«Me siento sola y no es por falta de gente alrededor»
La soledad no deseada, contada por alguien que nunca está sola
Qué es Jirafas: una persona real al teléfono
Si llevas tiempo sintiéndote así y no quieres cargar a los tuyos, esto es Jirafas: una persona real que te escucha por teléfono, con calma y sin juzgar. No es terapia ni un servicio de urgencias: es escucha activa, con precio cerrado — 20 € los 15 minutos, 35 € la media hora, en el 930 33 27 94.
Cada jirafa es un perfil narrativo: una historia creada por Andrés Cardenete para que te reconozcas, con una persona real detrás del teléfono. La de Nuria, la peluquera que escucha a medio barrio, es la de mucha gente que llama.
La soledad de Nuria
La mañana de la boda, Nuria hizo nueve servicios y comió de pie media tortilla que le trajo la vecina del segundo. Se casaba la hija de Mari Ángeles, que había sido su clienta durante quince años, y por el local pasaron la novia, tres primas de la novia y una del novio, y una suegra que no se dejó tocar el flequillo. A la novia la había peinado siempre, también para una graduación y dos entrevistas de trabajo. Conocía aquella cabeza mejor que la suya.
A media mañana le tocó la niña de las arras, una sobrina de la novia que se había empeñado en llevar unas trenzas de raíz. Nuria le estaba aclarando el pelo con el chorro fino, despacio para no mojarle las orejas, y la niña preguntó sin mirarla, de esa forma que tienen los niños de preguntar cualquier cosa sin dar importancia:
—¿Y a ti quién te lava la cabeza?
Las manos de Nuria se congelaron entre el pelo de la pequeña.
—Pues quién mejor que yo sola —contestó al cabo—. Pero en la ducha de mi casa.
—Qué rollo —dijo la niña—. Con lo gustosillo que es.
Nuria se rio y meneó la cabeza.
A Mari Ángeles le guardó la última hora, con el cartel de cerrado ya puesto. Viuda desde hacía dos años; el marido era de los que se encargaban de todo, hasta de hablar. Tinte, corte y unas ondas que quedarían ideales bajo la teja de madrina.
—¡Ay, Nuria! Hoy caso a la niña. Me siento sola y triste. Se me va a hacer la casa grande.
Nuria observó en el espejo los ojos apagados de Mari Ángeles.
—¡Anda ya! Si a ti en el barrio no te falta compañía ni cotilleos.
—Ya, pero… se han ido todos, Nuria.
Hizo una pausa antes de volver a hablar.
—Oye, no se lo digas a nadie, ¿eh? Que no quiero que estén tristes con la boda.
—De aquí no sale —contestó Nuria—. Anda, a descansar, que esta tarde vas a ser la madrina más guapa que se ha visto nunca en el pueblo.
La mujer le devolvió la sonrisa.
—Oye, tú a mí nunca me cuentas nada, con toda la lata que te estamos dando siempre. Aunque se te ve entera, pensaba yo que desde que el malaje aquel se fue te vendrías más abajo.
—Yo no quiero cargar a los míos con lo mío, mujer —dijo Nuria mientras le recolocaba una onda con dos dedos—. Y tú eres de los míos. De toda la vida.
Echó la llave y se marchó a casa. Esta vez, sin embargo, la acompañaba aquella frase pronunciada por Mari Ángeles de la que tampoco se libró después de comer, mientras fregaba los cacharros del almuerzo. Paró un segundo, se secó las manos, cogió su teléfono y marcó el número de su hermana. Tuvo que transitar los veinte minutos habituales de noticias de los niños, vacaciones en Almería y algún reproche pero, en cuanto vio la oportunidad, rompió la rutina de aquellas conversaciones.
—Me siento sola y no es por falta de gente alrededor.
La frase salió de su garganta y atravesó la distancia entre ambas como un cuchillo. Después, hubo un silencio corto al otro lado. Su hermana le dijo que eso eran rachas, que a ella también le pasaba, y le contó que una amiga suya se había apuntado a pilates y estaba como nueva. Nuria escuchó, de nuevo, aquellas historias de vidas ajenas. Los cacharros goteaban aún en el escurridor cuando se despidieron.
«¿Y tú de quién eres?»
Después de la siesta se peinó a sí misma en el espejo pequeño del baño. Sintió una molestia en el brazo. Se puso un vestido y unos zapatos que había comprado para otra boda pero que parecían hechos el uno para el otro. Se sintió guapa. Sin embargo, lejos de exhibirse, eligió el último banco de la iglesia. Desde allí podía repasar su trabajo: las ondas de Mari Ángeles bajo la teja de madrina, las trenzas de las primas y de la niña, el recogido de la novia con sus cuarenta horquillas invisibles. Estaba orgullosa, desde luego. Y aunque pensó que era una pena no tener a nadie con quien compartir esa alegría, logró retener a tiempo las emociones que aquello provocaría. Agradeció que el cura fuese breve.
En el banquete la sentaron en la mesa siete, la de los pares sueltos: el típico primo de Burgos, una compañera del novio y otra de la novia, un señor que repetía todo el rato que era del Betis y ella. Nada más sentarse, el primo le hizo la pregunta:
—¿Y tú de quién eres?
—De todas —dijo Nuria con una sonrisa—. Me llamo Nuria, soy la peluquera.
El primo asintió despacio.
Desde la mesa siete se veía la pista entera. Bailaron las trenzas, bailaron las ondas de la madrina y el recogido de la novia aguantó firme hasta el pasodoble. Nuria miraba sus peinados moverse por la pista con un orgullo raro, de escaparate: una mañana de su vida bailando en cabezas ajenas. Mientras tanto, y con disimulo, observó cómo el forofo del Betis se comía sus langostinos y los de la silla de al lado, que se había quedado vacía porque alguien faltó a última hora.
«En las bodas todo el mundo es de alguien. Yo soy de todas, que es otra manera de no ser de nadie.»
En ese momento, descubrió que llevaba meses sintiéndose sola —desde antes del verano, si echaba la cuenta— y todavía no había dicho la palabra en voz alta. Soledad. Le parecía una palabra de telediario, de reportaje sobre mayores, y ella tenía cuarenta y dos años, dos manos fuertes y el mejor día del trimestre esperando en la caja registradora. «Qué fácil es escuchar», pensó, «y qué difícil es que te escuchen cuando nadie te pregunta». Intentó apartar ese pensamiento de la cabeza y se marchó a por un café.
«Las cosas de una»
Con la intención de huir de la mesa de los solteros, encontró un hueco junto a la tía abuela del novio, que a la vez había huido de los niños. Aquella anciana extravagante siempre le había caído bien. Ochenta y muchos, el cuello largo y esbelto pese a la edad, un moño doble blanco que le había hecho Nuria esa mañana, el bolso en el regazo toda la boda, lista para marcharse en cualquier momento. La mujer inclinaba un poco la cabeza y guiñaba el ojo izquierdo, en un esfuerzo por entender bien lo que le dictaba su audífono. Nuria pensó que parecía una jirafa. Es difícil que en los documentales las jirafas salgan solas. La tía abuela jirafa le contó sus recuerdos del pueblo, de la casa familiar y de los largos que se le hacían los inviernos echando de menos a un hijo que tenía en Alemania.
Había cogido a Nuria de la mano y hablaba despacio, como masticando las palabras.
—Los míos me llaman los domingos, no te vayas a creer. Pero desde que falta Manolo no tengo con quién hablar. Hablar de verdad, digo. Las cosas de una.
Y luego preguntó:
—¿Y tú, guapa? ¿Tienes con quién?
Nuria fue a decir lo que siempre decía, que no se podía quejar. Pero no le salió. En su lugar, de nuevo aquel cuchillo. Esta vez la escupió sin pensar, palabra por palabra. Llevaba rato alisando la servilleta en su regazo y no paró hasta que dijo aquello. Sentirse sola pese a tener gente cerca.
La jirafa se recolocó mejor el audífono, le puso la mano en el brazo y dijo:
—Esa historia me la sé yo desde el noventa y dos. Fíjate los años.
Después sonrió achinando los ojos con ternura.
—Cuéntame, Nuria.
Y Nuria habló. Del peso del local para ella sola; de su obsesión con poner lavadoras para luchar contra el silencio de la casa; de la silla de enfrente, ocupada hacía años por un hombre de hace años, al que ni siquiera le reprochó que se marchara en silencio; de lo raro que es saberse los secretos de medio barrio y cenar cada noche sin contarle a nadie cómo ha ido el día. La jirafa escuchaba echada hacia delante y solo interrumpía para saber más de algo que le parecía interesante o pedir exactitud: que cuántos años, que desde cuándo, que si aquel hombre. Por primera vez en muchos años, Nuria se sintió parte de una conversación. Cuando volvió la orquesta, la tía abuela le dio dos palmadas en la mano:
—Pues ya somos dos, maja. Apunta mi teléfono, para cuando quieras hablar con alguien de verdad. Seguro que nos hacemos compañía.
Nuria hizo lo que le pidió.
—Y ahora ve a bailar, que yo ya solo bailo sentada.
Volvió a casa andando. En el portal se quitó los zapatos y subió al ascensor descalza. Se hizo una manzanilla y no encendió más luz que la de la cocina. Había hablado más de sí misma en una sobremesa de boda que en todo un año con los suyos, y había sido más fácil de lo que pensaba. «Facilísimo», se dijo sorprendida. La manzanilla se le quedó fría a la mitad, enfrente de la silla vacía. Se había quedado dormida en la mesa. Cuando se fue a la cama durmió del tirón.
El domingo, su día de descanso, se despertó a la hora de siempre e hizo el café de siempre. No encendió la radio. Con el café pensó en la niña de las trenzas, en su ducha de dos minutos, en el «qué rollo». Un impulso que le pareció estúpido le llevó a bajar a la peluquería. Dejó la persiana a medio abrir y se sentó en uno de los butacones de los clientes. En veinte años jamás se había sentado ahí. Estuvo un rato absorta, ensimismada, acariciando el cuero con la yema de los dedos. Finalmente, sonrió. Sacó su teléfono y marcó el número que no estaba en su agenda el día anterior. Mientras sonaba el primer tono, se miró al espejo y se alisó el pelo con la mano libre, como si fuera a verla alguien.
Una historia creada por
Andrés Cardenete Montiel
Periodista y escritor · andrescardenete.com
Y a ti, ¿quién te pregunta?
Nuria tuvo la suerte de cruzarse con quien supo preguntar. Si a ti hace tiempo que nadie te pregunta de verdad, no esperes a una boda: al otro lado del teléfono hay una persona real que escucha sin juzgar.
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Las preguntas de quien se siente sola
Marian Batle Izquierdo Psicóloga sanitaria · Colegiada n.º 01444 · marianbatle.com
¿Por qué me siento sola si tengo gente alrededor?
Sentirse solo no depende únicamente de cuánta gente tenemos cerca, sino de cómo vivimos esa cercanía. Se puede tener familia, amigos, compañeros de trabajo, una agenda llena de mensajes y llamadas, y aun así echar en falta intimidad, reciprocidad y la certeza de que existe alguien ante quien mostrarse tal cual una es.
Por eso conviene distinguir dos términos: el aislamiento y la soledad. El aislamiento tiene que ver con cuánto contacto social hay, de forma objetiva. La soledad es otra cosa, tiene un componente subjetivo y aparece cuando notamos una distancia entre las relaciones que tenemos y las que necesitaríamos tener. Y esa distancia puede venir marcada no solo por la cantidad de vínculos que establecemos, sino también por la calidad que percibimos. Por eso la frase «me siento solo aunque tenga gente alrededor» tiene tanto sentido desde el punto de vista psicológico. A veces hay compañía, pero falta escucha real. Otras veces se habla constantemente, aunque casi siempre de lo práctico: horarios, tareas, planes… Y ocurre también cuando llevamos tiempo ocupando el papel de quien escucha o ayuda a los demás, y hemos aprendido, sin darnos cuenta, a contar poco de nosotros mismos.
La historia de Nuria lo ejemplifica muy bien: la quieren, la buscan, conoce los problemas de todo su entorno. Y sin embargo, lleva meses sintiéndose sola.
Qué es la soledad no deseada
La soledad no deseada surge cuando hay una diferencia entre la conexión que tenemos y la que desearíamos tener. Por eso alguien puede vivir solo y sentirse bien acompañado emocionalmente, mientras otra persona convive a diario con su familia o su pareja y se siente sola.
Merece la pena distinguir dos dimensiones dentro de esta experiencia: la soledad social y la soledad emocional. La soledad social tiene que ver con echar en falta una red suficiente de relaciones, actividades compartidas o sentido de pertenencia a un grupo. La soledad emocional, en cambio, aparece cuando se siente la falta de una relación cercana en la que encontrar intimidad, confianza y conexión profunda.
La distinción está bien establecida en la investigación sobre soledad y se utiliza en instrumentos específicos de evaluación. Esto explica por qué «tener más gente» puede funcionar para algunas personas y quedarse corto para otras. Si alguien carece de contactos, ampliar la red puede ser importante. Si el problema es de soledad emocional, quizás ya tiene gente y lo que echa de menos es otro tipo de relación.
Por otra parte, la soledad elegida es un fenómeno distinto. Buscar momentos a solas, disfrutar del propio espacio o necesitar tiempo sin compañía puede resultar profundamente satisfactorio. El problema aparece cuando esa distancia respecto a los demás se vive como una carencia, no como una elección.
¿Es tristeza, soledad o sentirme vacía?
Estas tres experiencias suelen mezclarse, y separarlas ayuda a entender mejor los matices que las diferencian.
La soledad tiene un componente específicamente relacional. Cuando pienso «me siento sola», casi siempre hay algo que echo en falta respecto a mi relación con los demás: compañía, cercanía, pertenencia, alguien con quien compartir algo o sentirme comprendida.
La tristeza, en cambio, es más amplia: puede aparecer por una pérdida, una decepción, una situación vital difícil o, efectivamente, por sentirse sola. Soledad y síntomas depresivos guardan relación entre sí, aunque siguen siendo experiencias diferentes. Estudios longitudinales han encontrado que la soledad predice cambios posteriores en el estado de ánimo, incluso teniendo en cuenta el grado real de aislamiento social de la persona.
Sentirse vacía tiene otras connotaciones. El vacío puede vivirse como ausencia de emoción, de sentido, de interés o de conexión, tanto con una misma como con los demás. La investigación encuentra bastante solapamiento entre vacío, soledad, aislamiento y desesperanza, por lo que lo primero es entender qué significa exactamente esa palabra para la persona que la usa.
Por eso, cuando alguien llega diciendo «me siento sola y triste» o «me siento vacía», lo que más ayuda es entender qué está echando en falta. ¿Añora a alguien en concreto? ¿Necesita sentirse importante para otra persona? ¿Ha perdido interés por casi todo? ¿Se siente desconectada incluso rodeada de gente? La respuesta cambia bastante según lo que haya detrás.
Llevo meses sintiéndome sola: ¿se pasa sola?
A veces la soledad responde a un cambio muy concreto —una ruptura, una mudanza, una pérdida, un cambio de trabajo— y va disminuyendo a medida que reconstruimos la vida y aparecen nuevos vínculos. Cuando llevamos meses sintiéndonos así, suele resultar más útil preguntarse qué está manteniendo esa soledad que esperar a que desaparezca sin más.
A veces la causa es evidente y tiene que ver con que existen pocos contextos o actividades en las que relacionarse. Pero hay otro motivo mucho más sutil, y probablemente más frecuente en la actualidad: tener relaciones y, aun así, evitar mostrarse vulnerable, pedir poco, asumir siempre el papel de quien escucha, anticipar rechazo o dejar de intentar expresar cómo nos sentimos después de varias decepciones.
En esos casos, la soledad puede verse reforzada por el siguiente proceso: necesitamos conexión y, al mismo tiempo, cada vez esperamos menos de ella o nos protegemos más. La investigación ha relacionado la soledad persistente con una mayor sensibilidad ante posibles amenazas sociales y con procesos que pueden dificultar posteriormente la reconexión.
Cómo superar la soledad depende, en buena medida, de identificar qué falta exactamente. A una persona puede faltarle red social. A otra, una relación más profunda. Otra tiene gente disponible, pero hace tiempo que dejó de contar cómo está en realidad. Y otra puede estar atravesando, además, una depresión, ansiedad social, un duelo o una ruptura y necesita una atención distinta.
¿Se puede estar en pareja y sentirse sola?
Perfectamente. Tener pareja confirma que existe una relación pero dice bastante poco sobre la calidad emocional de esa relación.
Se puede compartir casa, rutinas e incluso proyectos con alguien y, al mismo tiempo, echar en falta conversación, interés, afecto, reciprocidad o la sensación de sentirse comprendida. Los estudios sobre relaciones de pareja encuentran justamente esto: una cohesión menor, un apoyo emocional más débil y una tensión mayor dentro de la relación se asocian con niveles más altos de soledad.
Por eso «me siento sola en mi relación» describe una situación diferente a la de estar físicamente sola, y algo parecido ocurre con «tengo amigos pero me siento sola». La presencia de vínculos cuenta, desde luego, pero también importa mucho cómo nos sentimos emocionalmente dentro de ellos.
Sentirse sola en pareja no significa que la relación esté acabada, pero señala que alguna necesidad relacional importante está quedando fuera: intimidad, atención, validación, confianza, reciprocidad, apoyo o la sensación de compartir de verdad la vida con la otra persona.
Qué hacer si me siento sola
Puede que el primer consejo que escuches si le dices a alguien que te sientes sola es «tienes que conocer a más gente». Y conocer a gente puede ayudar, pero te animamos a que primero te preguntes: ¿qué es, exactamente, lo que echo de menos?
Las necesidades pueden ser muy distintas entre sí. Quizás falta compañía para hacer planes. Quizás hay compañía, y lo que falta es confianza. Puedes querer pertenecer a un grupo, tener a alguien a quien llamar al terminar el día, o poder contar una preocupación sin sentirte «pesada» o que molestas. Cuanto más concreta sea la necesidad, más fácil es también encontrar aquello que responde a ella.
Después, vale la pena mirar las relaciones que ya existen. Imagina que tras el pensamiento de «qué hacer si me siento sola», eliges mantener una conversación en la que compartes algo personal, propones un café para hablar de lo que te preocupa, o dejas de responder siempre «bien» cuando alguien te pregunta cómo estás. Tiene sentido buscar oportunidades repetidas de contacto donde los vínculos puedan crecer, porque toda relación significativa necesita continuidad para llegar a serlo.
Quizás no lo sepas, pero en una investigación con más de 1.600 participantes, Itzchakov y su equipo encontraron que una escucha de alta calidad —atenta, comprensiva, con una actitud positiva hacia quien habla— reducía la sensación momentánea de soledad justo después de que las personas compartieran una experiencia de rechazo social. El estudio se centra en la soledad puntual, así que sería excesivo concluir que una sola conversación resuelve una soledad de meses. Pero sí nos muestra que sentirse realmente escuchada puede cambiar, al menos en ese momento, cómo te sientes.
Esto es lo que le pasa a Nuria. Su hermana responde minimizando y con una solución rápida: «son rachas», «una amiga se apuntó a pilates». Más tarde, otra persona hace algo distinto: pregunta, escucha, se interesa por los detalles. Esa diferencia entre tener a alguien que habla contigo y sentir que alguien te escucha es, quizás, la idea más importante de toda su historia.
¿Cuándo esto ya no basta?
Hablar con alguien puede aliviar un momento de soledad, ayudar a poner en palabras lo que está pasando y devolver, aunque sea por un rato, una sensación de conexión. Cumple una función real y valiosa. Otra cuestión, distinta, es qué está provocando o manteniendo esa sensación de soledad.
Cuando sentirse solo se prolonga en el tiempo, ocupa cada vez más espacio, o se acompaña de aislamiento progresivo, pérdida marcada de interés, cambios importantes en el sueño o el apetito, ansiedad intensa, desesperanza, o dificultad para trabajar, estudiar o cuidar de una misma, conviene contactar con un psicólogo. La soledad puede formar parte de una depresión, un duelo complicado, ansiedad social, u otras dificultades relacionales que requieren de algo más que una conversación puntual, por reparadora que resulte.
La clave está en que escuchar responde a la necesidad de sentirse escuchado; la psicoterapia trabaja, además, los procesos que explican por qué una dificultad aparece, se repite o se mantiene, y en cómo modificarla.
La evidencia científica sobre la escucha y el bienestar está desarrollada en La ciencia de la escucha activa.
Bibliografía del estudio
Itzchakov, G., Weinstein, N., Saluk, D., y Amar, M. (2023). Connection heals wounds: Feeling listened to reduces speakers’ loneliness following a social rejection disclosure. Personality and Social Psychology Bulletin, 49(8), 1273–1294. https://doi.org/10.1177/01461672221100369
Publicado el 18 de agosto de 2026 · Contenido revisado por Marian Batle Izquierdo, psicóloga sanitaria
Si hoy la casa se te queda grande, no te quedes a solas con ello.
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