Ya lo sabes. Ahora hay que decidir
Los mensajes existían. La Sospecha hizo el equipaje. Ahora la pregunta es otra
Qué es Jirafas: una persona real al teléfono
Si llevas tiempo sintiéndote así y no quieres cargar a los tuyos, esto es Jirafas: una persona real que te escucha por teléfono, con calma y sin juzgar. No es terapia ni un servicio de urgencias: es escucha activa, con precio cerrado — 20 € los 15 minutos, 35 € la media hora, en el 930 33 27 94.
Cada jirafa es un perfil narrativo: una historia creada por Andrés Cardenete para que te reconozcas, con una persona real detrás del teléfono. La de Sheila, con la maleta hecha despacio una mañana de martes, es la de mucha gente que llama: gente que ya lo sabe y todavía no sabe qué hacer con lo que sabe.
La decisión de Sheila
Capítulo segundo: Una certeza y un par de contraseñas
Quien no haya leído el capítulo 1 de la historia de Sheila no necesita más que tres datos probados: que el recibo de una cena para dos existía, que él mentía cuando decía ir al gimnasio, y que, a pesar de lo uno y de lo otro, todo eran imaginaciones de Sheila, según el único testigo, que era también el acusado.
No vamos a juzgar a Sheila por lo que hizo. El caso es que los hechos se materializaron: los mensajes en el móvil existían. Existían, como había existido aquel recibo. Venían firmados por un nombre que Sheila conocía de oídas y decían lo que dicen siempre estos mensajes. La literatura del engaño es pobre, se repite mucho y nada va a mejorar si la citamos aquí. Nuestra arquitecta Sheila sí los leyó dos veces: la primera, para saber, y la segunda, para intentar comprender en vano.
Aquella misma noche la Sospecha hizo el equipaje y se marchó sin despedirse. No dejó la casa vacía, pues su hueco lo ocupó desde entonces la Certeza, que es huésped de otra clase: duele más, come menos el tarro y no hace ninguna pregunta, porque las trae todas contestadas. Con la Sospecha es difícil dormir; con la Certeza es posible, pero, sobre todo, ayuda a despertar.
La frase «Son imaginaciones tuyas, Sheila» murió aquella noche, sin ceremonia. Él no pudo ya negar nada y, de la noche a la mañana, estrenó repertorio: «No significó nada, Sheila», «Fue un error», «Estaba perdido y no supe decírtelo». Obsérvese el progreso: antes el tribunal la condenaba a ella; ahora le pedía que hiciera, a la vez, de juez y de indulto.
Y entonces, lector, aquella persona quiso demostrar por qué la consideraban una persona excelente. Regalaba flores sin motivo, volvía del trabajo en horas laborales, dejaba el teléfono boca arriba en mitad de la mesa, como un cadáver ilustre, y ofreció sus contraseñas en busca de la luz de la esperanza. No volvió al gimnasio, por supuesto. Hasta los vecinos y sus hijos, tal vez también sus perros, notaron la mejora: si ya había sido una persona excelente, nunca lo fue tanto como entonces.
Nuestra Sheila lo intentó. Consignemos también esto: se quedó —o, para ser exactos: no llegó a irse—. Diremos también que quiso creer, y que incluso algunas veces creyó. Pero a las cuatro de la mañana solía volver al buscador:
«Cómo superar una infidelidad»
«¿Se puede perdonar una infidelidad?»
Leyó que perdonar una infidelidad es posible, y que hay parejas que salen de una de estas mejor de lo que entraron, igual que hay edificios que brillan tras una reforma. Leyó que superar una infidelidad lleva tiempo, aunque nadie sabía decirle cuánto, ni si el tiempo corría igual para el que rompió que para el que lo sufrió. Leyó cómo se recupera la confianza: despacio, decían todos, con transparencia y con paciencia, como si fuera un músculo y no un muro de carga. Y leyó a cientos de personas que escribían «me engañó y volví con él», «me engañó y volví con ella». Unas contaban que había merecido la pena, otras que aún dolía. En las dos procesiones —la de quien se olvida y la de quien lo sufre— encontró personas excelentes y personas excelentemente rotas.
Pero un sábado Sheila se sorprendió al comprobar el kilometraje del coche, como se había sorprendido días atrás al revisar con miedo los bolsillos de una chaqueta. También, como en aquella ocasión, se vio desde fuera y sintió una vergüenza propia mayor que cualquiera que hubiera experimentado antes.
Esta vez no se lo contó a él. Acudió a Berta, que escuchaba del mismo modo que dibujaba, sin necesidad de borrar nada. Cuando Sheila terminó —el recibo, los mensajes, las flores, los kilómetros—, la jirafa estiró aquel cuello larguísimo por encima de los tableros, como para mirar el asunto desde arriba, y no le dijo lo que tenía que hacer. Le hizo una pregunta de jirafa a jirafa:
—¿Lo estás intentando porque lo quieres a él, o porque quieres que esto no hubiera pasado? Porque lo segundo es imposible por más que lo intentes.
Sheila se quedó callada. No se atrevió a contestar.
Y aquí, lector, esta historia deja de servir de manual, porque la respuesta de Sheila no tiene por qué ser la tuya. Lo que aquellas dos arquitectas, Berta y nuestra protagonista, sabían con seguridad es que hay grietas de asentamiento: la casa se acomoda, el muro se cose, y quien pasa por delante veinte años después no sabe señalar dónde estuvo el dolor; y hay grietas estructurales, que no se curan con masilla ni con flores ni contraseñas.
Sheila tomó la decisión y la ejecutó una mañana de martes, sin escena, sin portazo. En el capítulo anterior preguntó el lector por qué no hizo la maleta aquella primera noche, y este cronista contestó que porque lo quería. Ahora la segunda mitad de la respuesta: la hizo meses después, aunque lo quería todavía, que es la manera más lenta y más dolorosa de hacer una maleta. «No fueron imaginaciones mías», se dijo antes de marcharse.
Fue la mudanza más pequeña de su calle y la más grande; cabía en dos maletas y no cabía dentro de ella; perdió una casa con las medidas mal tomadas y ganó una donde por fin cuadraban los planos, aunque durante meses le sobrase la mitad de la cama. Se pareció tanto, en fin, a cualquier otra mudanza, que solo puede contarse en grado superlativo, como suelen ser estas cosas: para bien y para mal.
Este es el capítulo 2. La historia de Sheila empieza en Sospechas, no tienes pruebas, y no puedes pensar en otra cosa.
Una historia creada por
Andrés Cardenete Montiel
Periodista y escritor · andrescardenete.com
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Y tú, ¿tienes una Berta?
Sheila tuvo a Berta: alguien que escuchó el inventario entero sin juzgar, no le dijo lo que tenía que hacer y le hizo la pregunta que necesitaba oír. Si tú estás en mitad de esa decisión —perdonar, volver a confiar o irte— y no quieres tomarla a solas ni cargar a los tuyos, al otro lado del teléfono hay una persona real que escucha sin juzgar.
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Las preguntas de quien ya lo sabe
Marian Batle Izquierdo Psicóloga sanitaria · Colegiada n.º 01444 · marianbatle.com LinkedIn de Marian Batle (se abre en una ventana nueva) Instagram de Marian Batle (se abre en una ventana nueva)
¿Por qué sigo dándole vueltas a la infidelidad?
Porque saber que hubo una infidelidad solo responde a la pregunta más inmediata. A partir de ahí aparecen otras mucho más difíciles: ¿desde cuándo me mentía?, ¿qué estaba ocurriendo en los momentos en que yo creía que todo iba bien?, ¿eran sinceras sus muestras de cariño?, ¿qué parte de nuestra relación conocía realmente?
Lo descubierto nos lleva a evaluar de nuevo situaciones que, cuando sucedieron, parecían normales. Una llegada más tarde de lo previsto, un sábado en el que estuvo distante o la explicación que dio sobre cierto mensaje se recuerdan ahora desde otro lugar. Antes podían tener muchos significados. Después de conocer el engaño, todos parecen conducir al mismo.
Sheila vuelve a leer los mensajes porque necesita averiguar qué ocurrió, aunque también busca algo que esos mensajes difícilmente pueden contarle: qué significaba para su pareja la vida que seguía compartiendo con ella. Puede reconocer fechas, comprobar mentiras y relacionar una conversación con un día concreto. Aun así, continúa sin saber cómo conseguía él llegar a casa y comportarse con normalidad, qué sentía entonces o de qué manera justificaba ante sí mismo lo que estaba haciendo.
Una parte de ese repaso resulta necesaria. Quien ha sido engañado necesita conocer el alcance de lo sucedido y corregir la versión de la relación con la que había vivido hasta entonces. El problema comienza cuando los datos que va reuniendo ya no aclaran nada nuevo y, pese a ello, siente que todavía le falta encontrar la pieza definitiva.
Algunas preguntas tienen una respuesta concreta. Se puede averiguar cuándo comenzó la relación, cuánto duró o si determinados encuentros llegaron a producirse. Otras admiten una respuesta parcial, porque dependen de lo que la pareja sea capaz de explicar sobre sus motivos y contradicciones. Y hay preguntas que mantienen el pensamiento en marcha precisamente porque ninguna contestación parece suficiente: «¿Cómo pudo hacerme esto si decía que me quería?» o «¿Cómo no fui capaz de darme cuenta?».
Esta última pregunta suele cambiar el sentido de todo el análisis. El interés deja de estar únicamente en lo que hizo quien fue infiel y empieza a dirigirse contra uno mismo. Cada recuerdo se utiliza para buscar el instante en que tendría que haber sospechado, preguntado o insistido. Así, la infidelidad acaba convirtiéndose en un examen de la propia inteligencia, del criterio para elegir pareja y de la capacidad para reconocer una mentira.
Hay una trampa en esta revisión. Una vez conocido el desenlace, las señales anteriores parecen mucho más evidentes. La memoria reconstruye cada escena con la información de la que se dispone hoy. Por eso resulta fácil confundir «ahora comprendo lo que significaba» con «entonces debería haberlo sabido». Sin embargo, en aquel momento un retraso seguía siendo solo un retraso y una explicación razonable se recibía dentro de una relación en la que existían motivos para creer al otro.
Además, muchas mentiras funcionan porque están construidas para resultar creíbles. Se apoyan en datos ciertos, rutinas conocidas y explicaciones posibles. También se benefician de algo elemental en una relación íntima: solemos partir de que nuestra pareja nos cuenta la verdad. Haber confiado en esas condiciones dice muy poco sobre la capacidad de juicio de quien fue engañado y mucho más sobre el uso que la otra persona hizo de esa confianza.
Aun así, culparse puede proporcionar una sensación pasajera de control. Si el engaño ocurrió porque uno fue demasiado ingenuo, la conclusión parece ofrecer una salida: la próxima vez bastará con vigilar mejor. Resulta más inquietante aceptar que alguien cercano puede mentir de forma convincente y que nada nos garantiza el conocimiento absoluto de lo que hace el otro. El reproche personal duele, pero conserva la fantasía de que todo habría podido evitarse con mayor perspicacia.
En ese punto, la reflexión puede convertirse en rumiación. Se piensa durante mucho tiempo, se examinan las mismas escenas y se ensayan explicaciones diferentes. El problema ya no reside en la falta de esfuerzo para comprender. La pregunta elegida conduce siempre a un juicio general sobre uno mismo y carece de una respuesta capaz de cerrarla.
Pensar «¿qué explicación me dio aquel día y qué sé ahora?» permite comparar dos datos. Preguntarse «¿cómo pude ser tan ingenua?» obliga a revisar toda la relación y, además, parte de la propia identidad. Por eso ambas formas de pensar producen resultados tan distintos. La primera puede aclarar un hecho. La segunda convierte cada recuerdo en otra ocasión para condenarse.
También conviene diferenciar esta rumiación de los recuerdos que aparecen sin buscarlos. Una calle, una fecha o una frase pueden devolver de golpe una escena. En otras ocasiones se decide pensar en el tema para resolver una duda pendiente. Todo acaba describiéndose como «darle vueltas», aunque unas veces el recuerdo irrumpe, otras se busca una respuesta y otras se permanece atrapado en una pregunta que ya ha demostrado que no conduce a ninguna parte.
A veces la confusión continúa porque todavía faltan explicaciones. Si la versión cambia, aparecen contradicciones o solo se reconoce aquello que ya ha quedado demostrado, sigue habiendo algo real que aclarar. En ese caso, insistir responde a la dificultad de comprender una historia que todavía permanece incompleta. Otra cosa sucede cuando cada repaso termina en «¿cómo pude confiar?». Ninguna fecha ni ningún mensaje resolverán una acusación dirigida contra el propio criterio.
Distinguir ambos finales resulta fundamental. Una duda concreta señala qué información falta. El reproche contra uno mismo busca en los hechos una respuesta que los hechos no contienen. Creer a alguien que se esforzaba por ocultar la verdad no convierte a quien confió en torpe, ingenuo o incapaz de conocer a los demás. Significa que la confianza propia de la relación fue utilizada para mantener el engaño.
¿Se puede perdonar una infidelidad?
Sí, se puede. Sin embargo, muchas veces llamamos perdón a cambios que pertenecen a procesos distintos. Cuando alguien se pregunta si podrá perdonar una infidelidad, quizá esté intentando saber si dejará de dolerle, si volverá a mirar a su pareja de la misma manera, si podrá continuar con la relación o si llegará un día en que ya no necesite hablar de lo sucedido. Cada una de estas preguntas requiere su propia respuesta.
El perdón afecta, sobre todo, a la posición que adoptamos ante quien nos ha herido. Empieza a producirse cuando el deseo de castigar, devolver el daño o recordar continuamente la deuda pierde fuerza. Podemos seguir pensando que la conducta fue grave y que sus consecuencias resultan irreparables. El cambio consiste en que la ofensa deja de dictar cómo tratamos al otro.
Conviene diferenciar aquí la rabia del resentimiento. La rabia aparece cuando recordamos que se ha traspasado un límite y puede ayudarnos a defender aquello que consideramos valioso. El resentimiento mantiene la relación organizada alrededor de una cuenta pendiente: el otro debe pagar, demostrar una y otra vez su arrepentimiento o soportar que el tema de la infidelidad reaparezca cada vez que discutimos. Perdonar guarda más relación con abandonar esa cuenta que con dejar de sentir enfado.
Podemos decidir cómo queremos comportarnos mucho antes de que cambien nuestras emociones. Alguien puede renunciar a la venganza, evitar la humillación y seguir sintiendo una rabia intensa. También cabe que haya días de calma y otros en los que el dolor reaparece con fuerza. Pronunciar «te perdono» expresa a veces una intención sincera pero la experiencia emocional puede tardar más en hacerse presente. Tener la expectativa de que las dos se tienen que dar a la vez desde el principio convierte cualquier reacción posterior en una supuesta prueba de fracaso.
En la historia, la frase «No significó nada» responde a una pregunta distinta de la que se plantea Sheila. Su pareja habla de la importancia que tuvo para él la relación con la otra mujer. Sheila trata de comprender qué significan para ella las mentiras y la ruptura de los acuerdos. Aunque aquella relación hubiera carecido de valor afectivo para él, el engaño sí tuvo consecuencias dentro de la vida que compartían. Perdonar jamás exige adoptar la interpretación de quien fue infiel ni rebajar la gravedad de lo sucedido para que coincida con la suya.
Comprender los motivos tampoco equivale a exculpar. Saber qué circunstancias, decisiones o necesidades estuvieron implicadas puede hacer el comportamiento más comprensible. La responsabilidad permanece intacta. Una explicación responde a «¿cómo llegó a hacerlo?»; una justificación pretende convertir esas razones en motivos suficientes para haberlo hecho. Podemos aceptar la primera y rechazar la segunda.
El contexto influye en el significado que adquiere el perdón. Cuando la conducta ha terminado, existe un reconocimiento claro del daño y la persona conserva libertad para decidir, dejar atrás el deseo de castigo puede aliviar una carga que ya condicionaba demasiados aspectos de su vida. Si continúan las mentiras, se repite la conducta o se exige perdón para evitar las consecuencias, la misma palabra puede utilizarse para pedir silencio y mantener intacto el problema.
Por eso el perdón pierde sentido cuando se convierte en una obligación moral. Ni el amor, ni los años compartidos, ni una disculpa obligan a concederlo. Tampoco hay mayor madurez en hacerlo deprisa. Algunas personas necesitan perdonar para cerrar una etapa; otras alcanzan una posición serena sin utilizar esa palabra. Lo relevante es que la decisión responda a lo que realmente sienten y piensan, en vez de servir para tranquilizar a quien causó el daño o satisfacer las expectativas de los demás.
Perdonar y reconciliarse tampoco son lo mismo. Podemos perdonar a alguien con quien ya no queremos mantener una relación. También podemos continuar juntos mientras el resentimiento sigue presente y todavía desconocemos si llegará a disminuir. La reconciliación depende de lo que hagan ambos con la relación; el perdón describe un cambio que se produce en quien recibió la ofensa. Una experiencia puede favorecer la otra, pero ninguna la garantiza.
Quizá una infidelidad empieza a estar perdonada cuando podemos reconocer su gravedad sin necesitar que la otra persona siga pagando por ella. El recuerdo permanece, el juicio sobre lo sucedido también y las decisiones tomadas a partir de entonces conservan su validez. Lo que cambia es el lugar que ocupa el daño en nuestra manera de relacionarnos con quien lo causó.
¿Qué hace falta para volver a confiar después de una infidelidad?
Volver a confiar después de una infidelidad requiere algo más que creer en una promesa. Necesitamos comprobar que la palabra de nuestra pareja vuelve a corresponderse con lo que hace, que respeta los acuerdos incluso cuando nadie podría descubrir lo contrario y que podemos acudir a ella cuando reaparece el dolor sin encontrarnos con evasivas o reproches.
La confianza contiene, por tanto, varias formas de seguridad. Una se refiere a la verdad: creer que conocemos los hechos relevantes de nuestra relación. Otra depende de la conducta: poder anticipar que la pareja cumplirá lo acordado cuando actúe por su cuenta. También existe una seguridad afectiva, que se pone a prueba en los momentos de mayor vulnerabilidad: saber si el otro escuchará, responderá y seguirá implicado cuando la conversación resulte incómoda.
Estas formas de confianza pueden recuperarse a ritmos distintos. Quizás creemos la explicación que nuestra pareja da sobre un hecho concreto, pero aún dudamos de cómo actuará ante una nueva oportunidad. O reconocemos cambios en su comportamiento y, sin embargo, seguimos sintiéndonos solos cuando intentamos hablar de lo sucedido. Decir simplemente «ya confío» o «todavía no confío» oculta diferencias que ayudan a comprender qué es lo que está mejorando y dónde continúa el problema.
La infidelidad resulta especialmente desconcertante porque el engaño suele convivir con gestos que asociábamos a la seguridad. La pareja podía mostrarse cariñosa, hacer planes y mantener las rutinas compartidas mientras ocultaba algo importante. Después de descubrirlo, el afecto conserva su valor emocional, aunque pierde parte de su capacidad para confirmar que todo va bien. Una caricia puede resultar sincera y, al mismo tiempo, recordar que también hubo cariño durante el engaño.
Buscar la seguridad en nuestra pareja puede vivirse desde la contradicción. Necesitamos su cercanía para aliviar el dolor, pero acercarnos nos coloca frente a quien lo causó. Por eso podemos desear un abrazo y sentir rechazo cuando llega, pedir una explicación y dudar mientras la escuchamos o temer la ruptura y necesitar alejarnos durante un tiempo. Ambas reacciones intentan proteger algo importante: una busca recuperar el vínculo; la otra evita exponernos de nuevo.
Este movimiento de acercamiento y retirada puede aparecer incluso en alguien que hasta entonces se sentía seguro en su relación. La hipervigilancia posterior tampoco demuestra por sí misma un apego ansioso, una baja autoestima o una dificultad anterior para confiar. Existe un engaño comprobado. A partir de ese momento, detalles que antes parecían corrientes —un retraso, una explicación imprecisa o una llamada que se interrumpe— adquieren otro peso porque la persona ya sabe que la normalidad también podía contener una mentira.
La vigilancia intenta evitar que vuelva a ocurrir algo importante sin que lo advirtamos. Sin embargo, su alcance es limitado. Observar con más atención permite descubrir alguna incoherencia pero difícilmente ofrece la tranquilidad de saber cómo actuará el otro cuando nadie compruebe lo que hace. Ahí comienza la diferencia entre controlar la información disponible y confiar en la conducta de una persona.
Para que esa confianza tenga motivos para regresar, quien fue infiel necesita asumir una posición especialmente activa. Conocía aquello que estaba ocurriendo mientras su pareja tomaba decisiones con una información incompleta. Por eso corresponde a quien ocultó los hechos reducir esa desigualdad: explicar con claridad lo relevante, advertir por iniciativa propia de las situaciones que puedan resultar ambiguas y evitar que la verdad dependa de nuevas comprobaciones.
Asumir la responsabilidad implica algo más que reconocer la infidelidad. También exige comprender el efecto que tuvieron las mentiras utilizadas para mantenerla. Una frase como «me equivoqué» admite que la conducta estuvo mal, pero deja sin responder cómo se protegió el engaño, qué límites se ignoraron y qué ha entendido esa persona sobre sus propias decisiones. Los problemas que existieran previamente en la pareja pueden ayudar a comprender el contexto; la elección de afrontarlos mediante una relación oculta pertenece a quien la mantuvo.
La forma de responder cuando surgen preguntas resulta igualmente decisiva. Quien fue infiel puede sentirse avergonzado, cansado de hablar del tema o temer que cada conversación termine en una discusión. Si reacciona con irritación o se retira, la persona engañada recibe un mensaje añadido: además de haber sufrido la infidelidad, tendrá que afrontar sola sus consecuencias. Esa respuesta aumenta la necesidad de preguntar y puede crear una dinámica en la que uno insiste cada vez más mientras el otro se defiende o se aleja.
Para romper con esa dinámica es importante que en las conversaciones ambos sepan qué están intentando resolver. La persona herida necesita plantear sus dudas sin que cualquier pregunta se interprete como un ataque. Quien fue infiel ha de escuchar el efecto de sus actos, responder con honestidad y aceptar que algunas consecuencias continuarán apareciendo durante un tiempo. También es legítimo acordar cuándo hablar y poner fin a una conversación que se ha vuelto destructiva. Establecer esos límites debería facilitar el diálogo, en lugar de servir para cerrar el asunto.
Además, la pareja necesita vivir algo más que conversaciones sobre la infidelidad. Compartir momentos agradables, resolver problemas cotidianos, recuperar la intimidad a un ritmo aceptable para ambos y sentirse tenidos en cuenta ofrece información sobre la relación que están construyendo ahora. Disfrutar juntos durante unas horas jamás corrige una mentira, pero muchas vivencias en las que coinciden amor y la sinceridad pueden devolver credibilidad a la cercanía.
La transparencia pactada puede ayudar durante este proceso. Comunicar cambios de planes, aclarar determinados contactos o compartir temporalmente alguna información reduce la incertidumbre. El sentido de estas medidas depende de hacia dónde conduzcan. Resultan útiles cuando facilitan una conducta más clara y disminuyen poco a poco la necesidad de comprobar. Si toda la tranquilidad depende de vigilar teléfonos, horarios o ubicaciones, la relación sigue descansando en la hipervigilancia y el control.
El kilometraje que consulta Sheila puede aclarar si el coche recorrió una distancia determinada. Apenas permite saber qué hará su pareja la próxima vez que tenga la oportunidad de mentir. Esa diferencia nos muestra que comprobar responde a una pregunta, mientras que cuando se confía, no es necesario confirmar con pruebas para todo lo que se nos dice.
Nadie puede obligarse a recuperar la confianza por amor, generosidad o deseo de continuar. Forzarla suele crear una distancia entre lo que mostramos y lo que sentimos: actuamos como si creyéramos mientras seguimos pendientes de cualquier indicio. La persona engañada puede estar abierta a observar los cambios, pero la credibilidad tendrá que ganarse a través de la experiencia.
¿Cuánto se tarda en superar una infidelidad?
Cuando preguntamos cuánto se tarda en superar una infidelidad, muchas veces queremos saber algo más: si nuestra reacción sigue siendo comprensible o si deberíamos encontrarnos mejor a estas alturas. El número de semanas o meses, por sí solo, apenas permite responder. Antes necesitamos precisar qué llamamos recuperación y desde qué momento estamos contando.
«Superar» puede referirse a cambios muy distintos. Quizá hemos recuperado el sueño y la capacidad para concentrarnos, pero todavía nos cuesta disfrutar. Tal vez volvemos a sentirnos bien con nosotros mismos mientras la intimidad de pareja continúa afectada. También cabe que la convivencia haya mejorado y sigamos pensando «todavía me duele» cuando recordamos lo sucedido. Cada una de estas situaciones describe una evolución diferente.
Esta distinción cuenta con respaldo longitudinal. Al seguir a parejas durante varios años se ha observado que el bienestar personal —cómo nos sentimos con nuestra vida y con nosotros mismos— puede mejorar sin que ocurra lo mismo con la satisfacción de pareja, la intimidad o los conflictos. Por tanto, encontrarnos mejor no demuestra que la relación se haya recuperado. Del mismo modo, continuar atravesando dificultades con nuestra pareja tampoco significa que sigamos igual en todos los aspectos.
El cambio suele apreciarse en lo que el dolor nos permite hacer. Una persona puede recordar la infidelidad y sentirse triste o enfadada, pero volver a trabajar con normalidad, interesarse por otras cosas y tomar decisiones sin que cada una de ellas quede determinada por el engaño. Que todavía duela dice poco si desconocemos cuánto dura ese malestar, con qué frecuencia aparece y hasta qué punto altera la vida cotidiana.
Por eso una recuperación lenta se distingue de una situación que permanece estancada. En la primera sigue habiendo días difíciles, pero descansamos mejor, recuperamos intereses o logramos atender otros asuntos. En la segunda, el tiempo pasa mientras el sufrimiento conserva una intensidad parecida y continúa interfiriendo seriamente en nuestra vida. La diferencia está en los cambios observables, no en haber alcanzado una fecha concreta.
La duración depende, además, de qué haya quedado afectado. Algunas infidelidades comprometen principalmente el acuerdo de exclusividad. Otras alcanzan años de intimidad, introducen riesgos para la salud, implican dinero compartido o exponen a la persona ante familiares y amigos. El número de encuentros ofrece una medida muy incompleta. Para alguien pesará especialmente la relación sexual; para otra persona, descubrir que su pareja compartía confidencias, proyectos o que estaba ilusionado con otra persona.
En la historia de Sheila también existen dos momentos que conviene separar. Primero transcurren los meses en los que intenta continuar después del descubrimiento. Más tarde llega la separación y aparece la ausencia diaria de su pareja, representada por esa mitad de la cama que sobra. Si reunimos ambos periodos bajo un único tiempo de recuperación, confundimos el impacto de la infidelidad con la adaptación a una vida que ya ha cambiado.
Carecemos, por tanto, de un plazo capaz de decir cuándo debería estar superada una infidelidad. Es más práctico centrarnos en lo que sí ha mejorado, aquello que continúa afectado y desde qué acontecimiento medimos ese cambio.
¿Cómo decidir si seguir con mi pareja después de una infidelidad?
Para decidir si seguir con tu pareja después de una infidelidad necesitas separar cuánto la quieres de cuánto deseas la relación que ahora tenéis. El amor explica el vínculo y el dolor que provoca la posibilidad de perderlo. Sin embargo, apenas permite saber si puedes aceptar lo ocurrido, si todavía encuentras bienestar en la convivencia o si el futuro que ambos planteáis coincide con lo que tú quieres.
Conviene empezar por la relación actual. Los años felices demuestran que hubo algo valioso, aunque no describen necesariamente lo que existe hoy. Las promesas de cambio pertenecen al futuro. La decisión se toma entre ambos tiempos y necesita apoyarse en el presente: cómo os tratáis, qué queda de la intimidad, qué problemas siguen abiertos y qué cambios empiezan a apreciarse en la vida cotidiana.
También influyen todos los aspectos de nuestra vida ligados a la pareja. Los hijos, la vivienda, las amistades comunes, los proyectos y la historia compartida hacen que marcharse implique muchas pérdidas a la vez. Estas razones tienen un peso real y merecen ser consideradas. Ahora bien, explican sobre todo por qué resulta difícil romper y dicen bastante menos acerca de lo que decidimos.
Esta diferencia entre lo que sentimos y lo que elegimos construir juntos resulta fundamental. Podemos tener numerosos motivos para quedarnos y sentirnos poco satisfechos con nuestra pareja. También podemos conservar afecto por todo lo vivido y decidir romper con la relación.
La vida que imaginamos después de una ruptura ejerce una influencia parecida. Si pensamos únicamente en la soledad, las dificultades económicas o los cambios familiares, quedarse parecerá la única opción soportable. Si asociamos la separación con un alivio inmediato, podemos ignorar el duelo y las complicaciones que traerá. Por eso podemos pasar de «quiero intentarlo» a «necesito marcharme» en muy poco tiempo. Esta ambivalencia no demuestra que carezcamos de criterio. Suele indicar que existen razones importantes en las dos direcciones.
La pregunta de Berta permite comprender lo que le ocurre a Sheila: ¿lo intenta porque le quiere o porque desea que aquello nunca hubiera pasado? Más adelante, Sheila prepara la maleta mientras todavía le quiere. La escena muestra que dejar a nuestra pareja aunque la queramos contiene dolor y coherencia al mismo tiempo.
Para saber si merece la pena seguir juntos después de una infidelidad conviene observar qué razones se mantienen cuando cambia nuestro estado de ánimo. En ocasiones necesitamos aplazar una respuesta definitiva. Ese tiempo resulta útil cuando sabemos qué queremos aclarar: si seguimos deseando la convivencia, qué condiciones consideramos imprescindibles o qué consecuencias tendría cada opción. Si esperar carece de una función concreta, la indecisión puede prolongarse sin aportar mayor claridad.
Decidir entre quedarse o irse implica reconocer tres cosas: qué encontramos hoy en la relación, qué perderíamos al terminar y cómo sería realmente nuestra vida fuera de ella. La respuesta adquiere consistencia cuando los motivos para permanecer incluyen algo que todavía queremos compartir, además de todo aquello a lo que nos cuesta renunciar.
La evidencia científica sobre la escucha y el bienestar está desarrollada en La ciencia de la escucha activa.
Publicado el 7 de septiembre de 2026 · Contenido revisado por Marian Batle Izquierdo, psicóloga sanitaria
Si estás haciendo la maleta a las cuatro de la mañana —o deshaciéndola—, no te quedes a solas con la decisión.
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