Cortar del todo, y aguantarlo
Mes y medio sin escribirle, y la noche en que se lo encuentra
Qué es Jirafas: una persona real al teléfono
Si lo estás intentando y no quieres agotar a los tuyos con el mismo tema, esto es Jirafas: una persona real que te escucha por teléfono, con calma y sin juzgar. No es terapia ni un servicio de urgencias: es escucha activa, con precio cerrado — 20 € los 15 minutos, 35 € la media hora, en el 930 33 27 94.
Cada jirafa es un perfil narrativo: una historia creada por Andrés Cardenete para que te reconozcas, con una persona real detrás del teléfono. La de Marta, la bibliotecaria que lleva la cuenta de los días por detrás de una entrada de concierto, es la de mucha gente que llama.
El contacto cero de Marta
El traslado de la sala infantil empezó el 7 de julio y va a durar hasta noviembre. Son cuatro mil doscientos volúmenes. Marta lleva la cuenta en una hoja de cálculo, por carros y por metros de estantería, y lleva otra que no está en ninguna hoja: veintiocho días de contacto cero. Los apunta por detrás de la entrada del concierto, en una columna, con el bolígrafo del cuenco de las llaves. Los últimos le salen mucho más pequeños que los primeros, porque calculó mal el espacio.
De él no le queda nada en casa. Nada material, mejor dicho. El cargador lo tiró a finales de agosto, pero la entrada del concierto sigue en el cajón del recibidor. La compraron los dos en marzo, con siete meses de antelación, la mañana en que salieron a la venta. Aquella noche, medio en broma, él dejó dicho que si lo dejaban antes de octubre irían igual, cada uno por su cuenta, si todavía pensaban el uno en el otro. Se rieron mucho. Al irse se llevó la suya.
La regla se la puso Elena y no tiene más que una línea: no escribirle y no buscarle en ningún sitio, tampoco en redes. La primera parte se la puso fácil él, que la bloqueó a mediados de agosto y dejó la conversación congelada en un «A ver si un día» con su carita sonriente. Lo segundo es más complicado.
Los grupos de reventa del concierto llevan el nombre de la banda indie y el acceso es abierto. Marta los abre por la noche, cuando termina con el inventario, y los lee enteros, lo que se ofrece y lo que se busca. No compra ni vende. Lee y lo busca. O tal vez sería mejor decir que lo espera: el nombre de él poniendo la entrada a la venta.
Con la calle del bar, en cambio, lo hace bien. Del mercado a la parada pasaba siempre por la puerta, pero desde finales de agosto sube por Vergara, cruza por detrás del mercado y baja otra vez. Nueve minutos de más por trayecto, dos trayectos al día. Una noche hizo la multiplicación y le salieron ocho horas y pico de rodeo en cuatro semanas. Le pareció barato.
Lo que no se puede esquivar son los carteles. En octubre la ciudad se llenó de la gira: uno en la marquesina y dos en vallas de obras, de camino a la biblioteca.
«Leer anuncios no es buscar a nadie»
Elena levantó el cuello sobre el mostrador de la biblioteca un jueves para devolver dos libros que no había abierto. Marta le contó lo de los grupos de reventa, medio en broma, mientras pasaba el lector por los códigos.
—Eso también es romper el contacto cero. No le escribes, pero te pasas la noche en un sitio donde esperas encontrar su nombre.
—Leer anuncios no es buscar a nadie —dijo Marta, y pasó el lector por el segundo código—. Lo estoy haciendo bien, Elena. Otra cosa es que haya conseguido dejar de pensar en mi ex.
—¿Has pensado en vender la tuya?
Un domingo a las tres de la mañana puso su entrada a la venta. A las nueve tenía cuatro mensajes. Quedó con un chico el martes a las siete, en la boca del metro de la plaza. Horas antes le envió un mensaje en el que le contaba que la había vendido esa misma tarde a otra persona. Mentira.
El jueves 8 hizo un nuevo intento de vender la entrada. Se convenció de que era necesario. Escribió el anuncio mientras viajaba en el autobús, hizo una captura del código de barras y abrió la aplicación para pegarlo en el grupo. Algo había cambiado: se encontró la cara de él en la lista de conversaciones, pequeña y redonda, entre su madre y el grupo del trabajo. La había desbloqueado.
¿Cuándo la había desbloqueado? De eso no queda registro en ningún lugar. Pudo ser esa misma mañana. Pudo ser tres semanas antes, mientras ella se aprendía de memoria los anuncios de un grupo de reventa. El anuncio se quedó sin publicar y la entrada sin vender.
«¿Qué significa que me haya desbloqueado?»
La llamó al bajar del autobús para contárselo. La guardaba como «Mi jirafa» desde la noche en que cenaron en su casa. «¿Y cuánto dura el contacto cero?», preguntó al final. Elena tardó en responder: «No lo sé. Supongo que un día dejas de pensar en él. O te acostumbras». Antes de colgar le volvió a ofrecer su ayuda: «Mañana me llamas al salir del concierto, a la hora que sea».
«¿Me encontraré con mi ex?»
No fue sola. Fue con gente de un grupo de seguidores de la banda. En la puerta, un chico partió la entrada por la mitad sin mirarla y echó esa parte, con media columna de números detrás, en un cubo con otras mil. Se preguntó si estaría la de él.
«Unas cinco mil personas», calculó. «¿Me encontraré con mi ex?». A las nueve y media ya solo se podía avanzar de lado y pidiendo perdón. Marta se quedó donde la dejaron, a la izquierda, detrás de unas chicas que se habían pintado el título del disco en el dorso de la mano.
A mitad del concierto se fue a por agua. En la barra la cola era un bulto de gente que empujaba, y tardó tres canciones en llegar al mostrador. Cuando le pusieron el vaso delante, él estaba pagando a su derecha. Cantaba lo que sonaba dentro con la boca muy abierta y el vaso en alto: un gesto suyo, inconfundible.
Marta se quedó quieta con el agua en la mano. Él la vio de lado, se volvió del todo y tardó un segundo entero en ubicarla.
—¡Anda! ¡Pero bueno!
Se dieron dos besos, uno de ellos más tímido, y hablaron a gritos porque allí dentro no había otra manera.
Le preguntó si había venido sola, él le contó que estaba con Fran y con dos más que se habían quedado en la pista, y que el disco nuevo en directo ganaba una barbaridad. Marta contestó a las tres cosas. Entonces fue cuando arrancó la canción que habían querido escuchar juntos en marzo, cuando compraron aquellas entradas. Ahora sonaba a despedida.
Tardó bastante más en volver que en ir. Su sitio lo ocupaba ya un hombre muy alto con una camiseta de otra gira, así que hizo el resto del concierto mirando el escenario por el hueco que quedaba entre dos hombros. Se sorprendió de que al darle dos besos no hubiera sentido nada ni en el estómago ni en las manos. No había rastro de los nervios que imaginó una y otra vez.
Acabado el concierto, se fue andando hasta la parada de arriba para no volver en un autobús repleto. Por el camino le dio siete u ocho vueltas a la conversación.
En casa marcó sin quitarse el abrigo. Elena descolgó al segundo tono. Marta habló largo y seguido. Cuando se quedó sin nada que contar, Elena no llenó el hueco ni le dijo que él se lo perdía.
—¿Y tú qué tal lo has pasado?
—Bien —dijo Marta, pensativa—. Bien, de verdad. He podido disfrutar del concierto.
—Ya. ¿Y él?
—Nada. Estaba igual. —Se sentó en el suelo de la cocina, con el abrigo puesto y el bolso todavía cruzado—. ¿Sabes? Ni siquiera lo he visto tan guapo, Elena.
Elena no dijo «pues mejor» ni «te lo dije».
—Tienes que repetirme eso.
—Que no lo he visto tan guapo.
—Otra vez.
Marta soltó una carcajada por respuesta.
Colgaron pasadas las dos. Una hora y once minutos de conversación. Marta se levantó del suelo, abrió la aplicación, entró en el menú, buscó su contacto y le bloqueó. La cara pequeña y redonda desapareció de su vista.
Se vació los bolsillos del abrigo encima de la mesa. Su mitad de la entrada estaba blanda de llevarla ahí toda la noche. Marta cogió el bolígrafo del cuenco de las llaves, le dio la vuelta al papel y buscó dónde poner el cuarenta y siete, pero ese hueco se había quedado en el contenedor de la sala de conciertos. Estuvo un rato con el bolígrafo en el aire, pensando si no era mejor quemarla en el fregadero. Finalmente lo escribió de lado, en el margen, encima de la letra impresa. Se puso el pijama, se lavó los dientes y se acostó.
Estuvo un rato mirando las fotos que la banda había colgado del concierto. Intentó no volverlo a buscar entre la gente.
El despertador sonó a las siete y media.
Este es el capítulo 2. La historia de Marta empieza en Me ha dejado y llevo semanas dándole vueltas a lo mismo.
Una historia creada por
Andrés Cardenete Montiel
Periodista y escritor · andrescardenete.com
Y a ti, ¿quién te escucha?
A Marta la ayudó una llamada de hora y pico a las dos de la mañana con alguien que no le dijo lo que tenía que hacer. Si a esa hora no tienes a quién llamar, o no quieres gastar a quien tienes, al otro lado del teléfono hay una persona real que escucha sin juzgar.
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Las preguntas de quien está cortando del todo
Marian Batle Izquierdo Psicóloga sanitaria · Colegiada n.º 01444 · marianbatle.com
¿Qué es el contacto cero?
El contacto cero consiste en interrumpir durante un tiempo la comunicación con nuestra expareja para tomar distancia después de una ruptura. Suele incluir dejar de escribir, llamar o buscar encuentros y, en algunos casos, también dejar de mirar sus redes o de preguntar por ella a otras personas.
En psicología podemos plantearlo cuando mantener el contacto está dificultando que empecemos a asumir la separación. Pensemos, por ejemplo, en una conversación que nos tranquiliza mientras dura y después nos deja pendientes del teléfono durante horas. O en esos días en los que se repite un patrón similar a este: escribimos, recibimos una respuesta, nos sentimos mejor durante un rato y enseguida aparece una nueva duda. «¿Por qué me ha contestado así?», «¿querrá seguir hablando?», «¿significa que me echa de menos?».
En una situación como esta, la distancia puede ayudarnos a romper una costumbre que se ha instalado casi sin darnos cuenta. Hasta entonces, cada vez que echábamos de menos, sentíamos ansiedad o necesitábamos saber algo, teníamos una vía muy rápida para aliviarlo: buscar a nuestro ex. Al dejar de hacerlo empezamos a enfrentarnos también a la ruptura y a todas esas preguntas cuya respuesta ya depende de otra persona.
Esto explica por qué a veces el contacto cero va más allá de los mensajes. Marta lleva veintiocho días sin escribirle, aunque cada noche entra en los grupos de reventa del concierto esperando encontrar su nombre. Formalmente siguen sin hablar. Sin embargo, ella continúa buscando información que resuelva las dudas que todavía tiene.
Las redes sociales han complicado bastante esta distancia. Podemos haber dejado de hablar con alguien y seguir sabiendo dónde ha estado, con quién ha salido, qué canción ha compartido o quién acaba de empezar a seguirle.
Muchas personas se preguntan qué pueden hacer, pero no existe una respuesta correcta. Hay quienes prefieren silenciar el perfil de su ex, mientras que otros saben que terminarán entrando en sus redes sociales varias veces al día y deciden bloquearlo durante una temporada. Tampoco todas las rupturas necesitan contacto cero. Si podemos hablar de un asunto concreto y la conversación termina ahí, quizá esa distancia tenga poco que aportar. Y cuando compartimos hijos, una vivienda o cuestiones económicas, seguiremos necesitando comunicarnos. En esos casos podemos limitar el contacto a lo necesario y evitar mezclar una conversación práctica con otra que intenta averiguar qué siente el otro.
Así que vale la pena preguntarnos ¿qué ocurre conmigo cuando vuelvo a tener contacto?
Quizás una conversación nos ayuda a resolver algo y seguimos con nuestro día. O quizás recuperamos veinte minutos de cercanía y después pasamos dos días pendientes de una respuesta. Cuando se repite lo segundo, el contacto cero puede ofrecernos un periodo en el que empezar a afrontar la ruptura sin volver continuamente a la persona de la que precisamente estamos intentando separarnos.
¿Cuánto dura el contacto cero?
No existe un plazo establecido para saber cuánto dura el contacto cero. Las recomendaciones de 21, 30, 60 o 90 días que encontramos en internet no proceden de estudios que hayan demostrado que alguno de esos periodos sea el adecuado. La revisión sistemática de Fernandes, Santos y Martins (2025), que incluye 47 estudios sobre rupturas, muestra precisamente que los procesos de adaptación tras una ruptura siguen recorridos muy diferentes entre unas personas y otras.
Así que, apuntar los días como hace Marta, puede reforzar el esfuerzo mantenido, pero dice poco sobre cómo estamos evolucionando.
Uno de los cambios más importantes tiene que ver con la incertidumbre. Al principio del contacto cero podemos sentir una necesidad casi constante de saber qué hace nuestro ex, si piensa en nosotros o si se arrepiente… Con el tiempo, algunas de esas preguntas siguen apareciendo, aunque ya se tolera mejor la ansiedad. Podemos preguntarnos «¿mi ex estará con alguien?» y, aunque nos afecte y no nos guste pensar en ello, somos capaces de continuar con nuestro día sin necesitar averiguarlo.
Durante el contacto cero también cambia la forma en la que pensamos sobre la ruptura. Una cosa es recordar lo sucedido y otra pasar horas repasando las mismas conversaciones, fechas o explicaciones con la esperanza de encontrar una respuesta nueva.
Podemos fijarnos además en cómo reaccionamos cuando sabemos algo de nuestro ex. Quizás al principio descubrir que nos ha desbloqueado altera todo nuestro día. Más adelante una noticia puede dolernos, sorprendernos o despertar curiosidad y, aun así, conseguimos volver a lo que estábamos haciendo.
Por eso, en lugar de basar el contacto cero en una cifra, podemos observar tres cambios: toleramos mejor algunas preguntas sin respuesta, dedicamos menos tiempo a darle vueltas a lo mismo y las noticias sobre nuestro ex condicionan cada vez menos lo que hacemos después.
Porque el contacto cero no tiene por qué mantenerse hasta que dejemos de echar de menos. A veces deja de ser necesario, simplemente, cuando dejamos de contar los días.
¿Qué pasa si rompo el contacto cero?
Romper el contacto cero una vez no significa que todo lo anterior haya dejado de servir.
El problema aparece cuando pensamos en términos de todo o nada y una decisión puntual termina convirtiéndose en el argumento para repetirla «total, si ya le he escrito…». Puede resultarnos mucho más útil entender qué ocurrió justo antes. Quizás era domingo por la tarde y nos sentíamos solos. Habíamos bebido, encontramos una fotografía, llegó una fecha importante o acabábamos de recibir una noticia que habríamos compartido con esa persona. También conviene fijarnos en lo que obtenemos cuando volvemos a contactar. A veces sentimos alivio nada más recibir una respuesta. Durante unos minutos recuperamos parte de lo que teníamos, dejamos de preguntarnos qué estará haciendo y volvemos a sentir que le importamos. Después puede terminar ahí o empezar otra secuencia distinta: releemos la conversación, esperamos otro mensaje o interpretamos cualquier detalle.
Por eso puede ayudarnos valorar qué es aquello que nos aporta el contacto y en qué situaciones se rompe. Si solemos escribir cuando nos sentimos especialmente solos, tendremos que atender esa soledad. Si ocurre después de beber, podemos tomar decisiones antes de llegar a ese momento. Y si las redes sociales suelen ser el primer paso, quizá nos ayude silenciarlo durante un tiempo.
Así que, si rompemos el contacto cero, podemos sustituir «he vuelto al principio» por tres preguntas mucho más útiles: ¿qué estaba sintiendo antes de contactar?, ¿qué esperaba conseguir? y, ¿cómo me quedé después?
El contacto cero con alguien que te manipulaba
A veces la gente busca «contacto cero narcisista» para referirse al contacto cero con alguien que te manipula. Pero manipulación y trastorno narcisista no tienen por qué ser lo mismo. Una persona narcisista tiene un trastorno de la personalidad y cumple con una serie de criterios diagnósticos que evalúa un psicólogo o psiquiatra. Todos los narcisistas manipulan, pero la manipulación también puede ejercerla una persona sin ese diagnóstico. Cuando decimos que una expareja nos manipulaba, podemos estar hablando de conductas muy diferentes. A veces negaba conversaciones que recordábamos perfectamente, cambiaba su versión de lo ocurrido o conseguía que una discusión sobre algo que nos había hecho terminara girando alrededor de nuestra reacción. También puede habernos responsabilizado de su comportamiento, hacernos sentir culpables por poner límites o recurrir con frecuencia a frases como «estás exagerando», «eso no pasó así» o «si reaccioné de esa manera fue por lo que tú hiciste».
Una mentira o una discusión especialmente desagradable no son suficientes para hablar de un patrón de comportamiento centrado en la manipulación. Nos preocupa más la repetición de estas conductas y el efecto que van teniendo sobre nosotros. Podemos acabar dudando de nuestra memoria, preguntándonos si realmente tenemos motivos para estar enfadados o necesitando que otras personas nos confirmen continuamente si nuestra interpretación de lo ocurrido tiene sentido.
La revisión sistemática de Adair (2025), centrada específicamente en la luz de gas dentro de situaciones de violencia de género, reunió 96 trabajos y encontró estrategias relacionadas con la manipulación de la percepción y la memoria, la culpabilización, la inversión de responsabilidades y otras formas de control. Entre las consecuencias descritas aparecen precisamente las dudas sobre la propia percepción, el malestar emocional y el aislamiento. La autora también advierte de que el término gaslighting se utiliza con demasiada facilidad y acaba confundiéndose con cualquier forma de manipulación.
Después de una ruptura así podemos encontrarnos con un problema añadido. Además de echar de menos a nuestra expareja, seguimos intentando aclarar qué ocurrió realmente. Releemos mensajes, reconstruimos discusiones o pensamos que necesitamos hablar una última vez para que reconozca algo, asuma su responsabilidad o nos dé una explicación que termine de encajar.
En estos casos, el contacto cero con alguien que te manipulaba puede proteger un espacio que antes apenas existía. Dejan de llegar nuevas explicaciones, reproches o intentos de hacernos responsables y podemos empezar a gestionar la ruptura con algo más de distancia. Quizás descubramos que habíamos normalizado comportamientos que ahora vemos de otra manera. También podemos recuperar nuestro propio criterio sobre qué límites queremos poner y qué tipo de relación queremos tener en el futuro.
Aceptar lo sucedido forma parte de ese proceso, aunque aceptar no implica justificar cómo nos trataron ni estar de acuerdo con la versión del otro. A veces consiste en asumir que quizá nunca conseguiremos que nuestra expareja reconozca lo que hizo, entienda cómo nos afectó o nos proporcione la explicación que llevamos meses buscando.
Por último, también puede pasar que durante el contacto cero echemos de menos a una persona que sentimos que nos estaba manipulando. El afecto, el deseo y la costumbre no desaparecen en cuanto reconocemos lo que ocurría. Sentir ganas de volver habla de nuestro vínculo; decidir si volvemos exige tener muy en cuenta cómo era, en realidad, esa relación.
Cuando el contacto cero te deja muy solo
Una de las dificultades del contacto cero aparece cuando empezamos a sentirnos muy solos. Durante la relación, nuestra pareja podía ser también la persona con la que hablábamos al terminar el día, hacíamos planes el fin de semana o compartíamos nuestras preocupaciones. Al cortar la comunicación, todos esos momentos quedan vacíos de golpe.
En esas circunstancias es fácil que aparezcan ganas de volver a escribir. No siempre porque queramos recuperar la relación. A veces echamos de menos tener a alguien al otro lado del teléfono, salir de casa un sábado o contar lo que nos ha ocurrido. Y nuestro ex sigue siendo la opción más conocida y accesible.
El problema es que recuperar durante un rato esa cercanía puede retrasar otras cosas que también necesitamos: volver a quedar con personas de las que nos habíamos alejado, ampliar nuestro círculo, recuperar actividades propias o empezar a construir rutinas que ya no dependan de la relación.
Quizás nos ayude concretar qué estamos echando de menos antes de volver a contactar. Si necesitamos hablar, podemos buscar conversación. Si llevamos varios fines de semana sin hacer planes, tendremos que empezar a recuperar esa parte de nuestra vida. Y si nuestra pareja se había convertido prácticamente en nuestra única fuente de apoyo, probablemente necesitemos reconstruir vínculos que durante un tiempo quedaron en segundo plano.
Esto requiere cierta paciencia. Una amistad que estamos retomando o una actividad nueva difícilmente ofrecen desde el primer día la misma intimidad que una relación de años y es probable que al inicio del contacto cero nos sintamos solos mientras empezamos a crear alternativas.
Sin embargo, aunque el contacto cero deje ese vacío a la vista, también puede ayudarnos a descubrir hasta qué punto nuestra vida había acabado concentrándose alrededor de una sola persona y qué partes necesitamos recuperar ahora.
¿Cuándo esto ya no basta?
El contacto cero puede ayudarnos a poner distancia después de una ruptura, pero hay momentos en los que deja de ser suficiente. Podemos haber conseguido mantenerlo y, aun así, sentirnos cada vez peor.
Una ruptura puede alterar durante un tiempo el sueño, el apetito, la concentración o las ganas de hacer cosas. Nos preocupa más cuando, con el paso de las semanas, estos cambios aumentan o empiezan a afectar de forma clara a nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, cuando cada vez cuesta más trabajar o estudiar, dejamos de ver a otras personas, abandonamos actividades que antes formaban parte de nuestra rutina o sentimos que necesitamos un esfuerzo enorme para cumplir con lo más básico.
También conviene pedir una valoración profesional cuando durante al menos dos semanas predominan un estado de ánimo muy bajo o una pérdida marcada del interés por casi todo, especialmente si aparecen junto a cambios importantes en el sueño o el apetito, cansancio intenso, dificultades para concentrarnos, sentimientos persistentes de culpa o inutilidad o una sensación de desesperanza que ocupa buena parte del día. Estos síntomas adquieren especial importancia cuando representan un cambio claro respecto a cómo funcionábamos antes.
En algunos casos, mantener el contacto cero puede seguir siendo una buena decisión, pero ya no basta con mantener la distancia. Necesitamos valorar qué está ocurriendo y decidir si hace falta tratamiento psicológico o atención sanitaria.
La evidencia científica sobre la escucha y el bienestar está desarrollada en La ciencia de la escucha activa.
Bibliografía del estudio
Adair, J. (2025). Defining gaslighting in gender-based violence: A mixed-methods systematic review. Trauma, Violence, & Abuse. Advance online publication. https://doi.org/10.1177/15248380251344316
Fernandes, J. G., Santos, C. M., & Martins, M. V. (2025). Psychosocial effects of romantic breakups during emerging adulthood: A systematic review. Clinical Psychology & Psychotherapy, 32(5), e70139. https://doi.org/10.1002/cpp.70139
Publicado el 18 de agosto de 2026 · Contenido revisado por Marian Batle Izquierdo, psicóloga sanitaria
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