Nadie sabe que existe, y tú no puedes contárselo a nadie
Tres años de viernes. En el móvil de él, ella se llama «Nuria Dentista»
Qué es Jirafas: una persona real al teléfono
Si llevas tiempo sintiéndote así y no quieres cargar a los tuyos, esto es Jirafas: una persona real que te escucha por teléfono, con calma y sin juzgar. No es terapia ni un servicio de urgencias: es escucha activa, con precio cerrado — 20 € los 15 minutos, 35 € la media hora, en el 930 33 27 94.
Cada jirafa es un perfil narrativo: una historia creada por Andrés Cardenete para que te reconozcas, con una persona real detrás del teléfono. La de Adela, con los viernes hasta las doce menos cuarto y el nombre falso en el móvil, es la de mucha gente que llama: gente que quiere a alguien que no puede dárselo entero y no tiene a quién contárselo.
La historia de Adela
Eran las once de la noche de un viernes de finales de octubre cuando el teléfono de Tomás, boca arriba sobre la mesilla, se iluminó con un mensaje. Se lo había enviado la propia Adela, cuando él se marchó al cuarto de baño un minuto antes, para comprobar una sospecha. En la pantalla no ponía «Adela». Ponía «Nuria Dentista».
No le hizo gracia, pero se rió. Así es como solemos esconder el conformismo. Más tarde miró a Tomás mientras dormía y pensó que era un hombre desdoblado. Su cuerpo estaba ahí, pero su vida estaba en otra casa. Ella estuvo un rato dándole vueltas, porque al dentista no se va todos los viernes. Se lo preguntó a las doce menos cuarto, mientras él buscaba los zapatos. Tomás dijo que lo del dentista era solo para el teléfono, por si su mujer se lo miraba, porque un dentista no levanta sospechas. Lo de los viernes dependía: unas veces era una cena de trabajo, otras el pádel, otras un compañero al que había que llevar al aeropuerto. Adela no dijo nada, pero le habría gustado ser al menos la misma mentira todos los viernes.
Desde aquella noche se cepillaba los dientes como una profesional. Cuando a una la llaman de un modo acaba pareciéndose al nombre; de otro modo no se entiende que haya tanta gente que se llame Dolores. Los viernes, al oír el timbre, se sorprendía poniendo cara de atender una consulta.
«Soy la otra»
En el teléfono de Adela, en cambio, Tomás figuraba con su nombre y sus dos apellidos. Venía en metro, porque pensaba que el coche acabaría delatándole. Subía los tres pisos sin ascensor con la respiración de quien llega a un sitio al que no debería llegar y se quedaba hasta las doce menos cuarto, hora en la que su cuerpo dejaba de desdoblarse. En el armario de Adela colgaba una camisa suya, azul, de vestir, que se dejó un día por descuido y que ya no se llevó nunca, de manera que en el armario había, digamos, un hombre a medias. Cuando estaba sola, Adela abría las puertas y la camisa seguía allí, con los hombros caídos, como la piel de alguien que hubiera salido un momento a por tabaco.
No se podía decir que no la cuidara. La llamaba todas las mañanas a las ocho y diez, desde el coche, para preguntarle qué tal había dormido, y en tres años no había fallado un solo día, ni en agosto, ni la mañana en que operaron a su mujer de la rodilla. Sabía el nombre de sus alumnos, el de su madre y la marca de sus pastillas para la tensión. Cambió la bombilla del pasillo, arregló la persiana del dormitorio con un destornillador que trajo en el bolsillo del abrigo y, cuando ella tuvo la gripe de febrero, se quedó sentado en el borde de la cama poniéndole la mano en la frente cada diez minutos, como si midiera algo, hasta que a las doce menos cuarto se puso el abrigo y se fue con el termómetro en la mano, sin darse cuenta, y tuvo que volver a subir los tres pisos para devolverlo. Llevaba meses insistiéndole en que se mirara una muela que le dolía con el frío; le había buscado incluso una clínica en el barrio y le había apuntado el teléfono en un papel. La quería, eso no lo discutía nadie. Era un hombre que cuidaba de todo lo que tenía.
Adela daba clases de dibujo en una escuela de artes y aquel curso le había tocado explicar la perspectiva, que es la ciencia de fingir en dos dimensiones que existe la tercera. Todo lo que hay en un cuadro, les decía a sus alumnos, converge en un punto que no está en el cuadro. Lo explicaba con la tiza en la mano y le salía bien, porque hay cosas que solo se entienden del todo cuando te están pasando. Ella era ese punto: el lugar hacia el que se inclinaban todas las líneas de la vida de él y que, sin embargo, no figuraba en ninguna parte. No estaba en las fotos, ni en las cenas de empresa, ni en la agenda, donde era una sacamuelas.
A veces flaqueaba y le pedía que, de una vez, fuera valiente y le diera su lugar.
—No es el momento, Adela —decía él.
Al principio el momento era que el pequeño terminara la primaria. Luego fue la operación de rodilla de su mujer; luego las Navidades, que en aquella casa, por lo visto, duraban hasta Semana Santa; después, un traslado de oficina que se aplazó tres veces. Con el tiempo había perdido la esperanza de cobrar aquella deuda, pero nunca renunció a ella.
—Tú eres lo único de verdad que tengo, Adela —decía también.
La quería, pero no constaba más que en su palabra. Su mujer constaba en el padrón, en la cuenta del banco, en el libro de familia. Adela era verdadera del mismo modo en que son verdaderos los sueños: nunca te acompañan cuando estás despierto.
«Todo converge en un punto que no está en el cuadro»
A la mujer la vio una vez, un sábado, en el supermercado del barrio, empujando un carro con dos niños colgados de los laterales. La reconoció por una foto que Tomás llevaba en la cartera y que Adela había mirado dos o tres veces con la sensación de hurgar en un cajón ajeno. Era una señora normal, con el pelo recogido, que comparaba los precios de dos detergentes. Adela se quedó detrás de una pila de cajas de leche con el corazón en la garganta y una idea rarísima: que la otra era ella, la del carro, la que vivía en la parte del cuadro que Adela no veía. Estuvo a punto de acercarse y decirle: soy la otra. Pero no supo cuál de las dos era en realidad la otra. Se fue sin comprar nada y sin decir ni pío.
Aquella noche, a las tres de la mañana, escribió en el buscador del teléfono «soy la otra», y el buscador, antes de que terminara, se puso a completar la frase con las de las personas que la habían escrito antes: llevo años siendo la otra, me siento culpable por ser la otra, mi amante no deja a su pareja. Eran cientos, miles. Una multitud sin sede, un país sin mapa que se reunía a esas horas en una pantalla. Adela había creído durante tres años que era la otra, con artículo determinado, y resultó que era una otra, una más, y lo que más le dolió, en fin, fue el artículo indeterminado. Lloró un rato sin hacer ruido, para no despertar a nadie, hasta que cayó en la cuenta de que en su casa no había nadie a quien despertar, y entonces lloró más alto.
Rosa daba modelado en la misma escuela y tenía unas piernas tan largas que casi no le cabían debajo de la mesa del taller, de manera que las estiraba hacia el pasillo, donde a veces tropezaba con ellas el conserje. Se presentó el viernes siguiente a las ocho con un táper de lentejas. No preguntó nada. Puso las lentejas a calentar, lavó los pinceles que llevaban una semana en el fregadero y se sentó en el suelo, porque en las sillas de Adela no le cabían las rodillas.
—¿Cuál es tu sitio, Adela? —preguntó la jirafa desde el suelo—. ¿Ese que le reclamas?
Adela pensó en un hueco del sofá, en una silla frente a él en la mesa de la cocina, en el lado izquierdo de una cama de matrimonio que nunca había visto, pero no supo qué contestar.
—Ninguno —dijo.
—Pues ya está —dijo Rosa—. Tener un amante es tener a alguien, pero ser la amante es que te tengan. A ti te tienen, Ade, como se tiene una cosa en un cajón.
—Me cuida mucho —dijo Adela—. Me llama todos los días. Está pendiente de mis cosas.
—Ya —dijo Rosa—. Pero pregúntate si te da lo que quieres tener.
Se comieron las lentejas. Adela dijo que lo quería, que lo quería tanto, y se le quebró la voz en el «tanto», que es un adverbio que aguanta poco. Rosa dijo que ya lo sabía. Que nadie había dudado de eso. Y le preguntó si también se quería «tanto» a sí misma.
Tomás no vino aquel viernes. Mandó un mensaje a las siete —«Hoy imposible, Adela, ya te contaré»— y luego nada: ni en línea, ni escribiendo, esa palabra que en el teléfono dura a veces más que la conversación. A las ocho y diez de la mañana siguiente, sin embargo, llamó como siempre para preguntarle qué tal había dormido y para recordarle lo de la muela. Adela sacó del cajón el papel con el teléfono de la clínica, que llevaba allí desde marzo, y pidió cita para el lunes a primera hora. Era lo único que él le había pedido, y también lo único que llevaba meses aplazando, como él su traslado de oficina.
Se sentó en el sillón y abrió la boca. Una desconocida con mascarilla, llamada Nuria, le fue iluminando las muelas con una lamparita. En el bolso, sobre la silla de al lado, el teléfono empezó a vibrar. El sonido parecía retumbar en el silencio.
—Ni se le ocurra cogerlo ahora —dijo la dentista.
Adela no lo cogió.
Una historia creada por
Andrés Cardenete Montiel
Periodista y escritor · andrescardenete.com
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Lo llevas en secreto, y a alguien tienes que contárselo
Adela teclea a las tres de la mañana «soy la otra» y encuentra a miles como ella, pero a ninguna puede llamar. Si tú también esperas un viernes, borras mensajes y no tienes a quién contarle esta historia, al otro lado del teléfono hay una persona real que escucha sin juzgar.
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Las preguntas de quien vive un amor a escondidas
Marian Batle Izquierdo Psicóloga sanitaria · Colegiada n.º 01444 · marianbatle.com LinkedIn de Marian Batle (se abre en una ventana nueva) Instagram de Marian Batle (se abre en una ventana nueva)
¿Cómo nos afecta una relación secreta que no podemos contar a nadie?
Tomás guarda el número de Adela en su teléfono bajo el nombre de «Nuria Dentista». Así, si su mujer alguna vez mira el móvil, no encontrará nada raro. Tienen una relación oculta y es lógico pensar que quiera mantenerla en secreto, pero ¿con quién puede hablar Adela de lo que le está pasando? Porque una cosa es ocultarle la relación a la mujer de Tomás, y otra muy distinta es no poder contársela a Rosa, su mejor amiga. La primera es una decisión sobre quién no debe saberlo. La segunda, casi siempre, no se decide, simplemente ocurre. Cuando se es amante, el silencio mantiene el secreto de la relación, pero muchas veces también se acaba generalizando a más ámbitos y se calla incluso con las personas que más nos conocen.
Es ahí donde muchas veces empieza el verdadero problema de una relación con una persona casada. Si sentimos que no podemos compartir con nadie lo que estamos haciendo, nuestro amante se convierte en el único con quien hablar de aquello que nos afecta. Es normal, conoce toda la historia, entiende el contexto, sabe qué decir para calmar. El inconveniente es que esa misma persona forma parte de lo que se está intentando entender. No es que mienta ni que manipule —puede que actúe con la mejor intención del mundo—, pero tiene algo que ganar o que perder. Y eso, aunque nadie lo haga a propósito, cambia por completo lo que se puede hablar y lo que se acaba callando.
Por qué cada vez cuesta más contarlo
En una relación secreta pueden evitarse conversaciones por miedo a que nuestros amigos o seres queridos nos juzguen, reprochen lo que estamos haciendo o nos planteen la necesidad de decidir si continuar como amantes. Callar genera, por una parte, el alivio momentáneo de no tener que dar demasiadas explicaciones y ese alivio, aunque parezca inofensivo, termina siendo el motivo por el que se mantienen en silencio muchas conversaciones.
Pero entonces, ¿cómo gestionar nuestras dudas? ¿A quién le podemos expresar la indefensión, la espera o la ansiedad que nos genera esta situación? ¿Cómo tomar una decisión sin contar con el apoyo de quienes podrían ayudarnos?
Cuando defendemos una relación secreta para no tomar decisiones
Hay un momento, en la historia de Adela, en el que su amiga Rosa describe la relación que lleva a escondidas diciendo que la tienen «guardada en un cajón». Y Adela, en lugar de quedarse con esa idea y dejarla resonar, responde recordando todo lo bueno que Tomás le da. Le habla de sus cuidados, de lo que sí funciona entre ellos.
Es una reacción muy humana. Cuando algo pone en duda una relación en la que ya hemos invertido tanto tiempo, tanto cariño y tanto secreto, lo primero que nos nace no es replantearnos si merece la pena seguir. Podemos pasar de pedir ayuda a buscar alegatos a favor de la relación. Por eso puede ser útil separar dos cuestiones que tendemos a mezclar: qué recibo de esta persona, y qué me cuesta esta relación. Tratarlas como si fueran una sola casi siempre acaba dejando fuera la segunda, que suele ser justo la que más falta hacía escuchar.
¿A quién le contamos nuestra relación oculta?
Cuando estamos en una relación secreta, necesitamos a alguien con quien poder expresarnos sin que se invalide ni juzgue lo que sentimos. Pensemos en el viernes en que Tomás cancela la visita sin previo aviso. Contar qué había planeado Adela para esa tarde, qué hizo al leer el mensaje, qué habría necesitado en ese instante, dice mucho más que cualquier resumen general sobre si la relación «va bien» o «va mal». Y algo más importante todavía, al ponerle palabras se es consciente de todo aquello que tenemos que hacer para adaptarnos a la dinámica que ha elegido la otra persona. Reservar toda la tarde libre. Decir que no a otro plan. Quedarse disponible por si acaso. Aunque expresarlas no resuelva si seguir o no seguir con la relación a escondidas, compartirlas nos hace sentir menos solas y con la sensación de tener, otra vez, más capacidad para manejar lo que está pasando.
Después de una conversación así, es muy posible que las ganas de ver a Tomás el próximo viernes sigan siendo las mismas. O puede que Adela decida reservarse un plan propio, y tener a Rosa a quien llamar si esa noche necesita compañía.
Estoy enamorada de un hombre casado. ¿Qué puedo esperar de esta relación?
Cuando mantenemos una relación con un hombre casado, existe una asimetría desde el primer día. Su vida tiene unas prioridades diferentes a las nuestras y se espera que nos adaptemos a ellas, casi nunca al revés. Adela lo vivió así durante años. Su amante tenía pareja, por lo que iba encontrando huecos entre su matrimonio y su trabajo. Ella aprendió a reservar tardes enteras a la espera de una confirmación que podía llegar o no llegar. Ahí, en esa asimetría, se esconde una de las claves para entender la dinámica que se establece, quién cede su agenda y quién la protege. Ocurre también con lo que sabemos del otro. Solemos conocer su mundo a través de los fragmentos que decide compartir. Ser pareja implica formar parte de sus planes, de sus decisiones, de su relato ante los demás. Adela está enamorada de un hombre casado, puede que ella sienta que es su pareja, pero sus citas dependen de excusas y de que no se entere su mujer.
A pesar de ello, el amor puede ser verdadero y mantenerse en el tiempo. Tomás llamaba a Adela cada mañana a las 8:10, tenía en cuenta sus preocupaciones, y la cuidó mientras estaba con gripe. Son gestos que alimentan la sensación de ser importante para alguien. Y, sin embargo, el mismo hombre que la cuidaba se marchaba puntualmente a las doce menos cuarto, incluso estando ella enferma. La regularidad del cariño convivía, cada día, con la de una hora límite marcada por obligaciones que pertenecían a otra casa. Ambas caras forman parte del mismo vínculo. Que Tomás llame cada día a Adela, demuestra constancia afectiva y que ella ocupa un lugar real en su vida emocional. Lo que no puede probar es una intención de futuro. Por eso, más muestras de cariño aumentan nuestra certeza sobre sus sentimientos, pero no sobre el compromiso que ha decidido mantener o aquello que representamos en su día a día. A menudo confundimos la intensidad emocional con la dirección del proyecto, y buscamos en la primera la seguridad que solo la segunda podría ofrecernos.
Mientras Adela espera enamorada de un hombre casado, está cediendo su tiempo, es por ello que vacía la agenda del viernes por si puede darse un encuentro. Y cuando finalmente está con él, prefiere disfrutar del tiempo antes que abrir una conversación sobre su futuro. Cada una de estas decisiones tiene sentido tomada por separado. Repetida semana tras semana, construye una vida entera organizada alrededor de la disponibilidad de una persona que ya tiene otra pareja, con dinámicas que apenas podemos negociar.
En la historia de Adela, primero había que esperar a que el hijo pequeño de Tomás terminara primaria. Después llegó una operación médica, luego las Navidades, después una mudanza laboral. La pregunta que nos permite entender esta secuencia no tiene que ver con cada uno de los motivos por separado sino en si se avanza hacia algún punto de verdad.
Es probable que Tomás, el hombre que vive esta doble vida sienta un conflicto genuino. Puede desear de verdad construir algo con su amante y temer al mismo tiempo perder el contacto diario con sus hijos, o enfrentarse a una situación económica muy distinta a la actual. Separarse de su mujer compromete también la identidad familiar que ha construido. Postergar la decisión le permite evitar esas pérdidas mientras conserva ambas relaciones intactas. El sufrimiento que dice sentir y el beneficio real de seguir aplazando conviven sin contradicción, la situación le pesa de verdad, y aun así, posponerla le evita enfrentar consecuencias que todavía no está preparado para asumir.
Para saber qué esperar de esta relación conviene distinguir tres planos que solemos mezclar: el deseo, la decisión y la acción posterior. «Quiero estar contigo» expresa que ese futuro le resulta deseable, nada más. Podemos desear algo con total sinceridad y seguir sin estar dispuestos a pagar el precio que ese deseo exige. «He decidido separarme de mi mujer» ya comunica una intención que merece ser tomada en serio, aunque solo el paso del tiempo revelará si esa intención se traduce en hechos.
Un proceso real de separación se reconoce por una cadena de actos coherentes entre sí. Se comunica la ruptura, se resuelven sus consecuencias prácticas y el día a día empieza efectivamente a cambiar. Una primera conversación puede abrir ese camino, pero son las decisiones que vienen después las que confirman si el camino continúa. Merece la pena observar qué ocurre cuando aparecen dificultades, si se sigue avanzando o si todo vuelve a quedar en suspenso como si nada se hubiera movido.
Cuando una persona casada decide separarse para iniciar una relación con su amante, se abren posibilidades de un futuro distinto, pero el tránsito no es fácil. Aun así, conviene no confundir dos procesos distintos, terminar un matrimonio y construir una pareja nueva no ocurren al mismo tiempo ni por el mismo camino. Convivir exige acuerdos y formas de resolver que los encuentros clandestinos, por intensos que hayan sido, casi nunca han puesto a prueba.
Si de verdad queremos saber qué esperar de un hombre casado o de una mujer casada, necesitamos mirar la trayectoria completa y no solo el momento presente. Cuando pasan los años, las condiciones se repiten una tras otra y las acciones prometidas siguen sin llegar, tenemos más motivos para anticipar un patrón en el que todo sigue más o menos igual. El amor puede haber sido real durante todo ese tiempo, pero el futuro solo empieza a tener una base real cuando las decisiones anunciadas comienzan a transformar, de manera estable y objetiva, cómo vivimos y qué somos capaces de compartir.
Soy la otra: ¿cómo influye ser la amante en mi autoconcepto?
Cuando decimos «soy la otra», quizá estemos nombrando una relación que permanece oculta o expresando la convicción de que nunca seremos elegidas del todo. Pero ser su amante también puede responder a una elección o representar un tipo de relación en el que nos sentimos especiales. Podemos pensar que si él arriesga su matrimonio por nosotras, debe querernos más. Así, aunque utilicemos las mismas palabras, el significado de lo que representa «ser la otra» cambia en función de cada persona y por tanto, afecta de forma muy diferente sobre nuestra manera de vernos. Un encuentro puede parecernos una prueba de cuánto nos desea o puede recordarnos todo aquello que no podemos hacer públicamente.
Una manera de entenderlo mejor es preguntarnos ¿qué significa para mí, ser «la otra»? Algunas pensaremos «que tengo una relación oculta», otras «que siempre seré la segunda», «que ha sido capaz de engañar a su mujer por mí», etc. Existen tantas interpretaciones como historias, más allá de los estereotipos o del estigma social que se ha construido sobre la condición de amante. Si inferimos que por ser la otra «ella vale más que yo», añadimos una comparación; si lo relacionamos con «que soy una mujer sin dignidad», juzgamos quiénes somos. También «que él me quiere más porque arriesga mucho para verme» atribuye un significado a su conducta.
Una vez sabemos lo que significa «ser la otra» para nosotras, podemos profundizar un poco más, ya que al estar con una persona casada, su pareja se convierte en una referencia desde la que nos evaluamos «¿qué tiene ella que yo no tenga?» Es común que focalicemos la atención en aquello que nos falta o en posibles defectos. En ellos vemos la oportunidad de intervenir para que cambie nuestra situación. Si él no se atreve a dejar a su mujer por mi carácter, pienso que si no me enfado ni exijo tanto, quizás me elija. Quizá pensemos que lo entendemos mejor o que existe más conexión sexual; pero, si la situación continúa igual, reaparece la pregunta de qué otra cosa nos falta. De ahí que ser «la elegida» llegue a representar mucho más que conseguir la relación que deseamos.
Me siento culpable por ser la otra
El fenómeno de «ser la otra» ya no ocurre en el mismo escenario que hace veinte años. Hoy existen aplicaciones diseñadas explícitamente para que personas casadas contacten con otras personas dispuestas a mantener un encuentro fuera de su relación. Plataformas de citas para infieles, perfiles que se anuncian abiertamente como «casado busca aventura», comunidades enteras construidas alrededor de la discreción y el encuentro extramatrimonial. «Ser la otra» ya no es solo un accidente sentimental que se da sin poder evitarlo. Para muchas personas, es el resultado de haber entrado, con distintos grados de conciencia, en un espacio social explícitamente diseñado para eso.
Esta diferencia puede determinar cómo se vive después. No es lo mismo enamorarse de alguien y descubrir más tarde que tenía pareja, que abrir una aplicación sabiendo de entrada que ahí solo hay personas casadas buscando algo fuera de su matrimonio. Ambas situaciones pueden resumirse de la misma forma —«soy la amante de un hombre casado»— pero la historia que hay detrás, y por tanto la emoción que se siente, son distintas.
Si descubrimos que tiene pareja después, la emoción dominante suele ser la sorpresa mezclada con la sensación de haber sido engañada: nos contaron una historia que no era real, y actuamos sin tener toda la información. Ahí aparece algo parecido a la indignación, incluso al duelo por una relación que creíamos que era otra cosa.
Cuando, en cambio, se sabe desde el primer mensaje que la otra persona está casada, la emoción suele ser diferente. Ya no hay sorpresa pero sí podemos preguntarnos qué buscábamos exactamente al entrar ahí: ¿compañía?, ¿sentirnos validadas?, ¿generar deseo?, ¿coquetear?… Y junto a esa pregunta, casi siempre, la incertidumbre de no saber qué lugar ocupamos realmente para la otra persona.
Lo que tienen en común ambas situaciones es la mezcla de emociones contradictorias: el deseo de ser elegida y la conciencia de que esa elección probablemente nunca llegue del todo; la satisfacción de un vínculo que aporta algo y, al mismo tiempo, la sensación de estar en un terreno que no funciona con reglas claras. Esta ambivalencia no es una señal de que algo está mal en quien la siente; es, sencillamente, lo que ocurre cuando una relación se construye sobre una estructura pensada para funcionar en la sombra, diseñada para que un mensaje pueda mandarse sin dejar rastro y para que un encuentro pueda organizarse sin comprometer la vida que la otra persona mantiene fuera de nuestra relación.
¿Por qué mi amante no deja a su pareja aunque diga que me quiere?
Existe una creencia en las relaciones secretas. Cuando estamos con una persona casada podemos pensar que si cumplimos con lo que se espera de nosotras, el resultado llegará. Es la misma lógica que aplicamos, con razón, a casi todo lo demás en la vida —estudiar más para aprobar, cuidar más una amistad para que dure—, y por eso nos resulta tan natural aplicarla también aquí. El problema es que esta vez la lógica está mal calibrada, porque se activa una creencia relacionada con la autoeficacia (la confianza en que nuestro esfuerzo produce el resultado que buscamos) sobre un terreno que depende de la decisión de otra persona, no de nuestra actuación. Cuando el esfuerzo no obtiene el resultado esperado, en lugar de cuestionar la creencia, tendemos a cuestionar la cantidad o la calidad del esfuerzo. Ahí empieza el bucle.
Este bucle se mantiene, además, sobre un error de atribución que consiste en buscar en nuestro comportamiento la causa de que él no se separe. Es una atribución psicológicamente comprensible (nos da algo sobre lo que actuar, y eso alivia la angustia de no tener control) pero suele ser incorrecta. Que una persona casada mantenga su relación depende de un conjunto de factores que le pertenecen a ella: su propio balance de costes y beneficios, su tolerancia al conflicto, su nivel de compromiso, incluso su relación con la culpa. Nuestra conducta puede influir, pero no determina su decisión. Y es cuando confundimos «influyo» con «controlo» cuando conectamos con la sensación de que siempre hay algo más que podríamos hacer.
Cuando él dice «quiero seguir contigo», es muy probable que cada uno de nosotros atribuya unas expectativas diferentes. Para nosotras, «seguir juntos» puede significar el inicio de un proyecto compartido, con reconocimiento social y convivencia. Para él, puede significar que seguimos viéndonos, sin las pérdidas que implicaría separarse. La frase coincide; el referente no. Esta falta de correspondencia no suele resolverse hablando más de sentimientos, porque no es un problema afectivo, es un desacuerdo sobre el objeto del compromiso, que el amor no logra disolver por sí solo.
Aquí es donde conviene diferenciar qué ha comprendido él de nuestra necesidad y qué está dispuesto a ofrecer. Son dos cosas distintas y merecen respuestas por separado. Puede haber comprendido perfectamente que queremos convivir, validar ese deseo, mostrarse afectado por nuestro malestar y sin embargo, seguir eligiendo una relación oculta. Cuando el malestar se atiende pero la propuesta de fondo no cambia, no estamos ante un problema de comunicación que una conversación más clara pueda resolver. Estamos ante dos preferencias incompatibles.
El mecanismo que mantiene viva la esperanza es el refuerzo intermitente. Cuando una recompensa (un gesto de cercanía, una promesa, una noche especialmente buena) llega de forma impredecible, genera una expectativa más resistente a la extinción que si llegara de forma constante. Cada mejora puntual —una discusión que se resuelve mejor, un encuentro más cercano— funciona como ese refuerzo intermitente: no confirma el objetivo final, pero reactiva con fuerza la creencia de que el esfuerzo está funcionando.
Y es exactamente ahí donde interviene la disonancia cognitiva. Llevamos meses invirtiendo tiempo, deseo y paciencia. Aceptar que ese esfuerzo puede no estar acercándonos al resultado que buscamos genera una tensión psicológica considerable entre lo que hemos invertido y lo que parece que vamos a obtener. Una de las formas más habituales de reducir esa tensión es reinterpretar la situación para que el esfuerzo siga pareciendo justificado: «si he llegado hasta aquí, es porque algo está avanzando». Esta reinterpretación es un mecanismo psicológico universal para reducir la disonancia entre inversión y resultado, y reconocerlo como tal, en lugar de como un fallo personal, es el primer paso para poder cuestionarlo.
Todo esto nos lleva a una pregunta: de todo lo que estoy haciendo o cambiando, ¿qué parte pertenece realmente a mi locus de control, y qué parte pertenece al suyo? Podemos decidir con qué condiciones aceptamos participar en esta relación, cómo comunicamos el desacuerdo, qué compromisos negociamos entre los dos. Eso nos pertenece. Lo que no nos pertenece, es la decisión de que nuestro amante termine su otra relación.
Cómo dejar de ser la otra y romper con mi amante
Decidimos romper la relación con nuestro amante un jueves y el sábado, a las ocho y diez de la mañana, sentimos el impulso de contactar de nuevo con él. Durante meses esa hora significó algo, y el cuerpo no ha leído todavía la carta de renuncia que ha firmado nuestra cabeza. Esta reacción nos desconcierta porque pensamos que una decisión viene acompañada de una emoción coherente con aquello que hemos elegido, y cuando no es así dudamos de haber hecho lo correcto. Por eso, cuando nos pasa por la mente un «quizá me he equivocado», conviene resistir la tentación y separar dos historias que se presentan disfrazadas la una de la otra. Una es: quiero dejar de ser «la otra» y por eso rompo mi relación con una persona que tiene pareja. La otra: acaba de pasarme algo, siento que le quiero y que necesito hablar con él. No son excluyentes. El amor es algo que sentimos. La decisión es algo que elegimos, a partir de lo que, para nosotras, es importante. Y aquí aparece el mecanismo que de verdad nos enreda: cuando se interpreta el amor como «lo amo, luego debería seguir con él» o «lo amo, luego me he equivocado al dejarlo».
Separarse de ese pensamiento implica observar cuánto le amamos desde un lugar algo más amplio, notar «estoy sintiendo que lo echo de menos» en vez de fusionarnos por completo en «lo echo de menos, así que tengo que llamarlo». Esa capacidad de mirar lo que sentimos sin convertirnos en ello tiene un nombre y es, probablemente, la herramienta más útil de todo este proceso. Nos permite integrar la posibilidad de querer a nuestro amante y de poder decidir no estar con él a pesar de lo que sentimos. No hace falta que la emoción baje de intensidad para que esto funcione. Hace falta, simplemente, dejar de creer que todo lo que pensamos es cierto al 100%.
Y aquí conviene ser precisas con otra palabra que se usa mal con demasiada frecuencia: aceptación. Aceptar que esta relación seguirá siendo secreta, que no hay ningún indicio real de que él vaya a dejar a su mujer. Aceptar no significa resignarse ni mantenernos en una historia que en el fondo seguimos deseando cambiar. Significa dejar de gastar la energía en pelearnos con lo que sentimos —intentando no amarlo, intentando convencernos de que en realidad no nos afecta, intentando que el deseo desaparezca— para poder dedicar esa energía a lo que sí depende de nosotras: actuar según lo que nos importa, aunque la emoción de este momento diga otra cosa. Aceptar es dejar de resistirnos a lo que sentimos. No es dejar de querer que las cosas sean distintas.
Para saber hacia dónde actuar, hace falta preguntarnos qué representa para nosotras, en concreto, estar en pareja. No en abstracto, sino con precisión: ¿necesitamos que nos quieran delante de los demás? ¿Necesitamos poder contar con alguien en el día a día, no solo en los ratos que él puede ofrecernos? ¿Necesitamos construir algo que se pueda nombrar sin escondernos? Clarificar lo que nos importa nos ayuda a entender la decisión de haber dejado a nuestro amante cada vez que dudamos. Y frente a esa claridad, toca preguntarnos también si ha cambiado algo en los motivos que nos llevaron a terminar, o si la relación sigue exactamente donde estaba.
El duelo en las relaciones secretas, es muy complejo puesto que, en muchos casos, decidimos antes de haber dejado de sentir. Por eso sostener esta ruptura es tan difícil. Sentir cuánto le queremos no es una prueba de que fallamos, sino de que estamos haciendo lo más difícil que existe: actuar según lo que nos importa aunque le sigamos amando.
Por eso, si volvemos a escribir o a quedar con nuestro amante, no hace falta condenarnos con la palabra recaída ni concluir que somos incapaces de sostener nada. Vale más mirar el episodio de cerca: qué pasaba justo antes, qué esperábamos sacar de ese contacto, qué sacamos realmente, qué vino después. Queda, al final, una pérdida que casi nadie sabe que hemos sufrido. La fecha que para nosotras significaba algo pasa como un martes cualquiera para el resto del mundo. Quien conoce la historia puede pensar que solo deberíamos sentir alivio, o soltarnos aquello de «ya sabías dónde te metías al liarte con un casado» y a veces terminamos repitiéndonoslo nosotras mismas, como si haber tomado la decisión de romper nos quitara el derecho a que doliera. Frente a esto no basta con contárselo a cualquiera. Ayuda más pensar qué parte de esta pérdida necesitamos compartir, qué persona sabrá escucharnos sin invalidar lo que sentimos o juzgar la relación que hemos mantenido. Sea como sea, recuerda que se puede echar de menos lo que se decidió perder. Se pueden recordar momentos buenos sin que eso obligue a reconstruir nada. Se puede sentir alivio y tristeza en la misma semana, y ninguna de las dos emociones necesita cancelar a la otra para ser verdadera.
La evidencia científica sobre la escucha y el bienestar está desarrollada en La ciencia de la escucha activa.
Publicado el 8 de octubre de 2026 · Revisado por Marian Batle Izquierdo, psicóloga sanitaria, el 8 de octubre de 2026
Si esta noche vuelves a mirar si está en línea y no tienes a nadie a quien contarle por qué, no te quedes a solas con el secreto.
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