que no sé si esto es una crisis de pareja o si es el final. Que siento que mi pareja no me quiere, o que me quiere como se quiere a una lámpara que funciona, y que lo peor es que yo tampoco sé ya cómo le quiero a él. Álvaro habría apagado la tele. Habría dicho «pero ¿qué dices, Zoe?» con esa cara de susto que pone cuando algo se sale del calendario, y a lo mejor habríamos llorado los dos, o a lo mejor me habría confesado que él también llevaba meses pensándolo y no se atrevía. No lo sé. No lo hice. Dije «bien» y serví la sopa.

Lo que leyó mi madre

Los domingos comemos en casa de mi madre, en Vallecas, con mi hermana y los niños. Él va siempre: hace la ensalada y de manitas si hay que arreglar algo. Aquel domingo le tocaba turno y fui sola. Mi madre, que tiene un corazón grande, como el de una jirafa, me miró de arriba abajo mientras escurría la pasta y no dijo nada hasta el café, que es cuando dice las cosas.

Más tarde, cuando mi hermana se fue con los niños a su casa, mi madre sacó del cajón de los manteles una revista de esas de la peluquería, abierta por una página doblada.

Primero me reí, no sé por qué. Luego me eché a llorar con la taza en la mano, y ella me quitó la taza y me dejó llorar sin decir nada. Cuando me calmé me preguntó si lo quería, y le dije que sí. Me preguntó si estaba enamorada de él y me quedé callada. «Pues ya está», dijo, y se levantó a fregar.

Lo de las amigas fue peor. Merendamos el jueves en casa de Bea y, cuando salió el tema de su boda, dejé caer, con una risa que no era mía, que mi novio y yo «estábamos viendo», que no estaba segura de mis sentimientos. Lo dije por si acaso. Lo dije para que, si un día me deja él, yo pueda contar que ya lo había visto venir. Una cosa es no saber si dejar a tu pareja y otra ir preparando el terreno para que parezca que lo decidiste tú. Sí, esa soy yo: la mujer que enseña a soltar y no suelta, la mujer que prefiere decir «bien» a decir la verdad, la mujer que se adelanta a que la dejen, cuando posiblemente sea ella la que quiere dejarlo a él.

Porque eso es lo que enseño, ¿sabe? A respirar. Doce señoras y tres chicas, tres tardes por semana, en un bajo con el suelo de tarima. «Coged aire por la nariz, retened, soltad por la boca.» El martes pasado, a mitad de clase, me di cuenta de que yo no lo estaba soltando. Lo retenía, y llevo meses reteniéndolo. Me siento sola en mi relación, y no lo estoy gestionando.

Eso es todo. Ya ve que no hay nada: ni gritos, ni otra, ni deudas. No, no es eso de «ya no confío en mi pareja» que traía el test; confío en él como en el Metro, sé que pasa. Siempre pasa. Tampoco es lo de «mi pareja no me entiende»: me entiende perfectamente, lo que no hace es preguntar. Un hombre bueno, un calendario en verde y azul y yo, que no sé si esto es una crisis o es el final. La he llamado porque no puedo seguir molestando a los que me quieren con mis cosas. Además me dirían que no tengo de qué quejarme o que no sé lo que tengo.

Perdone, me acaba de entrar un aviso. No es un mensaje, es el calendario. Ya no me lo propone, lo apunta. Mire, se lo voy a leer: «Se ha añadido un evento. Viernes 27, 21:30. Siete años juntos. El italiano de siempre. Reservo yo». El primer naranja desde agosto, y es nuestro aniversario.

El evento tiene tres opciones: «aceptar», «rechazar» y «quizás». Tengo el pulgar levantado. Estoy a punto de pulsar.

Andrés Cardenete Montiel, periodista y escritor, autor de la historia de Zoe Una historia creada por Andrés Cardenete Montiel Periodista y escritor · andrescardenete.com LinkedIn de Andrés Cardenete (se abre en una ventana nueva) Instagram de Andrés Cardenete (se abre en una ventana nueva)

Al otro lado del teléfono

No tienes de qué quejarte, y aun así necesitas contarlo

Zoe llama porque no puede seguir molestando a los que la quieren con sus cosas, y porque le dirían que no tiene de qué quejarse. Si tú también contestas «bien» cuando te preguntan y llevas meses rumiando, al otro lado del teléfono hay una persona real que escucha sin juzgar.

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La base psicológica

Las preguntas de quien tiene dudas sobre su relación

Tengo dudas sobre mi relación

Hay preguntas que se resuelven mirando primero hacia dentro. Tengo dudas sobre mi relación es una de ellas. Antes de examinar lo que ocurre entre dos personas, conviene tener en cuenta cómo funciona nuestra manera de dudar.

Hay quien revisa el trabajo que eligió hace años, el barrio donde decidió vivir, la carrera que dejó a medias, buscando siempre la seguridad de que esa era la opción más correcta. El problema no es la revisión en sí, sino el estándar que se ha fijado como meta. Ninguna decisión, tomada con la información que teníamos en su momento, puede garantizar lo que ocurrirá.

Cuando no toleramos la incertidumbre, podemos presentar este patrón en distintas áreas de la vida, por lo que vale la pena plantearse si las dudas sobre nuestra relación forman parte de nuestra tendencia a querer estar seguros de todo. Ahora bien, sentir ansiedad ante la incertidumbre y no estar satisfechos con nuestra relación, no son excluyentes.

Lo que de verdad sostiene o desgasta un vínculo de pareja

Pensar en alguien que nos trata bien invita a hacer una lista de virtudes. Es serena, es generosa, cuida los detalles…, ¿qué más podríamos pedir? Admirar cómo es una persona y disfrutar de la vida que construimos con ella son dos experiencias relacionadas, pero no idénticas. Su serenidad puede resultarnos entrañable como rasgo, y al mismo tiempo insuficiente cuando la mayoría de nuestros días transcurren dentro de una calma que nosotros interpretamos como aburrimiento.

Aquí es donde el reforzamiento positivo entra en juego. El reforzamiento positivo es un proceso de aprendizaje mediante el que una conducta se vuelve más frecuente porque, al hacerla, obtenemos una consecuencia que nos resulta valiosa. Si contamos un proyecto y encontramos preguntas genuinas al otro lado, es probable que volvamos a compartir lo que nos interesa porque esa respuesta ha reforzado la conducta. Lo decisivo es que lo reforzante no es universal sino que depende de la historia de aprendizaje de cada persona.

El segundo proceso, y el más importante para entender por qué una relación se enfría sin que nadie discuta, es la extinción. Cuando una conducta deja de recibir la respuesta que antes la mantenía, esa conducta disminuye, con el tiempo, hasta casi desaparecer. Siguiendo con el mismo ejemplo, si compartimos algo que nos entusiasma y encontramos, una y otra vez, que cuando hablamos nuestra pareja no nos escucha o mira el móvil, dejamos de compartirlo, no porque hayamos decidido castigarla, sino porque las consecuencias han dejado de ser reforzantes.

Desde el otro lado se puede interpretar el silencio como calma, como señal de que todo va bien, sin saber que en realidad se está extinguiendo algo que la pareja compartía. No hace falta ninguna discusión para vivir vidas paralelas dentro de la misma casa. Basta con que la extinción actúe, sin nombre y sin testigos, durante suficiente tiempo.

Hay una tercera pieza: el reforzamiento negativo. A diferencia del positivo, aquí una conducta se fortalece porque consigue eliminar algo desagradable, no porque consiga algo bueno.

Cuando alguien insiste hasta conseguir que su pareja acepte un plan, ocurren dos procesos a la vez. Quien insiste aprende que la insistencia funciona, porque termina obteniendo el «sí» que buscaba: su conducta queda reforzada positivamente por el resultado conseguido. Quien cede, en cambio, aprende algo distinto: que decir «sí» hace desaparecer la presión, la discusión latente, la tensión de seguir negándose. Ese alivio inmediato refuerza negativamente la conducta de ceder, y la hace más probable la próxima vez que la insistencia aparezca. El plan se hace. La actividad compartida existe. Y sin embargo, el camino para llegar hasta ella ha quedado asociado a la presión, no al deseo, y esa asociación tiene consecuencias que aparecen más adelante, aunque en el momento no sean evidentes.

El bucle que convierte una pregunta en una obsesión

Ahí donde el vínculo empieza a desgastarse, suelen instalarse las dudas sobre nuestra relación.

Si me lo pregunto tanto, será porque ya no le quiero. Interpretar la duda como una crisis de pareja genera una urgencia por desmentirla cuanto antes. Repasamos buenos recuerdos, buscamos una opinión que nos tranquilice, comprobamos qué sentimos exactamente al estar juntos. Cada una de estas comprobaciones ofrece un alivio breve, y ese alivio —de nuevo reforzamiento negativo— explica por qué volvemos a comprobar la próxima vez que la inquietud regresa. Con el tiempo, dejamos de reaccionar a lo que ocurre entre los dos y empezamos a reaccionar, casi en exclusiva, a la propia duda ¿todavía estoy enamorada de mi pareja? ¿Estoy segura de querer seguir con él?, comprobación tras comprobación, sin que nada nuevo haya sucedido en la relación.

Intentar apartar el pensamiento de la cabeza no ayuda a que se vaya; suele conseguir el efecto contrario, porque comprobar si ya ha desaparecido nos obliga a evocarlo de nuevo para verificarlo. Merece la pena diferenciar la reflexión de la comprobación. Reflexionar es aclarar una necesidad concreta con la intención de actuar sobre ella; comprobar para tranquilizarnos es repetir la misma pregunta buscando una seguridad que nunca llega a ser definitiva. La primera actividad avanza hacia algún lugar. La segunda gira sobre el mismo punto, y por eso es posible pasar semanas enteras pensando en las dudas sobre mi relación sin llegar a ningún sitio.

Me siento culpable por dudar de alguien bueno

Queda una última pieza: el juicio que añadimos sobre nosotros mismos por el simple hecho de dudar sobre nuestra relación. Estar con alguien bueno debería bastarme para ser feliz. Cuando esta regla se instala, tratamos de convencernos repasando las virtudes del otro, restamos importancia a lo que realmente necesitamos, o lo callamos directamente para no parecer desagradecidas. Lo que necesita cambiar sigue, mientras tanto, sin nombrarse.

Agradecer los cuidados recibidos y explicar la propia insatisfacción no son movimientos contradictorios; pueden convivir en la misma frase, en la misma conversación. Reprocharnos lo que sentimos añade una capa de malestar encima del malestar original, y esa capa suele ser precisamente la que nos mantiene en silencio. Pero el silencio nos deja dando vueltas sobre nuestros propios procesos mentales sin tener a nadie con quien poner voz a lo que nos sucede. Y sin nadie con quien hablar, es más difícil tomar perspectiva, cuestionar nuestros miedos y separarnos de los pensamientos y la duda.

Mi pareja no me escucha: ¿qué ocurre cuando intentamos hablar?

Zoe acaba de contar que la han invitado a Cádiz. Álvaro mira la televisión y, cuando ella le pregunta si la escucha, responde «Claro que te escucho. ¿Vas a ir?». Está siguiendo lo que cuenta. Aun así, ella se queda sin saber cómo explicarle qué echa en falta.

Al decir «mi pareja no me escucha», quizás estamos esperando que nos presten atención. Otras veces, el otro simplemente está presente o reacciona a lo que decimos sin conectar. Queríamos compartir algo que nos preocupa y ya nos está aconsejando; le comentamos lo que nos ilusiona y empieza a señalar inconvenientes. Ha oído nuestras palabras, pero no sentimos que nuestra pareja nos escuche realmente.

Qué se interpone mientras hablamos

El cansancio y las distracciones pueden influir sobre nuestra manera de participar en una conversación. Si continuamos pendientes de la pantalla o del trabajo que hemos dejado a medias, es fácil captar la noticia y perder los matices. Por eso, cuando un asunto requiere atención, conviene interrumpir lo que estamos haciendo o acordar otro momento. Quien propone aplazarlo tendrá que ocuparse también de retomarlo.

A veces, sin embargo, estamos delante del otro y creemos saber demasiado pronto lo que le ocurre. La familiaridad puede hacernos menos cuidadosos al interpretar sus palabras. «Ya sé por dónde vas», pensamos, y completamos mentalmente una explicación que aún está empezando. La investigación sobre comunicación ha observado esa tendencia a sobreestimar cuánto nos entendemos con las personas próximas. Conocer bien a nuestra pareja ayuda, siempre que sigamos interesados en averiguar qué le sucede esta vez.

La dificultad aumenta cuando nos sentimos aludidos. Si oímos «hace tiempo que apenas hablamos», quizá recordemos la conversación del domingo y nos apresuremos a mencionarla. Entretanto, queda por saber si nuestra pareja echa de menos hablar de algo en particular, si le cuesta encontrar un momento o si siente que la interrumpimos. Al interpretar sus palabras como una acusación, nuestra atención puede volcarse en preparar la defensa.

En ese punto ayuda pedir una aclaración antes de rebatir. «¿A qué te refieres cuando dices que apenas hablamos?». Después podremos explicar nuestra propia experiencia porque sin entender la queja no podemos responder a lo que nuestra pareja nos está planteando.

Escuchar activamente a nuestra pareja

La escucha activa requiere seguir lo que el otro cuenta y contrastar nuestra interpretación mientras la conversación avanza. Preguntamos sobre aquello que necesitamos comprender y recogemos, con nuestras palabras, lo que creemos haber entendido. Así ofrecemos a nuestra pareja la posibilidad de precisar o corregir.

Imaginemos que le han propuesto coordinar un equipo. Nosotros vemos una buena oportunidad y empezamos a enumerar sus ventajas. Sin embargo, al preguntarle «¿Cómo lo ves?», nos cuenta que le preocupa dirigir a quienes hasta ahora eran sus compañeros. La misma propuesta tiene para cada uno un significado diferente.

Podríamos preguntarle si teme que cambie el trato con ellos. Quizá responda que lo que le inquieta es tener que evaluar su trabajo. Si seguimos hablando de cómo conservar las amistades, estaremos desarrollando nuestra primera suposición, por mucho interés que pongamos en ayudar. Escuchar a nuestra pareja supone revisar nuestra interpretación a partir de lo que nos va aclarando.

También exige cierta tolerancia al malestar. Cuando vemos que nuestra pareja está preocupada, resulta tentador responder «seguro que lo harás bien». Quizás queramos animar; quizás nos cueste sentirla angustiada y deseemos que se tranquilice cuanto antes.

Habrá conversaciones en las que nuestra pareja agradezca una opinión y otras en las que quiera ordenar sus ideas al contarlas.

Explicarnos con claridad y contar con la disposición del otro

Zoe había contestado «bien» cuando Álvaro le preguntó por su día. Más tarde imagina cómo habría sido contarle sus dudas. Si guardamos lo que nos preocupa y esperamos que el otro lo deduzca, le faltará información para comprendernos. Podemos empezar por algo sencillo. «Antes te he dicho que estaba bien, pero hay algo que me preocupa y quiero contártelo».

Explicar qué necesitamos de la conversación también puede resultar útil. «Déjame terminar, que todavía estoy intentando aclararme» es una petición más concreta que «escúchame». Conviene formularla cuando aparece la dificultad y dar al otro la oportunidad de responder.

La expresión «mi pareja no me entiende» puede referirse, por último, a un desacuerdo. Tal vez comprenda que necesitamos conversar al llegar a casa y prefiera descansar un rato antes. Si esa conversación queda pendiente, es importante acordar en qué momento puede darse. Si, en cambio, descarta sistemáticamente cualquier ocasión de hablar, tendremos que valorar cuál es su disposición a comunicarse o si está evitando. Algunos problemas de comunicación en pareja requieren aprender a escucharnos; otros exigen aclarar qué estamos dispuestos a cambiar, una vez que sabemos qué necesita cada uno.

Mi pareja no me valora

Podemos pensar «mi pareja no me valora» cuando interpretamos su forma de tratarnos como una señal de que aprecia poco quiénes somos, lo que hacemos o lo que necesitamos. Pero las causas de esa impresión pueden ser muy diferentes. Estos son algunos ejemplos:

  • Recibimos pocas muestras de aprecio. Quizás pensamos que nuestra pareja no nos valora porque apenas comenta lo que le gusta de nosotros, muestra poco interés por nuestras iniciativas o rara vez agradece lo que hacemos.
  • Nuestro esfuerzo se da por supuesto. Nosotros sabemos cuánto nos ha costado hacer algo; nuestra pareja quizá solo ve el resultado. Eso puede llevarnos a pensar que no nos valora, pero lo que se esconde detrás es que piensa que lo que hemos hecho «es lo que toca» y por eso le resta mérito. En ese caso, la diferencia está en el significado que atribuimos al esfuerzo.
  • Se señalan más nuestros fallos que nuestros aciertos. Cuando las equivocaciones reciben comentarios y lo que hacemos bien pasa inadvertido, podemos sentir que nuestra pareja no nos valora porque está más pendiente de corregirnos que de reforzar o agradecer nuestro comportamiento. Importa en qué se fija, pero también qué expresa. Puede reconocer nuestras cualidades y hablar casi exclusivamente de aquello que le molesta.
  • Echamos en falta que muestre interés en aquello que nos importa. Nuestra pareja puede valorar nuestra disponibilidad y, al mismo tiempo, mostrar escaso interés por nuestras capacidades o aspiraciones.
  • Nuestras necesidades cuentan poco en las decisiones. Todas las parejas negocian, y en esa negociación suele haber uno que siente que tiene que adaptarse más o que pierde más que el otro. Pero cuando esa persona es casi siempre la misma, puede aumentar el malestar y la tendencia a interpretar «mi pareja no me valora».
  • Restamos valor a las muestras de aprecio que sí recibimos. También podemos pensar que nuestra pareja se muestra cariñosa porque «quiere algo a cambio», agradece por obligación o cambia únicamente porque se lo hemos pedido. Al interpretar así cada muestra de aprecio, podemos afianzar la impresión de que nos valora poco. Por eso, merece la pena distinguir entre lo que hace y la intención que le atribuimos, y preguntarnos qué hechos apoyan nuestra interpretación.

Siento que mi pareja no me quiere: ¿se ha distanciado o me he distanciado yo?

«Siento que mi pareja no me quiere», «mi pareja pasa de mí», «mi pareja se distancia» y «me siento sola en mi relación» suelen decirse seguidas, como si fueran la misma frase. Conviene separarlas. «Mi pareja pasa de mí» y «mi pareja se distancia» describen lo que hace la otra persona: ya no pregunta, ya no propone planes. «Me siento sola» describe lo que nos ocurre a nosotras. Y «no me quiere» es una conclusión sobre lo que siente alguien a quien no podemos ver por dentro, sacada de lo que hace y, sobre todo, de lo que ha dejado de hacer.

Zoe lo dice todo en una sola frase, la que le habría dicho a Álvaro si aquella noche, en lugar de «bien», hubiera contestado la verdad: «siento que mi pareja no me quiere, o que me quiere como se quiere a una lámpara que funciona, y que lo peor es que yo tampoco sé ya cómo le quiero a él». La frase empieza en él y termina en ella. Esa segunda mitad suele acompañar a la primera: la sospecha de que la distancia no es solo cosa del otro.

La distancia que llega con la costumbre

En esta relación no ha habido una pelea que marque un antes y un después. Hay noches como aquella: terminan la sopa, él friega, ella seca, «y a las once estaba cada uno en su lado de la cama con su teléfono». Nadie ha decidido alejarse. La distancia se ha formado a base de noches parecidas, y se ve en un calendario donde los turnos de él salen en azul, las clases de ella en verde y el color de los dos no aparece desde el puente de agosto.

La revista de la peluquería que lee su madre tiene un nombre para esto, «síndrome del compañero de piso»: «vivís juntos pero todo es logística y se apaga la chispa». Pese a la palabra «síndrome», y aunque en la revista lo explique una psicóloga, no es un término clínico. Es una expresión popular que puede servir como descripción y se queda corta como explicación. Hablar de la chispa apagada coloca el problema en el deseo, y a veces lo que falta es más fácil de nombrar: ratos que sean de los dos, el naranja de ese calendario.

A la extinción de la que hablábamos al principio —dejar de hacer lo que ya no recibe respuesta—, la costumbre añade otro proceso: la habituación. Cuando algo se repite muchas veces y sin cambios, nuestra respuesta ante ello se va haciendo menor, igual que dejamos de oír el reloj de la cocina. Con las personas que tenemos siempre cerca puede ocurrir algo parecido: lo que funciona y está en su sitio deja de llamar la atención. Una lámpara que funciona no se mira; se mira cuando falla.

Ahora bien, la habituación funciona en las dos direcciones. Si Álvaro ha dejado de mirar a Zoe, es posible que a ella le haya pasado algo parecido con él: sabe que irá a Vallecas los domingos y hará la ensalada, y por eso mismo ya no lo ve. A esto se añade una asimetría difícil de evitar: de nuestra propia retirada conocemos los motivos, y de la del otro solo vemos la conducta. Es fácil explicarnos a nosotras por las circunstancias —«yo no le cuento nada porque no pregunta»— y a él por lo que siente —«no pregunta porque ya no le intereso»—. Así, dos personas pueden alejarse a la vez, cada una convencida de que empezó la otra.

Lo quiero, pero no sé si estoy enamorada

En casa de su madre, cuando por fin se calma, Zoe contesta a la primera pregunta: sí, lo quiere. A la segunda, si está enamorada de él, se queda callada. «Pues ya está», dice su madre, y se levanta a fregar. Para ella, el silencio es una respuesta. Merece la pena no darlo por hecho tan deprisa.

Querer a alguien, desearlo y sentirse cerca de él son experiencias relacionadas, pero pueden ir por caminos separados. El cariño, el compromiso con una vida en común y el cuidado —llevar a la madre de Zoe al Gregorio Marañón y pasar la noche en una silla de plástico— pueden sostenerse durante años. La intensidad de los comienzos, la que solemos llamar enamoramiento, no suele mantenerse igual. Y lo que se echa de menos con el tiempo no siempre es esa intensidad: a veces es algo más cotidiano, sentirse conocida, que el otro tenga curiosidad por lo que nos pasa. Zoe lo dice en otro momento: Álvaro «me entiende perfectamente, lo que no hace es preguntar».

Por eso el silencio de Zoe admite más de una lectura. Puede que el deseo se haya ido o que siga ahí, tapado por la rutina. O puede que lo que le falta no tenga que ver con estar enamorada, sino con sentirse mirada, y que una pregunta con solo dos casillas no le dejara sitio para decirlo. Ayudan preguntas más pequeñas: ¿cuándo fue la última vez que le pregunté algo cuya respuesta no conocía? ¿Y cuándo fue la última vez que él me lo preguntó a mí? Las respuestas no dicen si la relación tiene arreglo, pero ayudan a ver si la distancia ha sido cosa de uno o de los dos.

Justo antes de decir «eso es todo», Zoe lo nombra de otra manera: «Me siento sola en mi relación, y no lo estoy gestionando». Es una frase más precisa que «mi pareja no me quiere», porque habla de lo que ella vive y no de lo que él siente. Sentirse sola dentro de una relación señala que algo que antes ocurría entre los dos ha dejado de ocurrir. Saber qué era no decide nada todavía, pero cambia la pregunta: de «¿me quiere?», que solo puede contestar él, a «¿qué echo en falta?», que solo puedo contestar yo.

Ya no confío en mi pareja: ¿de qué desconfío si no ha pasado nada?

Zoe lo descarta casi al final de su llamada: «No, no es eso de “ya no confío en mi pareja” que traía el test; confío en él como en el Metro, sé que pasa. Siempre pasa». Tiene motivos para decirlo: Álvaro «no bebe, no grita, no mira otros teléfonos». Y, sin embargo, quien dice «ya no confío en mi pareja» o «no puedo confiar en mi pareja» sin que haya ocurrido nada concreto no suele estar hablando de mentiras. Si lo que hay es la sospecha de que exista otra persona, es otra pregunta. La desconfianza de la que hablamos aquí es más difícil de ver, porque no tiene un hecho al que agarrarse.

Conviene tener en cuenta que la confianza no es una sola cosa. Podemos fiarnos de que nuestra pareja nos cuenta la verdad, de que hará lo que dice que hará y, también, de que seguirá ahí cuando lo que tengamos que contarle resulte incómodo. Zoe se fía por completo de las dos primeras. La duda está en la tercera: no sabe qué haría Álvaro si una noche, en lugar de «bien», le contara lo que le pasa, porque nunca lo ha probado. Esa confianza no ha tenido ocasión de ganarse ni de perderse.

Las relaciones tranquilas tienen, además, su propia forma de desconfianza: no fiarse de lo que el otro dice sentir. En la cena, él contesta «Bien… Lo de siempre» y ella contesta «Bien». Zoe sabe lo que cabe dentro de su propio «bien», porque lleva meses guardando ahí lo que no dice. Es lógico que se pregunte qué cabe dentro del de él, y si él seguirá ahí dentro de un año. La dificultad es que esa respuesta la tiene Álvaro, y para conocerla hay que preguntársela.

No me fío de lo que siento

Más arriba hablábamos de la culpa por dudar de alguien bueno. Aquí interesa lo que viene después, cuando la desconfianza apunta hacia dentro y dejamos de fiarnos de lo que nosotras mismas sentimos. «Será una racha». «No tengo derecho a quejarme». Zoe cierra la escena de la cena con otra frase del mismo tipo: «Y nadie se muere». Todas comparan lo que sentimos con una vara de medir que viene de fuera —¿hay gritos?, ¿hay otra?, ¿hay deudas?— y, como la respuesta es que no, concluyen que lo que sentimos no cuenta.

Esa vara mide si tenemos algo que reprochar a la otra persona, no cómo estamos nosotras. Cuando descartamos una y otra vez lo que notamos porque no cabe en ella, vamos perdiendo confianza en nuestra propia percepción, y cualquier criterio ajeno empieza a pesar más que el nuestro, aunque sea el de un test de revista. En el caso de Zoe, nadie le discute lo que siente: lo descarta ella antes de que nadie tenga ocasión.

Tiene, sin embargo, un dato propio que no necesita la aprobación de nadie. El martes pasado, a mitad de clase, se dio cuenta de que no estaba soltando el aire: «Lo retenía, y llevo meses reteniéndolo». Esa observación no prueba nada sobre la relación, pero es información sobre ella, y merece el mismo crédito que Zoe le daría a una de sus alumnas si se lo contara.

Distinto es cuando quien nos hace dudar de lo que percibimos es la propia pareja, o cuando lo que describimos no es una duda callada sino control, celos o miedo a su reacción. Esa es otra dinámica, y necesita mirarse de otra manera.

Adelantarse a que te dejen

Queda una forma de desconfianza que Zoe reconoce con especial dureza. En la merienda en casa de Bea, cuando sale el tema de la boda, deja caer «con una risa que no era mía» que no está segura de sus sentimientos. «Lo dije por si acaso. Lo dije para que, si un día me deja él, yo pueda contar que ya lo había visto venir».

Es una manera de protegerse de algo que todavía no ha ocurrido. Si no podemos estar seguras de que el otro seguirá, preparamos de antemano una versión en la que su marcha no nos pille por sorpresa, y en la que, ante los demás, lo veíamos venir. El alivio de tenerla preparada es inmediato; el coste llega más tarde. Una versión que se cuenta a otros puede acabar creyéndose un poco más cada vez, y la relación empieza a tratarse como algo que se está perdiendo antes de que nadie haya dicho nada.

Zoe misma separa las dos cosas: «Una cosa es no saber si dejar a tu pareja y otra ir preparando el terreno para que parezca que lo decidiste tú». La primera es una duda, y merece tiempo. La segunda es una forma de cuidar la imagen ante los demás, y nos mantiene ocupadas en cómo quedaremos en lugar de en qué queremos.

Del Metro basta con saber que pasa. De una pareja necesitamos saber, además, qué hace cuando le contamos algo que no esperaba oír, y esa confianza solo puede ganarse o perderse cuando se pone a prueba.

No sé si dejar a mi pareja: ¿cómo se decide cuando no hay un motivo?

«No sé si dejar a mi pareja pese a lo bueno que es», dice Zoe al principio de la llamada. Es la pregunta que la ha traído hasta aquí y la única de todas estas que nadie puede contestar desde fuera, tampoco en esta página. Nadie que llame va a oír un «déjalo» ni un «quédate». Lo que sí podemos hacer es mirar por qué una decisión así se aplaza tanto y qué preguntas ayudan a pensarla.

Por qué se aplaza una decisión que no es urgente

Muchas decisiones importantes se toman porque algo obliga: una mentira descubierta, un traslado, un ultimátum. En una relación en la que no pasa nada, nada obliga. Seguir juntos un día más no se vive como una elección, y por eso puede repetirse durante años sin que tengamos la sensación de estar decidiendo. Zoe lo resume sin proponérselo: «No nos casamos. Nunca hablamos de ello. Siete años pasan rápido». En esta relación, las cosas importantes no se han decidido; han ido pasando.

A esto se suma lo que en psicología se conoce como sesgo del statu quo, la tendencia a preferir que las cosas sigan como están. Lo que perderíamos se ve con nitidez —el piso de Prosperidad, los domingos en Vallecas, la rutina de turnos y clases— y lo que encontraríamos después es, por definición, una suposición. Esa diferencia suele hacer que seguir parezca la opción más segura, aunque nadie la haya elegido.

Por eso, cuando las «dudas sobre mi relación» desembocan en «no sé si dejarlo», puede ayudar separar lo que la relación es hoy de todo lo que viene con ella. Algunas preguntas sirven para eso: ¿qué echo de menos, a él o a lo que éramos? ¿Qué me da miedo perder, la relación o la casa, la rutina, su familia? ¿He dicho alguna vez en voz alta lo que pienso, a él o a alguien? Ninguna tiene una respuesta correcta. Lo que hacen es aclarar de qué estamos hablando exactamente.

La tercera es la que más fácilmente se salta. Zoe cuenta dos veces la misma cena: la que pasó y la que habría pasado si hubiera dicho la verdad. En la segunda, Álvaro apaga la tele y, cuenta ella, «a lo mejor habríamos llorado los dos, o a lo mejor me habría confesado que él también llevaba meses pensándolo y no se atrevía. No lo sé. No lo hice». Ese «no lo sé» importa. Zoe intenta decidir sobre una relación de dos con la información de una sola: sabe, a medias, lo que siente ella, y supone lo que siente él. Mientras no lo diga, decide sobre una versión de Álvaro que ha construido ella.

Esperar a que decida el otro

Hay otra manera de aplazar: esperar a que sea el otro quien decida. Zoe se describe así: «la mujer que enseña a soltar y no suelta, la mujer que prefiere decir “bien” a decir la verdad, la mujer que se adelanta a que la dejen, cuando posiblemente sea ella la que quiere dejarlo a él». Cuando la otra persona es buena con nosotras, dejarla parece exigir un motivo que no tenemos, y si es el otro —él o ella— quien se marcha, ese motivo deja de hacer falta. Esperar así ahorra la culpa de haber sido quien se fue, pero pone en manos ajenas el momento y la forma, y deja sin responder lo que queríamos saber: qué habríamos elegido nosotras. Y si el otro también espera, la espera puede durar tanto como la relación.

Al final de la llamada, a Zoe le entra un aviso del calendario: «Se ha añadido un evento. Viernes 27, 21:30. Siete años juntos. El italiano de siempre. Reservo yo». Ella se fija en que «ya no me lo propone, lo apunta». También es el primer naranja desde agosto, y lo ha puesto él. El evento ofrece tres opciones, «aceptar», «rechazar» y «quizás», y Zoe tiene el pulgar levantado. No sabemos qué pulsa. Pero un «quizás» sirve para una cena; como respuesta a una relación, lleva desde enero sin aclarar nada.

¿A quién se lo cuento?

Zoe explica por qué ha llamado: «no puedo seguir molestando a los que me quieren con mis cosas. Además me dirían que no tengo de qué quejarme o que no sé lo que tengo». Es un motivo que se repite mucho cuando no hay nada grave que contar. Las personas que nos quieren desean que estemos bien y a menudo ya tienen una idea de cómo deberíamos estarlo. Su madre lo nota —«Tú no estás bien»—, pero lo que le ofrece es un test de revista y un «Problemas de pareja los tiene todo el mundo, hija». Con las amigas, Zoe ni siquiera llega a decirlo entero.

Ahí puede ayudar hablarlo, antes de decidir, con alguien de fuera: alguien que no gane ni pierda nada con lo que elijamos, que no vaya a decirnos que no tenemos de qué quejarnos ni a decidir por nosotras. Así la duda puede contarse sin recortes, y a veces es al oírla cuando se ve qué pesa más y qué se nos escapa casi sin querer. Zoe lo ha hecho así: lo que no pudo decir entero en la cena, ni en Vallecas, ni en la merienda, se lo ha contado a alguien al otro lado del teléfono.

En sus clases, Zoe repite: «Coged aire por la nariz, retened, soltad por la boca». Soltar, aquí, no quiere decir dejar a nadie ni quedarse con nadie. Quiere decir sacar por la boca lo que llevamos meses reteniendo y escuchar qué queda cuando ya está dicho.

Jirafas no es terapia ni un servicio de urgencias. Es escucha activa: un espacio puntual para hablar y ser escuchado, no un tratamiento ni un servicio sanitario. Si el malestar es sostenido o aparecen pensamientos de hacerse daño, busca ayuda profesional. En una emergencia, llama al 112; y la línea 024 de atención a la conducta suicida está disponible las 24 horas, gratuita y confidencial.

La evidencia científica sobre la escucha y el bienestar está desarrollada en La ciencia de la escucha activa.

Publicado el 8 de octubre de 2026 · Revisado por Marian Batle Izquierdo, psicóloga sanitaria, el 8 de octubre de 2026

Si esta noche vuelves a decir «bien» sin que sea verdad, no te quedes a solas con la duda.

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