Sospechas, no tienes pruebas, y no puedes pensar en otra cosa
El recibo existe. El gimnasio estaba cerrado. Y él insiste: son imaginaciones tuyas
Qué es Jirafas: una persona real al teléfono
Si llevas tiempo sintiéndote así y no quieres cargar a los tuyos, esto es Jirafas: una persona real que te escucha por teléfono, con calma y sin juzgar. No es terapia ni un servicio de urgencias: es escucha activa, con precio cerrado — 20 € los 15 minutos, 35 € la media hora, en el 930 33 27 94.
Cada jirafa es un perfil narrativo: una historia creada por Andrés Cardenete para que te reconozcas, con una persona real detrás del teléfono. La de Sheila, con la pantalla encendiéndose sobre la encimera, es la de mucha gente que llama: casi siempre, gente que no se lo ha contado antes a nadie.
La historia de Sheila
Capítulo primero: Una Sospecha y una persona excelente
Eran la pareja más envidiada de su calle y eran la más desdichada; había en aquella casa toda la confianza del mundo y no quedaba en ella confianza ninguna; se lo decían todo y no se decían nada; tenían por delante todos los años de la vida, pero ningún jueves. Se parecían tanto, en fin, a cualquier otra pareja, que su historia solo puede contarse en grado superlativo, para bien o para mal.
El recibo existía. Este punto ha de quedar fuera de toda duda desde el principio, porque de otro modo hubiesen sido imaginaciones de ella. Existía. Era de un restaurante del puerto y consignaba, con la honradez contable de los papeles, una cena para dos personas el jueves catorce —el jueves del inventario, el jueves en que él no pudo salir de la oficina «hasta las tantas»—, y Sheila lo encontró vaciando los bolsillos de un abrigo camino de la tintorería.
Él era, en opinión unánime de sus compañeros y amigos, incluso en la de ella, una persona excelente. Saludaba por su nombre a todos los vecinos, y a los hijos y los perros de los vecinos; bajaba la basura sin que se lo pidieran y poseía esa virtud suprema de las personas excelentes que consiste en no perder jamás la paciencia con quien tiene razón. Los martes y los jueves iba al gimnasio, y a veces volvía —anoten el dato— con el pelo seco.
Sheila era arquitecta. Se ganaba la vida haciendo que las piezas encajasen: que la viga descansara donde debía, que el edificio fuese un reflejo exacto del plano. Veinte promociones de viviendas habían pasado por su tablero sin que se le escapara un centímetro, y quiso su suerte —esa suerte irónica que administra los destinos de la gente exacta— que el único edificio mal medido de su vida fuera el suyo. Porque en su casa, y lo supo antes de saberlo, había una medida que no cuadraba, y un plano mal acotado se nota.
Y ya no puedes dormir.
Ya antes del recibo había entrado en la casa la Sospecha. Un día entró sin llamar. No traía equipaje, no pidió permiso y no ocupaba, al principio, más sitio que un alfiler. A la semana dormía junto a Sheila en el sillón. Al mes comía en la mesa, del plato de ella, nunca del de él. Sospecha en el perfume nuevo, que nadie le había regalado y que estrenó sin decir nada; Sospecha en el teléfono, que un día empezó a quedar boca abajo; Sospecha en la contraseña recién cambiada, en las horas extra, en la amabilidad de los viernes, puntual como un recibo; Sospecha arriba, en los pequeños cambios del dormitorio; Sospecha abajo, en los silencios del salón; Sospecha en el descansillo, esperándola cada tarde. La única habitación donde no entraba era aquella donde estuviera él, porque a la Sospecha, como a todo el mundo, él le parecía una persona excelente.
La primera vez que Sheila preguntó, preguntó mal: con la voz aguda y el recibo arrugado dentro del puño.
—¿Quién cenó contigo el jueves?
—Media empresa —respondió él, sin apartar los ojos del televisor y con el tono indulgente de quien lleva años perdonando preguntas—. Era la cena del inventario, Sheila. Son imaginaciones tuyas.
—Las imaginaciones no dejan recibo.
Él apartó entonces los ojos del televisor y examinó el papel que ella le tendía con el interés cortés de quien lee la factura de un desconocido. Al acabar, fue a cenar con el jefe y pagó él; ya se lo reembolsaría la empresa.
«Son imaginaciones tuyas, Sheila». Obsérvese la frase, porque volverá: los hombres excelentes tienen pocas y las cuidan. La dijo el lunes del recibo; la dijo el miércoles del perfume; la dijo aquella noche en que el teléfono, boca abajo, vibró once veces durante la cena, y las once veces fue «del trabajo». La frase, de tanto servir, se le fue quedando pequeña, como se les quedan pequeños los abrigos a los niños; y él, que no era hombre de tirar nada, la remendó con otras: «Tú antes no eras así, Sheila», «Deberías hacértelo mirar, Sheila». Hasta que el remiendo mejoró a la prenda y la frase ya no absolvía al acusado; condenaba a la testigo.
Y Sheila, otra vez, pidió perdón. Consigno el hecho con el mismo rubor con que ella lo recordaría después: pidió perdón por mirar demasiado, por preguntar demasiado, por ejercer en su propia casa de inspectora de obra. Pero la justicia obliga a consignar también lo que nadie vio: que mientras pedía perdón, una parte de ella observó que él aceptaba las disculpas demasiado deprisa, como quien llevaba días esperándolas para cobrarlas. Aquella noche él durmió del tirón, como duermen los inocentes y algunos otros; ella se quedó mirando el techo, haciendo cálculos que por primera vez en su vida no eran de vigas.
¿Y por qué no hizo la maleta aquella misma noche?, preguntará el lector, que desde su butaca lo tiene todo clarísimo. Porque lo quería. Esa es la viga maestra de este capítulo, y conviene no perderla de vista: lo quería como se quieren las casas viejas, conociéndoles las grietas; y no hay inspectora más severa, ni más lenta en firmar la ruina, que la que inspecciona lo que ama.
Hay una hora, lector, que no suele figurar en los relojes de los felices: las cuatro de la mañana. A esa hora, Sheila tomó su teléfono y tecleó en el buscador, despacio, como quien confiesa en una iglesia vacía:
«Creo que mi pareja me engaña»
«No puedo dormir pensando que me engaña»
El buscador le abrió de par en par mil puertas. Leyó listas de señales de infidelidad y las fue verificando una por una, como se verifica una estructura: perfume, sí; teléfono, sí; gimnasio, sí. Leyó que existe la infidelidad emocional, que es engañar sin llegar a tocarse, y le pareció un refinamiento muy propio de una persona excelente. Leyó la palabra adulterio, tan antigua que la creía jubilada para los crucigramas y los juzgados. Leyó métodos para descubrir una infidelidad y leyó, sobre todo, a cientos de desconocidos que escribían «sospecho que mi pareja me engaña»; mujeres que escribían «mi marido me engaña»; hombres que escribían «mi mujer me engaña»; una procesión de insomnes de todos los rincones, unos sin pruebas, otros sin querer ver las que tenían, y todos con una misma frase clavada en el centro de su historia. Sheila la reconoció al primer golpe de vista, porque era la de la suya: «Son imaginaciones tuyas».
Lloró un poco, sin hacer ruido para no despertarlo.
Pero se equivocaría de medio a medio quien tomara a Sheila por una mujer resignada. A la mañana siguiente sacó del cajón una libreta y abrió expediente. Escribió: «Jueves 14. Recibo. Dos personas». Escribió: «Perfume nuevo». Escribió: «23:47, “llega tarde del trabajo”». Había dejado de preguntar en voz alta, que era el terreno donde ganaba él, y empezaba a preguntar por escrito, que era el terreno donde ganaba ella. Y el martes, mientras él se calzaba las zapatillas de deporte, probó el alfiler:
—¿Qué tal está el gimnasio? Dicen que lo van a cerrar por reformas.
—Qué va —dijo, y la besó en la frente—. Está lleno como siempre.
El gimnasio llevaba cerrado por reformas desde el lunes; Sheila lo había comprobado a mediodía. No dijo nada. Lo apuntó. La libreta engordaba, y la Sospecha, que ya no cabía en el sillón, leía por encima de su hombro.
Porque la sospecha sin prueba es la única pena que da vergüenza decir en voz alta, pues quien la nombra teme quedar de loca si se equivoca y de tonta si acierta; y así, la que hacía inventario por las noches lloraba por las mañanas, que es el segundo oficio, y el peor pagado, de quien sospecha. En el estudio, Berta —una arquitecta prodigiosa que alcanzaba los planos de la balda más alta sin escalera, con aquel cuello larguísimo asomando por encima de los tableros como el de una jirafa curiosa— le preguntó dos veces esa semana si se encontraba bien. Las dos veces contestó Sheila lo mismo: «Cosas del trabajo». Y pensó, al decirlo, que mentía como él.
El viernes él trajo vino, contó anécdotas y recogió la mesa sin que nadie se lo pidiera, con esa diligencia de los hombres que tienen algo que agradecer o algo que esconder. Se metió en la ducha y, por primera vez en mucho tiempo, olvidó el teléfono fuera. Boca abajo, sobre la encimera.
La pantalla se encendió una vez, y la luz se escapó por los bordes como se escapa por debajo de una puerta cerrada. Se encendió otra. La casa entera contuvo la respiración, y hasta la Sospecha, de pie junto a la encimera, se apartó un paso, como quien cede el sitio. Sheila se quedó con el paño de cocina en una mano: ella, que se ganaba la vida haciendo que todas las piezas encajaran, delante de la única pieza que faltaba. Y sepa el lector que la pregunta que entonces ocupó la casa no era la que parece. No era «¿será verdad?»: eso Sheila lo sabía dentro de ella, con la certeza tranquila con que se sabe que un muro está mal aplomado aunque todavía no se haya caído. La pregunta era otra, y era solo suya: ¿lo miro o no lo miro? O, incluso, ¿ponemos fin a mis imaginaciones?
Este es el capítulo 1. La historia de Sheila continúa en Ya lo sabes. Ahora hay que decidir.
Una historia creada por
Andrés Cardenete Montiel
Periodista y escritor · andrescardenete.com
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Lo que no le has contado a nadie
Sheila apunta en una libreta lo que no se atreve a decir en voz alta: ni a Berta, ni a los suyos, ni a él. Si tú también estás haciendo inventario de madrugada y no puedes contárselo a nadie —por vergüenza, por miedo a equivocarte, por no oír otra vez «son imaginaciones tuyas»—, al otro lado del teléfono hay una persona real que escucha sin juzgar.
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Las preguntas de quien sospecha una infidelidad
Marian Batle Izquierdo Psicóloga sanitaria · Colegiada n.º 01444 · marianbatle.com LinkedIn de Marian Batle (se abre en una ventana nueva) Instagram de Marian Batle (se abre en una ventana nueva)
¿Cómo saber si mi pareja me engaña o si estoy interpretando mal las señales?
Si descubrimos que nuestra pareja nos miente, es lógico preguntarnos «¿y si me está engañando?» Probablemente empecemos a recordar situaciones. Por ejemplo, nos pueden venir a la cabeza momentos en los que nos ha regalado algo y reinterpretar ese recuerdo bajo otro prisma ¿y si lo hacía para compensar o porque se sentía culpable? ¿Y si ahora se cuida más porque ha conocido a alguien? Puede que los detalles refuercen la posibilidad de que nuestra pareja sea infiel, pero parte de esa convicción surge de haber reinterpretado lo anterior, no de haber dado con la respuesta.
Sheila ha descubierto una mentira: el gimnasio estaba cerrado cuando él aseguró que estaba lleno. Tiene razones para desconfiar de esa explicación, aunque siga ignorando dónde estuvo. Con el recibo sucede algo similar: documenta una cena para dos, pero todavía falta conocer quiénes participaron y qué relación tenían.
Lo más difícil cuando se instaura la sospecha y creemos que nuestra pareja nos engaña es separar «las pruebas objetivas» de las hipótesis que generamos. Dejar el teléfono boca abajo es una conducta; interpretar que pretende ocultar la pantalla añade una intención; pensar que habla con otra persona propone una explicación. Es posible acertar en el primer paso y equivocarse en el siguiente.
Tampoco todas las señales de infidelidad añaden información independiente, por lo que siempre tienen que ser interpretadas en función del contexto. Si nuestra pareja recibe más mensajes, está más cansado, llega tarde o tiene menos ganas de hablar, puede relacionarse con una infidelidad, pero también con un periodo de trabajo muy intenso, un cambio en su estado de ánimo, etc.
Las listas de señales de infidelidad suelen mezclar comportamientos ambiguos y contradicciones comprobadas. Al leerlas, es fácil acabar contando con motivos para sospechar en lugar de examinar qué sabemos realmente.
Para entenderlo mejor, hemos preparado una tabla con algunos ejemplos:
| Dato | Hecho observado | Interpretación posible | Hipótesis | Grado de certeza |
|---|---|---|---|---|
| Empieza a usar un perfume nuevo | Ha incorporado una fragancia distinta | Está cuidando más su apariencia | Quiere atraer a otra persona | Conocemos el cambio, pero ignoramos el motivo |
| Deja el teléfono boca abajo y cambia la contraseña | Ha cambiado la visibilidad de la pantalla y el acceso al dispositivo | Prefiere que ciertas comunicaciones queden fuera de la vista | Oculta el contacto con alguien | Conocemos su conducta, pero ignoramos qué quiere mantener en privado |
| Aparece un recibo de una cena para dos | Se pagó una cena para dos el jueves catorce y el recibo estaba en su abrigo | La explicación sobre aquella noche está incompleta | Cenó con alguien a quien desea ocultar | El recibo documenta la cena; falta saber quién estaba allí y qué relación tenían |
| Dice que el gimnasio está lleno mientras permanece cerrado | Su descripción contradice un cierre comprobado | Está mintiendo | Estuvo en otro lugar por una razón que prefiere callar | La contradicción está comprobada; su relación con una posible infidelidad, todavía pendiente |
¿Qué es una infidelidad emocional? ¿Dónde está el límite?
Una infidelidad emocional puede empezar mucho antes de que haya sexo o incluso una declaración amorosa. El punto de inflexión aparece cuando la cercanía con otra persona empieza a tener un significado romántico para ambos: ya no solo buscamos su compañía porque nos entiende o nos cae bien, sino porque queremos gustarle, ocupar un lugar especial en su vida, sentir que nos elige y alimentar una complicidad que empieza a parecerse a la de una relación de pareja.
La intimidad, por tanto, no es el problema. Una amistad puede ser muy profunda: podemos confiar asuntos personales, buscar apoyo, o compartir momentos importantes. La pregunta es qué empieza a construirse sobre esa intimidad. Si aparecen coqueteo, expectativa romántica, deseo de ser preferidos, fantasías sobre lo que podría ocurrir o una inversión afectiva cada vez mayor, la relación ya está entrando en otro terreno.
Por eso la definición que encuentra Sheila «engañar sin llegar a tocarse» explica solo una parte. Puede faltar completamente el contacto físico y existir, sin embargo, una relación que ya contiene elementos románticos y que ocupa un espacio propio al margen de la pareja. Quizá es a quien queremos contar primero una buena noticia, a quien recurrimos cuando algo nos preocupa o cuya reacción nos importa de una manera especial. Poco a poco, determinadas emociones, ilusiones o confidencias empiezan a concentrarse en ese vínculo y dejan de ser únicamente expresión de amistad.
El secreto añade entonces otra pieza. Podemos decir en casa «es una compañera con la que me llevo muy bien» y, al mismo tiempo, mantener con ella conversaciones sobre la atracción que sentimos, intercambiar mensajes afectivos o buscar situaciones que tienen un significado especial para ambos. La pareja sabe que esa persona existe, pero conoce una versión mucho más limitada de la relación.
A veces ni siquiera hace falta una mentira directa. Basta con contar la parte que resulta inocua y omitir sistemáticamente la que cambia su significado: mencionar el café, pero callar que durante ese encuentro hablaron de lo que sienten; decir «nos escribimos bastante» y ocultar el coqueteo; presentar una cena como casual cuando ambos la vivieron como una cita.
Ahí el secreto cumple una función concreta: permite que la relación externa continúe sin que la pareja pueda valorar lo que realmente está ocurriendo. Y esa persona sigue tomando decisiones sobre su propia relación con una información incompleta.
La cuestión es:
«Si mi pareja conociera esta relación tal y como realmente es —qué sentimos, qué nos decimos, qué buscamos el uno en el otro y qué esperamos de este vínculo—, ¿seguiría entendiéndola como compatible con nuestros acuerdos?»
Si para que parezca compatible necesitamos quitar el coqueteo, minimizar la intimidad, omitir sentimientos o presentar como casual algo que entre ambos tiene un significado romántico, probablemente se trate de algo más que amistad.
Queda todavía un problema: muchas parejas jamás han definido con precisión qué entienden por fidelidad emocional. Dos personas pueden creer que comparten los mismos límites y descubrir, cuando surge el conflicto, que cada una entendía el compromiso de manera distinta.
Por eso conviene separar dos situaciones. Una es descubrir que nunca habíamos hablado de ese límite. Otra, muy diferente, es conocer lo que nuestra pareja consideraría una ruptura del acuerdo y ocultarlo precisamente para poder mantener esa conducta.
La investigación refleja esa falta de consenso en las conductas que quedan fuera de la infidelidad sexual. En las situaciones hipotéticas estudiadas por Bozoyan y Schmiedeberg (2023), las relaciones sexuales solían ser reconocidas como infidelidad. Cuando faltaba el contacto físico, la valoración dependía más de la implicación emocional, la duración del vínculo y los intercambios eróticos por internet.
Por eso la infidelidad emocional se entiende mejor atendiendo a la relación que se ha creado al margen de la pareja y no a una conducta aislada.
¿Qué hago si sospecho que mi pareja me engaña y no tengo pruebas?
Una de las trampas de esta situación consiste en pensar que, hasta que no puedas demostrar una infidelidad, apenas tienes derecho a hacer nada, pero son dos cuestiones distintas. Quizá todavía ignores si existe otra persona, pero sí puedes saber que tu pareja te ha mentido, que ha cambiado de versión o que ha incumplido un acuerdo.
Para preguntar por una noche concreta basta con que exista algo que no encaje. Para decir «me está siendo infiel» necesitas bastante más. Entre ambos extremos hay decisiones que puedes tomar sobre hechos que ya conoces.
Ahí está la dificultad de Sheila. Empieza anotando fechas y frases porque necesita dar sentido a lo ocurrido. Después, la libreta crece y cada gesto nuevo corre el riesgo de convertirse en otra pieza que comprobar. Investigar puede ayudarte a aclarar una pregunta pero también puede convertirse en una forma de aplazar cualquier decisión.
El consejo práctico es este: antes de buscar una prueba más, decide qué pregunta necesitas resolver y qué harías con la respuesta.
Si saber quién estaba en aquella cena puede cambiar lo que piensas sobre lo ocurrido, acláralo. Pero hay algo que ya no depende de esa respuesta: tu pareja te ha dado versiones distintas sobre la misma noche.
Aunque al final descubrieras que no hubo ninguna infidelidad, seguirías teniendo que resolver por qué te contó historias diferentes y si puedes confiar en lo que te explica.
A partir de ahí, intenta elegir un solo paso:
Si necesitas aclarar un hecho, pregunta por ese hecho.
Si ya conoces una mentira o un acuerdo incumplido, valora qué hacer ante esa conducta.
Si quieres afirmar que existe una infidelidad, espera a tener información que sostenga esa conclusión.
Esto evita mezclar tres problemas distintos: averiguar qué ocurrió, responder a lo que ya sabes y decidir qué significa todo ello para la relación.
También conviene poner un límite a la espera. Si decides darte tiempo antes de hacer nada más, fija una referencia concreta: una conversación pendiente, una fecha o un dato que realmente necesites conocer. Esperar sin ese criterio facilita que cada nueva explicación se convierta en una razón para posponer un poco más una decisión que ya estaba sobre la mesa.
¿Cómo hablar con mi pareja si sospecho una infidelidad?
Si sospechas una infidelidad, la conversación no debería servir para defender tu sospecha ni para conseguir que tu pareja la confirme. Debería ayudarte a comprobar si la explicación que recibes encaja con los hechos que la hicieron aparecer.
Sheila ya tiene un problema antes de preguntar. El recibo corresponde a una cena para dos en una noche en la que él le había dicho que estaba trabajando hasta tarde. Eso todavía no demuestra que cenara con otra mujer ni que exista una infidelidad, pero plantea una pregunta perfectamente razonable: ¿qué ocurrió realmente aquella noche?
Ahí está el punto de partida. En lugar de discutir de entrada si Sheila es desconfiada o si él le está siendo infiel, interesa aclarar aquello que sostiene la sospecha.
«Me dijiste que el jueves estuviste trabajando hasta muy tarde. He encontrado un recibo de una cena para dos de esa misma noche. ¿Con quién cenaste?»
La respuesta debería permitir que la hipótesis avance en alguna dirección. Si ofrece una explicación coherente con lo que Sheila sabe, parte de su sospecha puede perder fundamento. Si aparecen nuevas contradicciones —primero «media empresa», después «solo mi jefe»—, surge información nueva que exige otra explicación. La sospecha gana peso porque aumentan las incoherencias, no porque él esté nervioso, se enfade o parezca culpable.
Esto puede ayudarnos a entender la función de la conversación. No se trata de «pillarle» ni de demostrar que nuestra intuición tenía razón. Se trata de ver si la versión que recibimos explica de forma razonable los hechos que ya conocemos.
El problema aparece cuando esa comprobación se interrumpe y la conversación cambia de objeto. Sheila pregunta por la cena y acaba escuchando «son imaginaciones tuyas», «tú antes no eras así» o «deberías hacértelo mirar». De pronto ya no se está hablando del jueves, sino de si ella es demasiado celosa, desconfiada o insistente.
En cuanto la conversación gira hacia su carácter, Sheila se justifica y deja de preguntar. Empieza a explicar que tiene motivos, que antes confiaba, que tampoco pregunta por todo. Cuanto más intenta demostrar que su reacción es razonable, menos se habla de aquello que la provocó.
En ese momento conviene volver al hecho:
«Podemos hablar después de mí. Ahora quiero entender por qué primero me has dicho que cenaste con media empresa y después que estabas solo con tu jefe.»
Las dos conversaciones pueden ser legítimas. Que hayas hablado con enfado puede merecer una disculpa; que tu pareja haya dado dos versiones distintas sigue necesitando una explicación…
También conviene escuchar con precisión qué está respondiendo la otra persona. «No pasó nada» dice cómo valora el encuentro, pero todavía deja pendiente con quién estaba. «Nunca me he acostado con nadie» niega una relación sexual; quizá la pregunta se refería a algo más amplio. Una respuesta tajante puede sonar concluyente y, aun así, dejar sin responder lo que realmente has preguntado.
Una explicación clara y estable ayuda a contrastar la historia con los hechos conocidos. Su tono aporta bastante menos. El nerviosismo, la irritación, el llanto o una tranquilidad absoluta son indicadores poco fiables de mentira (Bond & DePaulo, 2006). Lo que interesa es si la explicación responde a la pregunta, encaja con lo que ya sabemos y mantiene su coherencia cuando aparecen nuevos datos.
La conversación, por tanto, debería dejar la sospecha de infidelidad en un lugar distinto del que ocupaba al empezar. Quizá una explicación resuelva la contradicción. Quizá aparezcan otras. Quizá siga faltando información.
¿Debo revisar el móvil de mi pareja para salir de dudas?
Sheila tiene el teléfono delante y la sensación de que bastaría con abrirlo para terminar con todo: o encuentra algo o descubre que se estaba equivocando. Esa es precisamente la fuerza que tiene la comprobación. El móvil parece ofrecer una salida rápida a una situación que lleva días sin resolverse.
Pero antes de revisar el móvil es necesario que te preguntes lo siguiente: ¿qué tendría que encontrar o dejar de encontrar para considerar respondida mi duda?
Si buscas saber si existe una conversación romántica con alguien y descubres mensajes inequívocos, habrás obtenido una respuesta sobre ese vínculo. La situación deja de ser la misma y ya tendrías información directa sobre algo que hasta entonces solo sospechabas. El problema aparece con los resultados que admiten interpretación. Un «te echo de menos», una conversación parcialmente borrada o determinados mensajes fuera de contexto pueden aumentar la sospecha sin aclararla. Ya tienes más datos, pero necesitas explicar qué significan. Y cuanto más importante sea para ti llegar a una conclusión, más fácil resulta volver a la hipótesis que ya tenías en la cabeza.
También puede ocurrir que no encuentres nada. Ese resultado podría hacerte pensar que te equivocabas al sospechar de tu pareja. Pero si enseguida aparece otra explicación «habrá borrado los mensajes», «estará hablando por otra aplicación», «tendría que mirar más atrás», ya no estás comprobando una pregunta concreta. Cada resultado que no confirma ni tranquiliza genera una nueva búsqueda.
Por eso resulta útil decidir el criterio antes de abrir el móvil, y no después de ver lo que contiene. ¿Qué estás intentando comprobar exactamente? ¿Qué considerarías una respuesta? ¿Hay algún resultado que te permitiría dar esa cuestión por cerrada? Si la respuesta es «depende, tendría que mirar un poco más», revisar el móvil de tu pareja puede mantener la ansiedad.
Existe, además, otra consecuencia que Sheila tendría que asumir antes de mirar. Si accede sin permiso y después quiere preguntar por algo que ha leído, tendrá que explicar cómo llegó hasta allí. El contenido encontrado no borra la forma en que lo obtuvo. Y si su pareja descubre que le han mirado el móvil antes de que ella encuentre una respuesta, a la sospecha inicial se añadirá otro conflicto distinto: el acceso a sus comunicaciones.
Tener la contraseña tampoco resuelve esta cuestión. Que alguien la haya compartido para consultar un mapa, responder una llamada o utilizar una aplicación no implica necesariamente permiso para leer sus conversaciones. El consentimiento puede referirse a un uso concreto y una autorización anterior tampoco cubre necesariamente accesos posteriores (Consejo General del Poder Judicial, 2024).
También hay información que pertenece a otras personas. Dentro de esos chats puede haber confidencias familiares, laborales o personales de terceros que escribieron esperando que las leyera únicamente su destinatario.
En España, el artículo 197 del Código Penal contempla, con requisitos distintos según cada supuesto, el apoderamiento sin consentimiento de documentos y comunicaciones, determinadas formas de acceso no autorizado a datos personales o familiares reservados y la difusión de lo obtenido. Para valorar jurídicamente un caso hay que conocer cómo se accedió, qué autorización existía, qué se obtuvo y qué uso se hizo después (Ley Orgánica 10/1995, art. 197).
Por otro lado, la Agencia Española de Protección de Datos recuerda, en una campaña dirigida a menores y adolescentes, que nadie está obligado a entregar sus contraseñas dentro de una relación (Agencia Española de Protección de Datos, 2020). Sospechar una infidelidad tampoco sustituye el consentimiento para acceder al contenido del teléfono.
Así pues, antes de mirar, la cuestión más útil quizá no sea «¿me atrevo?», sino: «¿Qué espero que este teléfono me permita saber y qué haré si la respuesta vuelve a ser ambigua?». Eso nos puede ayudar a entender si la comprobación realmente va a aclarar algo o solo va a abrir una nueva búsqueda.
¿Por qué sospechar una infidelidad genera tanta ansiedad y no me deja dormir?
La ansiedad es la emoción que se experimenta con más frecuencia cuando se sospecha de una infidelidad, ya que hay algo que intentas resolver y todavía te faltan datos para hacerlo.
Eso es lo que ocurre con Sheila a las cuatro de la mañana. Vuelve sobre una conversación, recuerda una fecha, compara una explicación con otra, busca historias parecidas a la suya. Cada detalle parece contener una pista que quizá antes pasó por alto.
El problema ocupa el pensamiento porque la mente intenta anticipar, comprobar y encontrar una explicación que reduzca la sensación de amenaza. Pensar da, durante un rato, la impresión de estar resolviendo algo.
«Quizá era trabajo.»
«Quizá mintió.»
«Quizá mintió, pero por otra razón.»
«Quizá estoy relacionando cosas que no tienen nada que ver.»
Cada posibilidad obliga a volver sobre los mismos recuerdos. Y ese es el punto en el que pensar empieza a agotarnos: cambian las explicaciones, pero la información sigue siendo la misma.
Podemos repasar veinte veces una conversación y descubrir matices nuevos, pero llega un momento en que la respuesta que buscamos ya no está dentro de esa conversación. Está en algo que todavía desconocemos. Mientras falte ese dato, seguir pensando puede producir más hipótesis, no necesariamente más claridad.
Por eso la rumiación se confunde con tanta facilidad con «intentar aclararse». Desde dentro parece que estamos avanzando. En realidad, a veces solo estamos reorganizando una y otra vez el mismo material.
La sospecha añade otra dificultad: las dos respuestas posibles pueden asustar.
Si tienes razón, tendrás que asumir que alguien en quien confiabas te ha ocultado algo importante. Quizá empieces a mirar de otra manera determinados episodios de vuestra historia y tengas que tomar decisiones que hasta entonces ni siquiera contemplabas.
Si te equivocas, el miedo es otro: haber interpretado determinados comportamientos desde una hipótesis falsa, haber desconfiado de alguien a quien quieres o haber actuado a partir de esa sospecha.
Por qué la rumiación se intensifica por la noche
Durante el día tenemos trabajo, conversaciones, tareas… Al acostarnos, buena parte de todo eso desaparece y la pregunta de «¿y si mi pareja me es infiel?» vuelve a ocupar el primer plano.
A partir de ahí puede sumarse una segunda preocupación: «mañana estaré agotada», «tengo que dormir», «no voy a rendir». Ya no estamos solo pensando en la relación; empezamos a preocuparnos también por el hecho de seguir despiertos.
La vergüenza también pesa
Sheila teme quedar «de loca si se equivoca y de tonta si acierta». Cuando Berta le pregunta qué le ocurre, responde «cosas del trabajo».
Es una posición incómoda porque todavía no tienes una historia cerrada que contar. Si dices «creo que mi pareja me engaña», temes que alguien confirme enseguida algo que tú aún no sabes. Si lo minimiza, quizá sientas que tienes que defender por qué estás preocupada.
Por eso ayuda hablar con alguien capaz de quedarse en un punto intermedio y que escucha lo que sabes, lo que sospechas y lo que todavía falta por aclarar, sin decidir por ti cuál es la explicación.
Qué hacer cuando la cabeza no para
El objetivo no es obligarte a dejar de pensar. Si hay una preocupación importante, volverá. Lo que sí ayuda es reconocer cuándo estás pensando para resolver algo y cuándo llevas rato repitiendo las mismas preguntas sin información nueva.
Si llevas media hora reconstruyendo la misma conversación y cada vuelta produce únicamente otra interpretación, probablemente ya no necesites pensar más sobre ese material en ese momento. Puedes anotar la pregunta y volver a ella cuando tengas alguna posibilidad real de obtener un dato nuevo.
También puede ser útil reservar una franja del día para ocuparte del asunto y poner una hora de cierre a las búsquedas. Así evitas que cualquier momento libre, y especialmente la noche, termine convertido en otra ocasión para investigar.
Si llevas mucho tiempo despierta en la cama, levántate, haz algo tranquilo con poca luz y vuelve cuando empieces a tener sueño. Esta pauta forma parte de las intervenciones conductuales para el insomnio y busca evitar que la cama termine asociada a permanecer despierta durante horas.
Mientras la situación siga abierta, intenta comer con cierta regularidad, salir de casa, trabajar y mantener contacto con personas que puedan escucharte sin juzgar.
Si el insomnio se prolonga, la concentración empeora claramente o buena parte del día empieza a girar alrededor de la sospecha, se puede trabajar psicológicamente sobre el sueño, la rumiación y la ansiedad, aunque todavía falte saber qué ha ocurrido en la relación.
La evidencia científica sobre la escucha y el bienestar está desarrollada en La ciencia de la escucha activa.
Bibliografía del estudio
Bozoyan, C., & Schmiedeberg, C. (2023). What is infidelity? A vignette study on norms and attitudes toward infidelity. The Journal of Sex Research, 60(8), 1090–1099. https://doi.org/10.1080/00224499.2022.2104194
Agencia Española de Protección de Datos. (2020, 30 de septiembre). Campaña «El control es tuyo, que no te controlen». https://www.aepd.es/prensa-y-comunicacion/blog/campana-el-control-es-tuyo-que-no-te-controlen
Consejo General del Poder Judicial. (2024, 10 de enero). El Tribunal Superior de Navarra condena a 9 años de prisión a un acusado de maltratar y agredir sexualmente a su pareja. https://www.poderjudicial.es/cgpj/en/Judiciary/High-Courts-of-Justice/HCJ-Navarre/Pressroom/Press-Releases/El-Tribunal-Superior-de-Navarra-condena-a-9-anos-de-prision-a-un-acusado-de-maltratar-y-agredir-sexualmente-a-su-pareja--
Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal. (1995). Boletín Oficial del Estado, 281, 33987–34058. https://www.boe.es/eli/es/lo/1995/11/23/10/con
Bond, C. F., Jr., & DePaulo, B. M. (2006). Accuracy of deception judgments. Personality and Social Psychology Review, 10(3), 214–234. https://doi.org/10.1207/s15327957pspr1003_2
Publicado el 7 de septiembre de 2026 · Contenido revisado por Marian Batle Izquierdo, psicóloga sanitaria
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