Personas reales · Escucha activa por teléfono
Jirafas
Sofía, la jirafa que te escucha si crees que estás con una pareja narcisista o sufres love bombing
Relación tóxica / narcisismo Sofía

Cuando la persona que quieres te deja peor de lo que estabas

Cuatro veces se ha ido. Tres ha vuelto. Y el teléfono acaba de sonar

Una relación puede hacer daño sin gritos y sin golpes: con silencios de días, con culpas que caen siempre del mismo lado, con idas y vueltas que dejan a una persona dudando de su propia memoria. Eso tiene nombre —relación tóxica— y a veces detrás hay una pareja narcisista. En esta página lo contamos de dos maneras: con la historia de Sofía y con las respuestas de Marian Batle, psicóloga sanitaria, a las preguntas que se hace quien lo está viviendo.
El servicio

Qué es Jirafas: una persona real al teléfono

Si llevas tiempo sintiéndote así y no quieres cargar a los tuyos, esto es Jirafas: una persona real que te escucha por teléfono, con calma y sin juzgar. No es terapia ni un servicio de urgencias: es escucha activa, con precio cerrado — 20 € los 15 minutos, 35 € la media hora, en el 930 33 27 94.

Cada jirafa es un perfil narrativo: una historia creada por Andrés Cardenete para que te reconozcas, con una persona real detrás del teléfono. La de Sofía, con el teléfono vibrando y el pulgar en el aire, es la de mucha gente que llama.

Una historia de Jirafas

La historia de Sofía

Ordenó el armario por enésima vez. Sofía llevaba cinco días abriéndolo cada mañana como se abre la puerta del cuarto de un enfermo. Las tardes, a esa hora en la que la luz empieza a desvanecerse, eran peores. Imposibles. Regaba las plantas que no lo necesitaban o limpiaba la vitrocerámica limpia. Todo menos sentarse y pensar. Pensar era echar de menos. Era imaginarlo a él recorriendo el pasillo hacia la salida, con la maleta que había hecho mientras ella dormía. El haberse ido con sigilo y sin decir nada fue lo que más le dolió. «Me agotas, Sofía», había dicho aquella noche antes de que ella se fuera a la cama. Pensar era torturarse con la idea de que tal vez ella era una persona difícil de soportar; con que quizás también era cierto que había exagerado. Una vez más.

Pensar era rememorar su sentencia desde el sofá: «Nadie te va a querer jamás como yo, Sofía». La promesa feliz de las primeras semanas convertida en amenaza.

Julia llegó a las ocho. Cruzó la entrada de la casa con esas extremidades tan largas que le hacían parecer una jirafa. Habló de la ansiedad que le daba viajar en autobús y de un perro precioso que había visto atado delante de la frutería. Se dispuso a preparar la cena y decorar la mesa como si estuviera en su casa y le pidió a Sofía que, mientras tanto, subiera a darse una ducha y ponerse algo bonito.

Mientras el agua golpeaba con delicadeza su piel, Sofía cayó en la cuenta de que llevaba cinco días sin salir ni oír su propio nombre en voz alta.

«Él no es mala persona»

No quería contarlo empezando por el final, porque el final lo hacía parecer peor de lo que era —eso pensó, y el pensamiento le duró lo que tardó en empezar a hablar—; así que se fue al principio para no tener que defenderlo.

Julia asintió, sirvió más vino y escuchó con atención. Le pareció que Sofía había entrado en la historia igual que se entra en un estanque de agua helada, como si quisiera ganarle terreno a la vergüenza.

La primera discusión fue en marzo, cumplido ya el año. Antes de marcharse hubo una semana de castigo: contestaba a todo como el conserje de un hotel y se acostaba después que ella para no coincidir. Si ella preguntaba qué pasaba, no pasaba nada. Aquello era peor que un portazo. «El muro de hielo», lo llamaba ella. Pero «no pasaba nada» y ella no era capaz de distinguir si se lo estaba inventando todo. Fue la primera vez que él hizo la maleta porque «necesitaba respirar», y también entonces la culpa había sido de ella por agobiarlo. En dos largas semanas de llantos y lamentaciones no hubo ni una palabra. A la tercera semana recibió un ramo de flores en el trabajo y una carta escrita a mano. Se alegró de que él hubiera sido capaz de perdonarla. Lo que siguió fue —se lo contó así a Julia— el mejor mes de los dos años de relación. Volvieron a ser los de antes.

Sofía se inclinó a pensar que la pasión y el amor tienen estos sobresaltos la siguiente vez que él se marchó de casa. Esta vez la ausencia duró menos, pero el patrón se repitió. Un muro de hielo y diez días de silencio. La decepción esta vez había sido un encuentro fortuito con su primer amor del instituto en el supermercado.

Desde entonces Sofía contaba las alegrías a medias. Había aprendido a reflexionar dos veces antes de hablar, antes de aceptar un plan con las amigas, antes de saludar según a quién. No quería decepcionarle porque él no se merecía sufrir. Volvió a los cinco días con un soneto tan bien escrito que ella ya se lo había aprendido de memoria antes de abrirle la puerta por tercera vez.

Julia dejó el tenedor y contó con los dedos, despacio, como quien repasa una lista de la compra:

Julia no dejó que Sofía replicara antes de contarle que lo que le pasaba tenía nombre. Que no había querido meterse, pero que ya no podía quedarse al margen más. Fue poniendo encima del mantel una a una, con cuidado, las esquirlas del espejo de su relación.

Julia no le discutió. Tampoco le pidió que hiciera nada con todo aquello.

Julia se marchó pasadas las doce tras un abrazo largo, de los que recolocan. Desde el descansillo, mientras bajaba las escaleras con esas piernas tan largas y delgadas dejó una petición antes de perderse calle abajo.

Esa noche, cuando se quedó sola en casa, Sofía entró en el buscador y tecleó por primera vez:

«Mi pareja me hace dudar de mí»
«Mi pareja me confunde»

No iba a ser la última vez que hiciera aquel ejercicio.

«Pues vas a tener que sumar una cuarta»

Sofía reordenó el armario a la mañana siguiente. Por la tarde, regó las plantas que no lo necesitaban y limpió la vitrocerámica que Julia había dejado como un espejo la noche anterior. El reflejo de la luz del día languidecía por las ventanas y no le apetecía sentarse y pensar. Pero el teléfono se iluminó sobre la encimera. En la pantalla estaba el nombre de él.

Sofía se quedó con la bayeta en la mano. El teléfono seguía vibrando contra la madera, girando un poco, y le vinieron todas las frases y experiencias que había leído la noche anterior y que no había querido seguir leyendo: mi pareja me hace dudar de mí; mi pareja me confunde; mi pareja me culpa de todo; mi pareja me hace sentir culpable; frases escritas para cualquiera, para miles, y que aun así parecían escritas por alguien que hubiera vivido frente a su muro de hielo. ¿Y si Julia tenía razón? Sabes que tienes que irte y no te vas. ¿Se habría montado una película por culpa de Julia? «Nadie te va a querer jamás como yo». El teléfono dejó de vibrar y la pantalla se apagó. No tardó más de 30 segundos en volver a vibrar de nuevo. Otra vez su nombre. Sofía miró el botón de descolgar y el de cortar la llamada y levantó el pulgar sobre la pantalla.

Andrés Cardenete Montiel, periodista y escritor, autor de la historia de Sofía Una historia creada por Andrés Cardenete Montiel Periodista y escritor · andrescardenete.com LinkedIn de Andrés Cardenete (se abre en una ventana nueva) Instagram de Andrés Cardenete (se abre en una ventana nueva)

Al otro lado del teléfono

Y tú, ¿tienes una Julia?

Sofía tiene a Julia: alguien que escucha, que pone nombre a las cosas y que no le dice lo que tiene que hacer. Si tú estás en un bucle parecido y no quieres cargar a los tuyos —o ya no sabes cómo contarlo—, al otro lado del teléfono hay una persona real que escucha sin juzgar.

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La base psicológica

Las preguntas de quien vive una relación tóxica

¿Qué es una relación tóxica?

Cuando hablamos de una relación tóxica, nos referimos a una relación que empieza a funcionar a costa de algo importante para uno de los dos: su tranquilidad, su autonomía, sus relaciones con otras personas o incluso la confianza en su propio criterio. La clave no está en cuánto discutimos, sino en lo que vamos haciendo para conseguir que la relación siga funcionando.

Podemos enfadarnos mucho con nuestra pareja, atravesar una época difícil o cometer errores y continuar teniendo una relación en la que ambos conservamos espacio para hablar, discrepar, rectificar y poner límites. Sin embargo, en una relación tóxica, ese margen suele ir estrechándose y la persona acaba con miedo a expresar todo lo que piensa, renunciando a determinadas personas o actividades que eran importantes para ella y pendiente de las reacciones de su pareja.

Si nos fijamos en la historia de Sofía vemos algo así. Antes aceptaba un plan con sus amigas y después se lo contaba a su pareja. Con el tiempo empieza a pensar primero cómo se lo tomará. También se fija más en a quién saluda o en qué cosas merece la pena contar. Aunque no haya habido ninguna norma explícita en la que su pareja le haya dicho «no puedes hacerlo», Sofía ha aprendido, después de varias experiencias, que algunas decisiones van seguidas de consecuencias (días en los que él está distante, discusiones o una nueva marcha de casa).

En este tipo de dinámicas, no solemos despertarnos una mañana pensando «estoy en una relación tóxica». Lo habitual es que vayamos justificando cada episodio por separado. «Estaba muy enfadado». «Esta vez yo también tuve parte de culpa». «Está pasando una mala época». «Cuando estamos bien, estamos fenomenal». Todas esas explicaciones pueden contener una parte de verdad y, al mismo tiempo, impedirnos ver lo que ocurre cuando observamos cómo funciona la relación con más perspectiva.

«Relación tóxica» tampoco es un diagnóstico psicológico. Describe una dinámica, es decir, una forma de relación, no una clase de persona, por lo que para saber si una relación nos está haciendo daño no necesitamos demostrar primero que nuestra pareja «es tóxica».

A veces basta con preguntarnos: ¿cómo era yo al empezar esta relación y cuánto he tenido que cambiar para poder estar bien dentro de ella?

¿Cuáles son las señales de una relación tóxica?

La expresión «relación tóxica» se utiliza para situaciones muy distintas. Puede describir un vínculo desgastado, una convivencia llena de hostilidad o una dinámica de abuso psicológico. Pero si lo que queremos es saber qué está ocurriendo, no basta con resumir la dinámica en una lista de comportamientos, la clave está en valorar la función que esos comportamientos ocupan en la relación.

Por ejemplo, muchas personas pueden sentir celos y eso no significa necesariamente que estén en una relación tóxica. Algunas pueden intentar gestionar su inseguridad sin que eso afecte a la relación, mientras que otras personas justifican, en base a esos celos, conductas de control, como interrogar, vigilar, imponer restricciones o tomar represalias.

Algo parecido ocurre con el silencio. Una persona puede necesitar distancia después de una discusión. Otra, retira la palabra durante días para castigar, generar incertidumbre o conseguir que el otro termine cediendo. El mismo criterio sirve para interpretar las críticas, las exigencias, el control del dinero o los intentos de apartar a la pareja de familiares y amistades: más que la conducta aislada, lo que necesitamos es observar qué efecto acaba teniendo sobre la libertad para decidir y actuar.

Así que, en lugar de redactar la típica lista de comportamientos titulada «señales de una relación tóxica», vamos a dejarte una serie de preguntas que sí pueden ayudarte a reconocer las señales de una relación tóxica.

1- ¿Las reglas se aplican por igual?

Quizá tu pareja considera una invasión que preguntes dónde ha estado, mientras exige conocer tus horarios, revisar tus conversaciones o decidir con quién te relacionas.

2- ¿Qué ocurre después de un desacuerdo?

En algunas relaciones, el conflicto queda circunscrito al asunto que lo provocó. En otras, aparecen amenazas de ruptura, humillaciones, retirada prolongada de afecto, destrucción de objetos, exposición de información íntima o presión económica.

3- ¿Hasta dónde ha llegado el cambio?

Un problema que empezó afectando a las discusiones puede acabar condicionando tu ropa, tus amistades, el trabajo, el descanso, el sexo, el uso del teléfono o la forma en que administras tu dinero.

4- ¿Quién acaba reorganizando su conducta?

Dos personas pueden discutir con frecuencia, pero la dinámica es desigual si una de ellas es la que casi siempre se molesta y la otra la que modifica progresivamente su vida para prevenirlo.

Para describir lo que vives, sustituye una etiqueta general por una frase que contenga hechos y consecuencias. «Hace seis meses que ya no hago planes con mis amigas porque después pasa varios días sin dirigirme la palabra» da mucha más información que «creo que tengo una relación tóxica».

¿Cómo saber si mi pareja es narcisista?

Es importante tener en cuenta que diagnosticar un trastorno narcisista de la personalidad implica una valoración por parte de un profesional de la salud mental (psicólogo o psiquiatra) y exige evaluar directamente a esa persona, conocer su trayectoria y estudiar cómo funciona en distintos ámbitos de su vida. Sin embargo, eso no quita que, desde fuera podamos reconocer rasgos narcisistas.

Llamamos rasgos narcisistas a tendencias que todos podemos mostrar en diferente grado: deseo de reconocimiento, dificultad para encajar una crítica, preocupación por la propia imagen o expectativa de recibir un trato especial. La intensidad, la rigidez e interferencia de estos comportamientos es lo que marcará la diferencia, por lo que no basta con tener alguno de estos rasgos para ser una «pareja narcisista».

El funcionamiento narcisista describe algo más complejo. Para una persona narcisista, la autoestima depende en gran medida de sentirse admirada, excepcional o superior. La pareja corre el riesgo de quedar reducida a una función: confirmar el valor del otro, celebrar sus logros, evitar aquello que pueda incomodarle y relegar sus propias necesidades cuando compiten con las suyas. El problema clínico reside en la escasa reciprocidad y en la dificultad para mantener una visión completa de la pareja cuando deja de proporcionar reconocimiento.

La investigación suele distinguir entre narcisismo grandioso y vulnerable. El primero se expresa mediante seguridad exagerada, protagonismo, dominio o sensación de privilegio. El segundo incluye hipersensibilidad, resentimiento, vergüenza y una intensa preocupación por ser menospreciado. Son dimensiones utilizadas para estudiar los rasgos narcisistas, no dos diagnósticos oficiales separados.

Cuáles son las características de una persona narcisista

Como hemos comentado en el párrafo anterior, las características de una persona narcisista no se centran únicamente en comportamientos, sino en patrones. Lo primero que evaluaría un profesional es si ese modo de funcionar lleva años presente y aparece en varias relaciones, en el trabajo, con la familia y en la vida social. Interesa conocer hasta qué punto la persona necesita admiración, espera concesiones especiales, utiliza a los demás, responde ante la crítica y reconoce que otras personas poseen deseos y perspectivas propios.

El tema de la empatía en las personas narcisistas es complejo. Alguien puede comprender intelectualmente qué siente su pareja y mostrar poca disposición a tenerlo en cuenta cuando entra en conflicto con sus intereses. Otras personas captan peor las señales emocionales, pero se esfuerzan por escuchar y corregir errores. Es por eso que describir ambas situaciones como «falta de empatía» deja de lado muchos matices importantes al analizar la dinámica.

El profesional estudiaría, además, la repercusión de estos rasgos, su estabilidad y otras explicaciones posibles. Un periodo de euforia, el consumo de sustancias, una crisis vital, determinadas experiencias de aprendizaje o diversas dificultades psicológicas pueden producir conductas que, contempladas de forma aislada, parecen rasgos narcisistas.

La información de la pareja ayuda a conocer cómo se vive la relación. Aporta ejemplos, consecuencias y una perspectiva imprescindible. Aun así, quien consulta conoce sobre todo el comportamiento de esa persona dentro del vínculo, mientras que el diagnóstico exige explorar un funcionamiento más extenso.

Mi pareja me hace dudar de mí: ¿puede ser luz de gas?

Durante una semana, la pareja de Sofía responde con frialdad, evita coincidir con ella y se comporta como si apenas compartieran la casa. Cada vez que pregunta qué ocurre, él responde que «no pasa nada». Sofía percibe el distanciamiento, pero termina dudando de si se lo está inventando. Más adelante lo resume así: «Me confunde. Me hace sentir culpable y ya no sé ni por qué».

La escena muestra el impacto que tiene esa respuesta en Sofía. Sin embargo, para hablar de luz de gas necesitamos saber cómo se trata su percepción a lo largo de distintas conversaciones.

En una discrepancia de memoria, dos personas reconstruyen el mismo episodio de manera distinta. Ambas aceptan alguna posibilidad de error: «Yo lo recuerdo así», «Quizá entendí otra cosa», «Vamos a intentar aclararlo».

En una mentira, alguien falsea un hecho para evitar una consecuencia o proteger sus intereses. El engaño daña la confianza, pero la discusión continúa centrada en aquello que ocurrió.

En la invalidación emocional, el hecho se reconoce y se desacredita la reacción: «Sí, dije eso, pero te lo tomas todo demasiado a pecho». La persona acaba sintiendo que sus emociones son excesivas, aun cuando conserva claro el recuerdo.

En la luz de gas o gaslighting, la propia capacidad para conocer lo sucedido se convierte en el blanco de la interacción. «Eso jamás ocurrió», «Te inventas las cosas», «Siempre interpretas todo mal», «Estás perdiendo la cabeza». Es entonces cuando aquello que comunicas acaba siendo la prueba de que tu memoria, tu percepción o tu juicio fallan.

Efectos del gaslight o luz de gas

Al principio discutes los hechos. Más tarde empiezas a revisar mensajes, pedir confirmación a otras personas o repetir mentalmente las conversaciones para comprobar si recuerdas bien. Puedes acabar dudando incluso al contar algo que viste u oíste con claridad: «Quizá me confundí», «A lo mejor soy demasiado sensible», «Tal vez lo entendí mal».

El proceso suele incluir cambios constantes en las reglas de comprobación. Si recuerdas una frase, te exigen una prueba. Si conservas el mensaje, se cuestiona el contexto. Si otra persona estuvo presente, se afirma que la has puesto en contra de tu pareja. Ninguna aclaración termina de cerrar el asunto.

Otro recurso consiste en utilizar errores ordinarios para desacreditar lo que dices. Olvidar una fecha o confundir un detalle se convierte en argumento para negar cualquier versión que resulte incómoda. Poco a poco, se establece un desequilibrio en cuanto a la fiabilidad de cada una de vuestras perspectivas: una mantiene la autoridad y la otra debe justificarse continuamente.

Podemos no conocer la intención exacta del gaslighting. Hay quien altera los hechos de forma deliberada. En otros casos predomina una defensa rígida frente a cualquier información que amenace su imagen. Para comprender la dinámica los psicólogos suelen evaluar la función que tiene la comunicación en el contexto de la relación: si lo que dices se tiene en cuenta, se invalida, cuestiona, etc…

Aún así, aunque el término gaslighting ha ido ganando mucha popularidad y se relaciona con las relaciones tóxicas o parejas narcisistas, su investigación es bastante limitada, por lo que no tenemos cifras firmes sobre prevalencia, fases universales o efectos causales específicos.

Lo que sí sabemos es que en la luz de gas, se ve afectada la capacidad de uno de los dos para comprender su propia experiencia.

¿Por qué mi pareja me hace sentir culpable de todo?

¿Cómo puedes acabar pidiendo perdón por algo que hizo tu pareja?

Habéis quedado para cenar y llega dos horas tarde sin avisar. Expresas tu malestar. Responde que siempre buscas problemas. Le aclaras que bastaba con enviar un mensaje y te recuerda una ocasión en la que tú también llegaste tarde. Después critica tu tono, asegura que arruinas todos los momentos agradables y acaba preguntándose cómo puede convivir con alguien tan exigente.

Cuarenta minutos más tarde, el retraso ha desaparecido. Ahora debatís sobre tu carácter.

Responsabilidad legítima y culpa inducida

Una reclamación legítima se refiere a hechos concretos. Explica qué conducta causó daño, guarda una proporción razonable con lo ocurrido y deja alguna vía para repararlo. Quien escucha puede reconocer su parte, corregirla y saber en qué momento el asunto se considera atendido.

La culpa inducida funciona mediante acusaciones más difusas. El problema deja de ser aquello que hiciste y pasa a ser quién eres: egoísta, desconsiderada, fría, difícil, inestable. El criterio cambia según intentas responder. Si hablas enseguida, actúas de forma impulsiva. Si esperas, eres calculadora. Si lloras, dramatizas. Si mantienes la calma, pareces insensible.

La culpa y la vergüenza guardan relación, pero señalan experiencias diferentes. La culpa se centra en una conducta: «Hice algo que causó daño». La vergüenza compromete la valoración global de una misma: «Esto demuestra que soy una mala persona». Una discusión basada en la vergüenza dificulta cualquier solución, porque defender una necesidad empieza a vivirse como egoísmo y discrepar se convierte en una prueba de falta de amor.

Cuando existe una responsabilidad real y, además, se utiliza contra ti

Haber cometido un error tampoco concede a la pareja un derecho permanente sobre tu vida. Quizá mentiste, incumpliste un acuerdo o heriste a la otra persona. Eso requiere una conversación honesta, una reparación proporcionada y cambios relacionados con el hecho.

El problema aparece cuando aquel episodio se extiende a asuntos que nada tienen que ver. Una infidelidad pasada se utiliza años después para revisar el teléfono sin límite. Un error económico justifica que pierdas cualquier participación en las decisiones. Una discusión desafortunada sirve para invalidar todas tus quejas posteriores.

La responsabilidad sigue siendo tuya respecto a la conducta inicial. El uso indefinido que la otra persona haga de ella pertenece a un plano diferente.

Cuando acabas sintiéndote responsable de cómo se siente tu pareja

En algunas relaciones, la culpa puede aparecer sin la necesidad de un reproche explícito. Basta con que nuestra pareja se muestre fría, molesta o decepcionada para que uno empiece a revisar lo que ha hecho, lo que ha dicho o lo que quizá debería haber evitado.

«Está distante desde que salí con mis amigas. A lo mejor tendría que haber vuelto antes». «Se ha puesto celoso porque hablé demasiado con ese chico». «Lleva toda la tarde sin dirigirme la palabra. Algo habré hecho».

Con el tiempo puede instalarse la siguiente asociación: si mi pareja está mal, es porque he provocado ese malestar. Y, a partir de ahí, buena parte de la relación empieza a organizarse alrededor de evitar sus enfados, tranquilizar sus inseguridades o corregir conductas cuya supuesta gravedad cambia según cómo se sienta el otro.

Por supuesto, nuestras acciones tienen consecuencias. Si mentimos, incumplimos un acuerdo o tratamos mal a nuestra pareja, nos corresponde asumirlo. Otra cosa es considerar que cualquier emoción desagradable del otro demuestra, por sí sola, que hemos actuado mal.

Tu pareja puede sentirse celosa sin que hayas hecho nada incorrecto. Puede enfadarse porque has tomado una decisión que le disgusta o sentirse decepcionada porque esperaba algo distinto de ti. Esa emoción existe y merece ser escuchada, pero sigue siendo necesario preguntarse qué conducta concreta se te está reprochando y qué responsabilidad tienes realmente sobre ella.

La culpabilización se instala cuando el malestar de tu pareja acaba funcionando como prueba de que tú has hecho algo mal. Frases como «si me quisieras, no harías esto», «mira cómo me pones» o «sabes perfectamente lo mal que me sienta y aun así lo haces» desplazan el foco de la conducta concreta hacia cómo se siente el otro. Así, puedes terminar cediendo, pidiendo perdón o renunciando a algo sin saber exactamente qué has hecho.

La deuda que nunca termina

En una relación sana, la reparación aspira a cerrar el daño. En una dinámica basada en la culpabilización, cada intento de arreglarlo abre una obligación nueva.

Pides perdón, pero tu arrepentimiento parece insuficiente. Das explicaciones y se interpretan como excusas. Renuncias a algo para tranquilizar a tu pareja y pronto surge otra condición. Ya nadie sabe qué tendría que ocurrir para recuperar la confianza.

En este tipo de dinámica, conviene concretar tres aspectos: qué conducta se te atribuye, qué reparación guarda proporción con ella y cuándo se considerará reparado el daño. Si la respuesta cambia continuamente o exige renunciar a necesidades que nada tienen que ver con el hecho original, la culpa ha dejado de orientarse hacia una solución.

¿Por qué cuesta tanto salir de una relación tóxica?

Una de las preguntas que más se repiten en las relaciones tóxicas es esta: «Si sé que estoy mal, ¿por qué sigo aquí?». Desde fuera puede parecer una contradicción. Desde dentro, tiene bastante sentido.

Darse cuenta de que una relación te perjudica cambia la forma de verla, pero el afecto no desaparece al mismo tiempo. Puedes haber identificado desprecios, control, culpabilización o una dinámica relacional que te desgasta y seguir echando de menos a esa persona, deseando que las cosas mejoren o recordando con enorme intensidad los momentos en los que sí te sentías querida.

Cuando eliges salir de una relación tóxica, no estás intentando separarte únicamente de aquello que te hace daño. También tienes que despedirte de lo que has vivido con esa persona, de lo que todavía sientes y, muchas veces, de la relación que pensabas que podíais llegar a tener.

Esto último pesa mucho más de lo que suele reconocerse. Hay personas que llevan meses siendo infelices y continúan esperando que termine «esta etapa», que la pareja vuelva a comportarse como al principio o que reaparezca aquella versión de la relación que todavía utilizan como referencia. Mientras existe esperanza, la ruptura puede sentirse como renunciar a una posibilidad que aún está en nuestra mente.

En algunas relaciones tóxicas, además, los periodos malos se alternan con etapas de mucha cercanía. Tras una discusión grave puede llegar una conversación especialmente íntima, días tranquilos, una conexión especial... Estos cambios pueden vivirse con intensidad y generan la expectativa de volver a estar bien.

Y ahí aparece una confusión importante: sentir alivio no equivale necesariamente a que el problema se haya resuelto. A veces simplemente ha desaparecido, durante unos días, aquello que estaba causando el malestar. La diferencia se aprecia con el tiempo.

La ruptura introduce otra dificultad. Mientras estás dentro de la relación, tienes muy presentes las razones por las que quieres terminar. Cuando te separas, esas experiencias dejan de darse, por lo que empiezan a ocupar más espacio otras: la ausencia, las rutinas compartidas, el miedo a equivocarte, la preocupación por la otra persona o los recuerdos bonitos. Aquello que te llevó a marcharte sigue formando parte de la historia, pero la mente tiende a focalizar la atención en lo que has perdido.

Por eso una persona puede volver a una relación tóxica sin haber olvidado lo sucedido y sin haber dejado de reconocerlo como dañino. En ese momento, simplemente están pesando más otras cosas.

También influye la ambivalencia. El deseo de querer que una relación termine y querer que funcione puede convivir. Puedes sentir alivio al alejarte y tristeza unas horas después. Puedes tener claro lo que ya no quieres soportar y continuar esperando que tu pareja cambie.

Términos como «trauma bonding» o refuerzo intermitente se utilizan con frecuencia para explicar por qué cuesta tanto salir de relaciones tóxicas. La alternancia entre distancia y cercanía puede contribuir a mantener la expectativa de recuperar los momentos buenos. Sin embargo, reducir todo esto a dependencia emocional o falta de autoestima deja fuera buena parte de la experiencia. Salir de una relación tóxica puede ser difícil precisamente porque la persona ya ha comprendido muchas cosas y, aun así, continúa vinculada emocionalmente a alguien que ha sido importante para ella. Esa es una de las contradicciones más duras de estas relaciones: saber que algo te hace daño puede ser el principio de la salida, pero rara vez convierte la separación en algo sencillo.

¿Puede cambiar una relación tóxica?

Algunas dinámicas dañinas llegan a transformarse. Otras entran en una tregua que dura mientras existe riesgo de ruptura. La expresión «relación tóxica» engloba situaciones demasiado distintas como para ofrecer un porcentaje de cambio o un plazo aplicable a todas.

Es por ello que necesitamos separar tres procesos que suelen confundirse: dejar de realizar la conducta, reparar lo que esa conducta produjo y reconstruir la confianza. Se trata de procesos que pueden avanzar a ritmos distintos. Incluso cabe completar el primero y fracasar en los otros dos.

Dejar de realizar la conducta dañina

El cambio empieza por identificar qué tiene que desaparecer. «Ser mejor pareja» resulta demasiado impreciso. «Dejar de revisar el móvil», «interrumpir los insultos», «cesar las desapariciones punitivas» o «devolver a ambos el acceso al dinero» describen objetivos más observables.

Durante una crisis, muchas conductas se interrumpen con rapidez. La posibilidad de perder la relación concentra la atención, moviliza esfuerzos y altera temporalmente las prioridades. La información más fiable aparece después, cuando disminuye el peligro de que la relación termine.

Entonces vemos si la nueva conducta continúa sin recordatorios constantes, supervisión o necesidad de reconocimiento. También comprobamos qué sucede durante el cansancio, los celos, la frustración o una etapa personal difícil. Un cambio integrado se mantiene cuando pierde su recompensa inmediata.

Dejar de hacer daño tampoco equivale a sentirse distinto por dentro. La persona puede seguir experimentando rabia, miedo al abandono o deseos de controlar y aprender a responder de otra forma. Esperar a que desaparezca toda emoción problemática retrasaría indefinidamente el cambio. El criterio está en aquello que la persona hace con esa emoción.

Reparar las consecuencias

Interrumpir una conducta evita nuevos daños, pero lo que ha ocurrido hasta entonces sigue teniendo efectos.

Si hubo control económico, quizá queden deudas, pérdida de ahorros o dependencia. Si se difundieron acusaciones, hará falta rectificarlas ante quienes las escucharon. Si la pareja quedó aislada, recuperar sus relaciones requiere tiempo, etc.

La reparación guarda relación directa con el daño causado. Incluye devolver bienes o accesos, corregir información falsa, asumir costes concretos y facilitar que la otra persona recupere decisiones que había dejado de tomar. Acudir a terapia puede formar parte del proceso.

Quien causó el daño tendrá que aceptar, además, que ciertas consecuencias persistan. La persona afectada puede necesitar distancia, mantener reservas o decidir terminar la relación. Una reparación centrada en obtener rápidamente el perdón vuelve a colocar las necesidades de quien hizo daño en el centro.

Reconstruir la confianza

La confianza funciona como una previsión: esperamos que alguien actúe de acuerdo con lo que hemos vivido repetidamente. Tras meses o años de incertidumbre, esa expectativa tarda en modificarse.

Decidir dar otra oportunidad, perdonar y volver a confiar son procesos diferentes. Podemos perdonar y preferir mantener la separación. Podemos continuar juntos mientras la confianza sigue dañada. Incluso, puede pasar que aunque la dinámica cambie, esa confianza no pueda volver a recuperarse.

Durante esta etapa, es normal que la persona que se ha visto afectada esté alerta. Se trata de un miedo que se mantiene como parte de las consecuencias y no de una falta de compromiso. Presionarla para que «pase página», exigir demostraciones de fe o interpretar cada duda como un castigo solo nos recuerda que lo más importante sigue siendo lo que siente el otro.

La confianza empieza a recuperarse mediante experiencias previsibles y repetidas. La persona dice qué hará y lo cumple. Informa de un error antes de que sea descubierto, acepta que la reparación lleva tiempo y tolera la incertidumbre como parte del proceso.

Cómo observar el cambio a lo largo del tiempo

Un periodo concreto de cambio no nos dice mucho, sobre todo si coincide con la amenaza de ruptura. Lo que nos interesa es comparar situaciones equivalentes meses después: cómo se gestiona la frustración, y si las conductas nuevas continúan cuando nadie las vigila.

Por eso, antes de concluir que la relación ha cambiado, hace falta valorar qué conducta ha desaparecido, qué consecuencias se han reparado y qué experiencias nuevas justifican confiar de nuevo. Si nos quedamos solo con una parte, podemos confundirnos e interpretar una mejoría inicial como una transformación completa.

¿Cómo salir de una relación tóxica?

Cómo salir de una relación tóxica si puedes comunicar la separación con seguridad

Empieza por decidir qué vas a transmitir. Terminar una relación requiere una decisión clara, no la aceptación de ambas partes. Una explicación extensa suele abrir debates sobre cada motivo y convertir el final en otra negociación.

Es suficiente con un mensaje sencillo como «He decidido terminar nuestra relación y en estos momentos solo me siento preparada para hablar sobre cómo podemos hacerlo para que podamos organizarnos los dos». Después concreta los asuntos inmediatos que realmente necesitan acuerdo.

Escoge el formato que te ayude a expresarte con claridad. Quizá prefieras hacerlo por escrito, a través de una llamada, o quedando en un lugar neutral. Es aconsejable que puedas hablar con alguien y que evites quedarte a solas durante las horas posteriores.

Antes de comunicarlo, organiza los primeros pasos: dónde dormirá cada uno, cómo se entregarán las llaves y pertenencias, qué gastos urgentes quedan pendientes y cómo se atenderá a los hijos o mascotas. Resolver todo el futuro en una sola conversación puede abrumarte. Es suficiente con acordar lo necesario para los próximos días y derivar las cuestiones jurídicas o económicas complejas a los profesionales correspondientes.

Después habrá que decidir qué tipo de contacto resulta razonable. El contacto cero encaja cuando quedan pocos asuntos compartidos y cada conversación reactiva el vínculo o deriva en presión. Con hijos, bienes, trabajo o trámites comunes suele funcionar mejor un contacto mínimo y estructurado. Un solo canal escrito, mensajes centrados en hechos y horarios definidos reducen discusiones improvisadas. En relación a esto, los hijos jamás deberían asumir el papel de mensajeros.

Si después de comunicar la ruptura aparecen amenazas, seguimiento, control del móvil o miedo a encontrarte con tu expareja, deja de tratarlo como una separación ordinaria y pasa al siguiente punto.

Cómo salir de una relación tóxica si existen miedo, amenazas, vigilancia o riesgo de represalias

En esta situación conviene evitar una confrontación improvisada. Antes de anunciar la ruptura, busca orientación especializada y organiza la salida con arreglo al riesgo concreto.

La guía oficial de autoprotección del Ministerio de Igualdad recomienda informar a una persona de confianza, acordar un lugar al que acudir y establecer una señal para que alguien avise a la policía. También aconseja tener preparada documentación sanitaria y personal, tarjetas bancarias, contratos o escrituras relevantes, informes médicos, llaves y medicación habitual por si fuera necesario abandonar el domicilio con rapidez.

Evita guardar todo en un lugar que tu pareja revise habitualmente. Una persona de confianza, un recurso especializado o un espacio al que solo tú accedas pueden resultar más adecuados. La forma de comunicar el final (o la conveniencia de posponer esa comunicación hasta encontrarte en otro lugar) debe decidirse con asesoramiento individualizado.

Si existe peligro inmediato, llama al 112, a la Policía Nacional en el 091 o a la Guardia Civil en el 062. La guía oficial española incluye estos tres números entre los contactos de emergencia que conviene tener disponibles.

Jirafas no es terapia ni un servicio de urgencias. Es escucha activa: un espacio puntual para hablar y ser escuchado, no un tratamiento ni un servicio sanitario. Si el malestar es sostenido o aparecen pensamientos de hacerse daño, busca ayuda profesional. En una emergencia, llama al 112; y la línea 024 de atención a la conducta suicida está disponible las 24 horas, gratuita y confidencial. Ante una situación de violencia en la pareja, el 016 atiende las 24 horas, es gratuito y no deja rastro en la factura.

La evidencia científica sobre la escucha y el bienestar está desarrollada en La ciencia de la escucha activa.

Publicado el 7 de septiembre de 2026 · Contenido revisado por Marian Batle Izquierdo, psicóloga sanitaria

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